La identidad de Vargas Llosa
Hay una certeza: hoy el taxista limeño Luis San Martín no pensará ni un segundo en Mario Vargas Llosa cuando le llegue el turno de dejar de llevar gente de un lado a otro con su taxi para votar y se plante él en la cola para elegir a quien sucederá a Alan García en la presidencia de Perú. Ya pensó todo lo que tenía para pensar del premio Nobel: “Él no ha vivido aquí desde 1993. ¿Cómo sabe lo que necesitamos, lo que está pasando? Es fácil hablar desde Madrid o desde Nueva York. Él no vive con la realidad del país, con los atropellos, con la miseria, con la pobreza”.
Pero, para el escritor, hay otra certeza. Una que hizo pública por teleconferencia desde los Estados Unidos, cuando se enteró que había ganado el máximo galardón de la literatura: “Perú soy yo”. Ante tamaña declaración, no es difícil pensar en Flaubert retorciéndose en su tumba. Afilando un poco la imaginación, se podría ver al autor de Madame Bovary murmurando aquellos versos de Tortazos, de Enrique Maroni, que popularizó en forma de milonga la inconfundible voz de Edmundo Rivero: “Te conquistaron con grupos y al trote viniste al centro, algo tenías adentro que te hizo meter la pata”.
La cosa es que, aún teniendo en cuenta la embriaguez que debe producir el Nobel y todo eso, resulta demasiado la frase “Perú soy yo”. Como para que no aparezcan por allí quienes digan que la frase fue extrapolada, va el texto y el contexto: “Yo soy peruano. Lo que hago, lo que digo, expresa el país en el que he nacido y el país en el que he vivido las experiencias fundamentales que marcan a un ser humano que son la infancia y juventud. Perú soy yo, aunque a algunos peruanos no les guste. Yo soy el Perú, sino pregúntenle al ex presidente Toledo, él me reconoce como peruano. Fujimori no me reconocía como peruano y quería quitarme la nacionalidad. Afortunadamente, España me salvó de convertirme en un paria. España es un país que no era mío y se ha vuelto mío”.
Algo impensado para otros intelectuales peruanos que sí podrían haber dicho algo sobre su particularidad y su peruanidad. Ciro Alegría, por ejemplo, desde su El mundo es ancho y ajeno, donde su personaje Benito dice “Yo quiero a mi comunidá y he vuelto porque la quiero. Quiero a la tierra, quiero a mi pueblo y sus leyes de trabajo y cooperación. Pero digo tamién que los pueblos son según sus creencias. Aura yo les pido votar según su corazón de comuneros. Podrán echarme, pero lo que he dicho no deja de ser verdá. Tarde que temprano, la verdad se impone. Esta comunidad será fuerte cuando sus miembros sean fuertes”. O José María Arguedas, con Los ríos profundos: “Mi padre lo odiaba. Había trabajado como escribiente en las haciendas del viejo: ‘Desde las cumbres grita, con voz de condenado, advirtiendo a sus indios que él está en todas partes. Almacena las frutas de las huertas, y las deja pudrir; cree que valen muy poco para traerlas a vender al Cuzco o llevarlas a Abancay y que cuestan demasiado para dejárselas a los colonos. ¡Irá al infierno!’, decía de él mi padre”.
Qué decir del Trilce de César Vallejo: “Hay un lugar que yo me sé / en este mundo, nada menos, / adonde nunca llegaremos. // Donde, aún si nuestro pie / llegase a dar por un instante / será, en verdad, como no estarse. // Es ese un sitio que se ve / a cada rato en esta vida, / andando, andando de uno en fila”. O de los enormes cantares de Manuel Scorza donde los comuneros Agapito Robles, Garabombo el invisible o Cecilio Encarnación luchan y siguen luchando por un pedazo de tierra donde ser libres de los abusos del poder blanco. O los versos del actualísimo y vallejiano Antonio Cisneros: “Hoy es, César, un martes y me escuchas / en el doble perfil de tu revés. / Más franco y alcalino inolvidable / tu cholo (que soy yo) / envidiósicamente te recuerda”.
