Hay una línea, muy fina. Una suerte de límite que en el fútbol demarca la suerte, el futuro, los elogios y las críticas. Es determinante, lapidaria. No tiene vuelta atrás: es la línea de gol. Si la pelota logra pasar en toda su circunferencia la misma –así lo dice el reglamento, así lo dijo Macaya durante años– cambiará todo, fundamentalmente los parámetros con los que se miden los rendimientos de los jugadores y de los técnicos. Claro, casi nunca son parte de esa lógica los dirigentes. Al no tener presencia física en el campo de juego, pueden gambetear la lógica, y hasta pasarse de bando, para ser parte de los críticos de lo inmediato, del resultado, de lo efímero.
Ahí están los corresponsables de la elección de Sergio Batista pidiendo su cabeza, con la Copa América todavía sin concluir. Hombres atentos y rápidos como gacelas a la hora de levantarle la mano a Julio Grondona y escasa reacción para llevar adelante la tarea de un dirigente digno: pensar, proyectar, gestionar, organizar, planificar.
Decantar. “Yo no elegí a Sergio Batista, es un muchacho que llegó al puesto por decantación”, sostuvo Grondona a fines del año pasado. Batista era el técnico que con más simpatía veían los jugadores más importantes del seleccionado, fundamentalmente Lionel Messi. El presidente de la AFA, siempre atento a brindarle las comodidades necesarias al crack del Barcelona, le dio la posibilidad al Checho, un entrenador sin antecedentes fuertes para sentarse en el banco argentino, que aún permanecía caliente y recientemente desocupado por su ex compañero Diego Maradona.
Un análisis posible, queda dicho, es decir que Batista no tiene la capacidad necesaria para dirigir a las estrellas argentinas. Otro, no menos válido, es que este plantel no pudo asumir la grandeza de jugar para la Selección Argentina ni con Basile ni con Maradona ni con el actual entrenador. Las frustraciones se suman y el fuego sagrado se extingue. Ese fuego que Daniel Passarella y Américo Gallego, campeones del ’78, supieron transferir en Maradona y Valdano, frustrados en el ’82 y campeones del ’86; ese fuego que Maradona, Valdano, Burruchaga, Ruggeri y Giusti depositaron luego en Caniggia, Simeone, Redondo y Batistuta. Esa llama se apagó. Sencillamente porque se dejaron de ganar torneos, porque se perdió confianza, porque se perdió entidad.
Realidades. Tevez defrauda cada vez que juega con la celeste y blanca; no existen centrales que den seguridad; Messi se aburre, Zanetti no sorprende jamás; no existen más laterales; Mascherano es uno como todos por más que corra como ninguno; no somos lo que creemos que somos; no hay equipo, tampoco proyecto; no está claro qué es lo que hace Bilardo. Todas cuestiones que están a la vista desde hace largo rato, pero solamente la delgada línea que existe entre el gol y la pelota que saca el arquero lo deja ver. Quizás esta vez sirva para algo.
Preguntas. ¿Batista es menos técnico que cuando ganó los Juegos Olímpicos? ¿Uruguay es mucho más equipo que aquel que entró al Mundial de Sudáfrica por la ventana? ¿Martino está más cerca de ser el iluminado que puede encarnar el proyecto que tanto se busca o el técnico que hace diez años insultaban los hinchas de Instituto en la B Nacional? ¿Se puede hablar de proyecto de Selección si el único jugador convocado del fútbol local es arquero? ¿Detrás de los mejores momentos de las selecciones mayores de Bielsa, Basile y Pekerman, había proyecto o eran equipos que lograban determinado funcionamiento? ¿Se necesita un técnico que se pare a trabajar la pelota parada o alguien que le devuelva el alma a los jugadores?
Demasiados interrogantes. Lo que resulta llamativo son las pisadas sobre sí mismo que está dando Grondona en un tema donde no solía pifiar, la elección del DT de la Selección. Le renunció Basile, a Maradona le tapó todos los agujeros para que no siga. Si Batista queda afuera, es otro paso en falso de Don Julio en este sentido. La Selección es su gallina de los huevos de oro, a través de ella cimentó su poder en la AFA. ¿Será un signo de pérdida de lucidez o errores de rutina en un hombre no acostumbrado a fallar?.
