La larga marcha olímpica

Año 5. Edición número 219. Domingo 29 de julio de 2012
Sueños de podio. La delegación argentina encabezada por Luciana Aymar, durante la inauguración. (TELAM)
Zubiaur, los polistas del ’24, Zabala, Campbell, Cabrera, Sabatini, Las Leonas y Bielsa, nombres de nuestro camino dorado.

José Benjamín Zubiaur no sabía que ese viaje le cambiaría la vida. Fue a la Exposición Universal de París en 1889 invitado por Entre Ríos y Corrientes. Era un modesto docente, abogado, empleado del Ministerio de Educación, que creía que había que alejar la educación de las aulas para acercarla a la sociedad. Allí conoció al barón Pierre de Coubertain, que también era docente pero enfocado en robustecer al ejército francés, luego de la derrota en la Guerra Franco Prusiana. Creía que el camino era el deporte.
El entrerriano regresó con la certeza de que el deporte era fundamental en la formación de los individuos. Impulsó el primer partido de fútbol en la provincia, llenó su Colegio, el Nacional de Concepción del Uruguay, de chicos haciendo deporte.
Cuando cinco años después de aquel encuentro decidió fundar el Comité Olímpico Internacional, el barón de Coubertain no dudó. Uno de los integrantes tenía que ser el argentino que había conocido en París. Y allí quedó estampado el entrerriano como miembro fundador. Pero Zubiaur no podía solventar los viajes para encontrarse con la encumbrada aristocracia del COI. Terminó afuera, lo declararon dimisionario. Lo echaron por pobre.
En 1907, Coubertain se topó en Europa con Manuel Quintana (h) que tenía los contactos para impulsar el deporte olímpico en la Argentina. Era integrante de la Sociedad Sportiva, club fundado por sportmen que creían que el deporte era para los que tenían dinero y tiempo para practicarlo.
Los integrantes, algunos con fuertes vínculos con la Liga Patriótica, no cumplieron con los deseos del barón pero realizaron los Juegos Olímpicos del Centenario. Una excusa para que los porteños vieran cómo se divertían unos pocos lanzando globos, haciendo esgrima, andando en auto o jugando al fútbol. Coubertain, que era muy celoso de la palabra “olímpico”, echó a Quintana hijo del COI.
La Sociedad Sportiva siguió siendo la referencia fuerte del deporte argentino hasta que los inmigrantes se agruparon en clubes. Fue la pujanza de las federaciones que formaron estas instituciones, las que amenazaron el poder de la elite y se perfilaron para quedarse con la representación internacional del deporte argentino, es decir, quienes fundaran el Comité Olímpico Argentino, el anhelo de Coubertain. Marcelo T. de Alvear, rápido de reflejos, fue quien decidió crear el COA por decreto y enviar una delegación argentina a los juegos de París. Coubertain, como premio, lo declaro representante del COI. El poder del deporte argentino lo seguía teniendo la elite.

Oro. La primera medalla de oro en París ’24 fue del equipo de polo. Tres de sus integrantes eran ingleses. Habían luchado para el ejército de su país en la primera guerra y fueron tentados a participar en los juegos representando a Inglaterra. Pero dijeron que no, podían ser soldados ingleses país pero no estaban dispuestos a enfrentar a nuestro país, de donde habían aprendido los secretos del deporte.
En la Argentina de la inmigración, el boxeo se transformaría en el deporte que más medallas aportaría. La actividad, prohibida en Buenos Aires, fue apuntalada por uno de los acontecimientos deportivos más importantes del siglo pasado, Firpo-Dempsey. La expectativa y la repercusión del combate fueron tales, que se levantó la prohibición del boxeo en la ciudad. Y empezaron a aparecer los primeros púgiles. De los medallitas del ’24, el más recordado es Pedro Quartucci, el peso livianos que después fue parte de la calle Corrientes. Fue él quien –ya debajo del ring– le abrió las puertas del espectáculo a una joven oriunda de Los Toldos, Eva Duarte.

