La importancia de ser Assad
La llamada revolución o primavera arabe tiene desde hace algunas semanas un nuevo invitado: Siria. Como reza un dicho en la región, no habrá guerra en Medio Oriente sin Egipto, pero no habrá paz sin Siria, de ahí la importancia del país Medio Oriental. Siria ha sabido mantenerse como un actor fundamental de la región, a pesar de no ser un país productor de petróleo, ni de ser un país con un PBI importante, ni ser un país con una gran población como lo es Egipto.
Con una población de 20 millones de personas pero creciendo de manera galopante, multi religioso (70 por ciento de sus habitantes son árabes musulmanes sunitas, cerca de 10 por ciento cristianos, 10 por ciento de la secta alauita de origen chiita, así como una minoría drusa, armenia e ismaelita), pero también poseedor de una importante minoría kurda (alrededor de 2 millones de personas), Siria es un país de los denominados “mosaicos” de la región, junto con el Líbano e Iraq. Gobernada desde hace cinco décadas por el partido Baas, impulsor de la resurrección y de la unidad árabe desde el atlántico hasta el golfo pérsico, la estabilidad de este modelo de autoritarismo se impuso desde la llegada de Hafez Al Asad, alauita, al poder en 1970 tras un golpe de estado interno (llamado movimiento “de rectificación”). Su segundo hijo varón, Bashar, oftalmólogo de formación, lo sucedió en el poder en 2000, luego de una meteórica carrera militar a partir de 1992. El régimen baasista ha tenido como principales fuentes de su poder y de su relativa estabilidad, además de la represión, el poder de los servicios de seguridad y la aplicación de políticas populistas hacia determinados sectores sociales, diferentes alianzas internas: a nivel interno, alianza con buena parte de las minorías religiosas (con excepción de los kurdos), con una parte de la poderosa burguesía de Damasco, y con la comunidad alauita. A nivel externo, Hafez Al Asad, el llamado Bismarck de Medio Oriente, tejió una importante alianza con el Irán pos revolucionario (una alianza en principio poco natural entre el país auto proclamado corazón del arabismo y laico y la República Islámica persa e impulsora de la revolución islámica mundial), una intervención constante en el Líbano, y el apoyo de diferentes grupos armados heterogéneos de la región, como Hamas, Hezbollah o grupos palestinos anti Fatah, así como una constante retórica de defensa de los derechos del pueblo palestino. Esta política internacional le ha dado a los Asad cierta popularidad interna e internacional, a diferencia de otros líderes árabes.
La posibilidad de la caída del régimen sirio implicaría un verdadero terremoto político y de la geopolítica de la región. Israel, Líbano, Turquía o Irán verían buena parte de sus políticas regionales trastocadas en caso de un cambio de régimen en Siria. Para Israel, implicaría la caída del último Estado con quien tiene un diferendo territorial, las alturas del Golán, el fin del apoyo a grupos que operan en los territorios palestinos y en Líbano, pero también el fin de un liderazgo en quien saben que podrían confiar en futuros acuerdos, teniendo en cuenta que desde la firma del cese de fuego en 1974 en el Golán, Siria ha respetado sus compromisos. Para el Líbano, implicaría el fin del régimen que ha marcado la política interna y externa del país de los cedros desde hace más de 30 años. Si bien las tropas sirias se retiraron del país en 2005, la influencia del poderoso vecino sigue vigente, especialmente a través los dos grupos chiitas, Amal y Hezbollah, como a través del general Michelle Aoun, cristiano maronita. Para Irán sería la pérdida de su único, duradero y fiel aliado árabe, así como el Estado por el que pasa la influencia iraní en el Líbano, pero también la voz que le permite negociar con el resto de los países árabes.
Por el momento la posibilidad de la caída del régimen sirio no parece próxima, o al menos sería producto de un largo proceso. En Siria no existe una oposición organizada, producto de décadas de represión, la influencia internacional es muy limitada, y los apoyos sociales al régimen dentro de la población no parecen (aún) desarticularse. Las manifestaciones no han sido masivas, pero si ha habido una extensión geográfica de las protestas, y los más de 100 muertos en la ciudad de Deraa (a unos 100 kilómetros de Damasco) pueden ser un duro obstáculo a la estabilización del país. Bashar Al Asad se encuentra en el momento más difícil de su vida política, y debe intentar reformar el régimen si pretende continuar siendo el presidente de la República Siria. Es verdad que hay y habido intentos desde su llegada al poder, habiendo realizado ciertas reformas en la administración pública, una tímida apertura de la economía, e intentado ampliar sus aliados y alianzas a nivel internacional. Pero el no es un reformista sino un modernizador de las estructuras económicas y administrativas del país, pero no políticas. Su problema radica, además de su posición personal) en que el núcleo duro del régimen se resume a las fuerzas de seguridad (las temidas y efectivas mujabarat) y un reducido núcleo familiar que controla ciertos aspectos de la economía (como su cuñado Rami Majluf, propietario de las dos empresas de telefonía celular), que no ven con buenos ojos la apertura del régimen. Siria se encuentra ante la perspectiva en las que suele encontrarse todo autoritarismo en esta situación: cómo reformarse sin ser el régimen mismo el que cambie.