Pero no fueron ellos, no, de ninguna manera, quienes se atribuyeron el país en su sola humanidad. Nadie osaría tampoco a hacerlo por ellos. Pero Vargas Llosa no necesita de correveidiles ni de alcahuetes para erigirse en campeón de la peruanidad; lo hace solo.
Tuvo todas a su favor cuando allá por 1959 apareció su libro de relatos Los jefes. Y siguió cosechando en 1963 con La ciudad y los perros. Y después con La casa verde, Los cachorros, Conversación en la catedral, Pantaleón y las visitadoras, La tía Julia y el escribidor. Pero habían pasado casi veinte años. Y el progresismo varguiano devino liberalismo. O peor: como cuando en 1983, el presidente peruano Fernando Belaúnde Terry lo nombró presidente de la Comisión Investigadora del Caso Uchuraccay para aclarar el asesinato de ocho periodistas que investigaban las masacres en Huaychao. Vargas Llosa exculpó a todos los miembros de las Fuerzas Armadas del Perú que estaban involucradísimos en los crímenes. Poco le importó al narrador que después quedara demostrada la implicancia de los liberados y que algunos de ellos (el general Clemente Morán, por ejemplo) fueran encarcelados.
Y del liberalismo al entreguismo hubo un paso. El escritor lo dio: en su anterior presidencia de 1987, Alan García intentó nacionalizar la banca. El que encabezó la protesta y se convirtió en adalid de los grupos económicos que sojuzgaban a la sociedad fue Vargas Llosa, el mismo que por entonces publicaba El hablador.
Tres años después, ya no tuvo reparos: con su movimiento Libertad (esos juegos que pueden hacer los escritores con las palabras) se presentó como candidato a la presidencia del Perú. Perdió en segunda vuelta frente al también neoliberal Alberto Fujimori. Dolido porque Perú había elegido otro hombre de derecha teniéndolo a él, Vargas Llosa jugó a victimizarse y se instaló en Madrid. Y aprovechó liberalmente el exabrupto fujimoriano de amenazarlo con quitarle la nacionalidad peruana: para evitar ser un hombre sin patria, y a su pedido, el gobierno de Felipe González le concedió la nacionalidad española en 1993.
Y desde esa exaltación de la españolidad, muy suelto de cuerpo dijo eso de “Perú soy yo”. Desde esa exaltación de la españolidad es que el taxista limeño Luis San Martín dice algo así como “mejor que este hombre se meta en sus cosas”. Quizás el chofer no conozca de memoria lo que dijo en 1928 otro peruano, José Carlos Mariátegui, un intelectual revolucionario que dio la vida por sus ideales y sabía muy bien dónde quedaba Perú, dónde la España que sí y dónde la que no: “Latinoamérica no encontrará su unidad en el orden burgués. Ese orden nos divide en pequeños nacionalismos. Los únicos que trabajamos por la comunidad de estos pueblos, somos, en verdad, los revolucionarios. ¿Nada nos acerca a la España de Primo de Rivera? En cambio, qué cerca estaremos siempre de la España de Unamuno, de la España revolucionaria. A Norteamérica sajona le toca coronar y cerrar la civilización capitalista. El porvenir de la América es socialista”.
Hoy, Perú elige presidente y le da la espalda a quien cree que es Perú. El 21 de abril, Vargas Llosa llegará a la Argentina para visitar la Feria del Libro un día después de su inauguración oficial. Quizás Flaubert ya se haya acomodado de nuevo en su tumba, pero todavía se oye bajito, el final de Tortazos: “No te hagás la rata cruel, desparramando la guita. Baja el copete m’hijita con tu pinta abacanada. Pero si sos más manyada qu’el tango La Cumparsita”.