Fútbol. La masificación del deporte, sin embargo, pudo apreciarse en los Juegos de Amsterdam 1928, donde la Argentina llegó a la primera final olímpica en fútbol. El Alumni, aquel equipo fundacional de apellidos ingleses era historia. En la década de 1910, los Brown veían que el fútbol tomaba ciertos ribetes de profesionalismo, algo inadmisible en la visión británica del deporte: nada de individuos que pudieran hacer de esto una profesión. Fueron aquellos nombres que ya eran parte del amateurismo marrón –profesionalismo sin papeles-, los medallistas de plata en fútbol en Amsterdam. Eran los Cherro, Ferreyra, Orsi, Tarasconi. Todos hijos de inmigrantes, apartados del semblante inglés, formadores de una identidad futbolera que continúa.
Cuando esos jugadores salían campeones, el austríaco Alejandro Stirling, profesor de educación física en el Colonia Francisco Gutiérrez de Marcos Paz, le ponía el ojo a un huérfano llegado de Rosario. Le costó convencerlo, al principio el pibe no quería saber nada con el atletismo, era fanático del fútbol. Pero lo persuadió y se lo llevó rápidamente a Europa. En 1931, Juan Carlos Zabala corrió su primer maratón en Berlín. Canchero, al año siguiente anticipó: “A la de Los Ángeles, la gano de punta a punta”. Y cumplió. Primer argentino en quedarse con la prueba más importante de los juegos. A partir de allí fue El Ñandú Criollo. En esos juegos, sin embargo, la expectativa estaba puesta en Alberto Zorrilla, el nadador de la Asociación Cristiana de Jóvenes, que había sido plata en el ’28, y fue abanderado en Los Ángeles. En plena crisis por el Crac de 1930, los escasos fondos destinados a los deportistas, desaparecieron. Zorrilla pidió mejores condiciones al COA que lo ninguneó. El nadador decidió renunciar a días de su competencia. Lo hicieron pasar por enfermo.

Belleza. Nacida en Francia durante la primera guerra, Jeannette Campbell volvió a Buenos Aires a los cinco años. Vivía en Belgrano R, a metros del Belgrano Athletic. Su hermana mayor la invitaba a jugar al hockey pero ella decidió por la natación. Al final de la adolescencia, sus padres se separaron, quedó y debió empezar a trabajar. A la mañana era secretaria en Swift y de tarde nadaba. Era tan extraordinaria en estilo libre que resultó inevitable llevarla a los juegos del nazismo en Berlín ’36. Fue la primera argentina y suramericana en un juego olímpico. Nadó atada a una soga en el barco que la llevó a Europa. Hoy sorprendente, el método era perfectamente aceptado para la época. Además, las condiciones de entrenamiento con las que contaba en la Argentina, no variaban mucho de las mejores del mundo. El día de la carrera le vino el período. Fue segunda a cinco décimas de la segunda. Concurrió a algunas de las fiestas que organizaba Goebbels para festejar la primavera y fue elegida la mujer más linda de los juegos. Murió tendiendo una visión algo inocente del valor del nazismo para esos juegos.

Gloria. La guerra paró todo durante 12 años. Cuando los atletas argentinos llegaron a Londres en 1948, les daban comida a los indigentes británicos. Era un país devastado. Años antes, Perón, que pretendía una Argentina nueva, se dio cuenta de que el deporte no podía quedar afuera de la cultura popular. En Londres, se empezó a visualizar que también resultaba un camino para el desarrollo. Delfo Cabrera, ayudante ladrillero y bombero, ganó el maratón. Pascual Pérez, viñatero mendocino, fue oro en peso mosca.
En Helsinky ’52, Eduardo Guerrero y Tranquilo Capozzo se quedaron el último oro. Fue en remo. Tenían una embarcación que llegó rota. Los rusos les arreglaron el bote. “Deben haber pensado, pobres tipos, con este bote no le pueden ganar a nadie”, recuerda siempre Guerrero. Se quedaron con la medalla. Por robo. Fue el último oro en 50 años.

Dolor. La Libertadora se dedicó a destruir todo lo que hizo Perón, y el deporte estuvo dentro de esa lógica. Se cortó no sólo el desarrollo del rendimiento de alta competencia, sino que deshizo el desarrollo de base. Además, se persiguieron atletas, se destruyó una generación completa de basquetbolistas que había sido campeona del mundo en 1950. Se deshizo la cultura olímpica.
A partir de ahí, la mayoría de los logros, respondieron más a la capacidad de parir talentos de las madres argentinas y al esfuerzo personal de los atletas y equipos, que a políticas deportivas fomentadas desde el estado. Hubo algunos con posibilidades reales como Luis Alberto Nicolao en México 1968, que llegó tarde a la competencia porque los dirigentes argentinos no le avisaron que las calles iban a estar cortadas por las pruebas. Alberto Demiddi se llevó el bronce en esos juegos y la plata en Munich ’72, los juegos de Septiembre Negro. Su sobrada autoexigencia, hizo que no valorara su logro. El tiempo lo puso en su lugar, inclusive reconocido por Eduardo Guerrero, el medallista del ’52 como “el mejor remero de la historia”.
El golpe del ’76 puso al frente del COA al Coronel Antonio Rodríguez. Su gestión estuvo marcada por el personalismo y la entidad potenció su perfil de agencia de viajes de sus integrantes. Nadadores entrenando en la pileta de una boat en la previa del Panamericano del ’79, fue el techo del colmo.
El vóley fue uno de los deportes que más sufrió el personalismo y la falta de capacidad. La generación dorada que se quedó con la medalla de bronce en Seúl ’88 conseguía sus camisetas, entrenaba tomando agua de la canilla durante los brotes de cólera, sus jugadores –de enorme talento– limpiaban el piso del Cenard y colgaban la red antes de los entrenamientos. Pero eso, los hizo grandes, les generó un amor propio que terminó en medalla y un legado que hoy representan algunos de sus hijos.
El tenis, un deporte hiperprofesionalizado fue el que aportó la otra medalla de Seúl a manos de Gabriela Sabatini y la única de Barcelona ’92 con la dupla Frana-Miniussi.
Carlos Mauricio Espínola se convirtió en el héroe de Atlanta ’96. Autosustentó los primeros años de su carrera a partir de una cosecha de algodón que hizo con su hermano en un campo chico de su familia en Corrientes. Hoy intendente de su ciudad por el Frente para la Victoria, es el símbolo del deporte olímpico individual de los últimos cinco juegos.
Los mayores logros a partir de allí, vinieron de proyectos colectivos, en un país estigmatizado de individualista. Las Leonas, luego de la llegada de Cachito Vigil, fueron el ejemplo de una política deportiva planificada. “El centro de todo esto”, dice el preparador físico Luis Barrionuevo, “es el SHE”: Solidaridad, Humildad y Esfuerzo. Eso sumado al talento y la potencia anímica de algunas jugadoras, las llevaron a hacer el equipo de conjunto más importante del olimpismo argentino.
El otro equipo fue el seleccionado de básquet. Conformado por jugadores hijos de la Liga Nacional, un torneo pensado y llevado adelante por particulares (Najnudel y Orcasitas) y no por el Estado, tuvieron una mezcla explosiva: talento individual, competitividad feroz, cohesión de grupo, compromiso colectivo. Resultado: primera medalla de oro en la historia del deporte en Atenas 2004.
Lo mismo para el fútbol. Bielsa, un profesor de educación física con valores cercanos al olimpismo, obtuvo su único título con la selección mayor el mismo día. Una medalla que se repitió cuatro años después con Messi-Riquelme-Agüero.
En 2008 sumó apariciones. La sorpresa de Paula Paretto, una estudiante que con esfuerzo de sol a sol fue el puntapié inicial de los juegos, ganando bronce. “Tendrías que ver la cara de esa chica cuando llegó a la Villa (…) Esa felicidad, eso son los juegos olímpicos”, le escribió Ginóbili a un amigo vía mail de Paretto.
La permanencia de Claudio Morresi desde el 2004 al frente de la Secretaría de Deportes, significa una continuidad inédita en el deporte nacional. Su gestión hizo resurgir el Cenard, reforzó los juegos juveniles bonaerenses y los Evita. De allí surgió Braian Toledo, un pibito de Marcos Paz. En una de sus primeras competencias su madre le quiso dar dos pesos para la gaseosa. Le dijo que prefería que comieran sus hermanos. Cuando llegó al Cenard puso la mano en su campera y los dos pesos estaban ahí. A partir de ese momento se juró tirar la jabalina lo más lejos posible. Es el símbolo del resurgimiento del deporte como valor social.
Talento, frustración, dolor, trabajo, alegría, épica, desazón, humildad. Palabras que marcan la vida y el camino olímpico argentino. Una senda que sigue todos los días, pero que tomó relevancia a partir de ayer.

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