La mano que mece al horror

Año 5. Edición número 215. Domingo 1 de julio de 2012
El amor fue mi condena. El remisero Alfonso fue sobreseído por la justicia. Su hermana estuvo imputada como cómplice. (SOLEDAD QUIROGA)
El juicio por el presunto homicidio de Natalia Da Rosa se cayó por falta de cadáver. Aflora la pista del narcotráfico.

El 28 de febrero de 2010, tres niños jugaban a la pelota en un descampado del barrio Libertad, en Merlo. Una nube de moscas revoloteaba sobre algo oculto entre la maleza. Ese algo resultó ser un objeto pequeño, negruzco, con forma imprecisa y olor nauseabundo. A los niños no les fue fácil descubrir que se trataba de una mano mutilada, sin otros dedos que el pulgar. Entonces, aterrados, corrieron en diferentes direcciones. Las moscas seguían zumbando.
Semejante hallazgo fue instruido por una fiscalía de Morón, la cual envió dicha pieza anatómica al Laboratorio Químico Pericial de La Plata, la cual, a su vez, tardó nada menos que ocho meses en determinar que pertenecía a una tal Natalia Da Rosa, de 25 años, acerca de la que nada se sabía desde el 26 de febrero de ese año. Su desaparición era investigada sin ningún logro en otra fiscalía de Morón, la UFI 4, a cargo a cargo la doctora Adriana Suárez Corropio.
Lo cierto es que la mano mutilada le dio un nuevo impulso a la pesquisa. En noviembre, fueron detenidos el concubino de la mujer, Hugo Fabián Alfonso, de 40 años, y su hermana, Gisella, quien fue rápidamente liberada. Al hombre se le dictó la prisión preventiva, luego de que en su Chevrolet Corsa y sobre una pared de la casa que compartía con la presunta víctima se levantaran rastros de sangre.
En resumidas cuentas, tras casi 18 meses en la Unidad 9, de La Plata, Alonso acaba de ser sobreseído por el Tribunal Oral 6 de Morón, a raíz de que el fiscal del juicio, Gabriel Sotelo, retirara la acusación por las graves deficiencias investigativas del caso. Las pruebas, al parecer, no eran muy sólidas: la sangre en el vehículo era de una perra y la única mancha detectada con Luminol en la casa provenía, en realidad, de un mosquito aplastado. Para colmo, tampoco se pudo determinar si esa mano izquierda había sido amputada en vida o no. De modo que, aún hoy, no se sabe si su propietaria está muerta.
Ante esa compleja e increíble suma de circunstancias, el fiscal general de Morón, Federico Nieva Woodgate, incurrió en una simplificación: “En el curso del debate, las evidencias se habían vuelto muy endebles como para continuar”. Era la primera vez que el alto funcionario judicial rompía el silencio que se autoimpuso tras la estrepitosa caída del caso Candela. Lo notable es que también en esta trama se adivina una sombra, un mar de fondo en el que no serían ajenos el narcotráfico y la delación.

A primera vista. Así de fulminante fue el idilio entre Hugo Fabián y Natalia. Se habían conocido en el otoño de 2007 en una esquina del sur de Morón, luego de que ella, en calidad de pasajera, se subiera al remís de él. Resultó un viaje iniciático para el alma de los dos. Sus primeras manifestaciones: mensajes de texto y algún cruce furtivo. Es que el remisero aún no había disuelto el vínculo marital con la madre de sus tres hijos. Pero tardó apenas unos meses en irse a vivir con Natalia. Ella, que poco antes había huido de un centro de rehabilitación para adictos, atendía un puesto de baratijas en la estación Morón. Y alternaba esa actividad con la ingesta compulsiva de cocaína. Pese a ello, la convivencia transcurría de modo apacible. Hasta abril de 2008, cuando Hugo Fabián fue testigo de un episodio a sus ojos incomprensible: Natalia, fuera de sí, golpeando a su madre adoptiva –quien vivía con ellos– para robarle seis mil pesos; ya con ese dinero en la mochila, puso los pies en polvorosa. Recién regresaría unas semanas después.
Es que Natalia era un tanto díscola. Era así desde los 14 años, cuando supo que Alicia Angélica González y Juan Carlos Da Rosa no eran sus padres biológicos. En esos días había reaparecido la mujer que le dio la vida, una camarera de San Antonio de Padua. En el expediente por su desaparición, varios testimonios señalan que fue en ese momento cuando se entregó a las drogas y otros excesos. Esos excesos casi la guiaron hacia la tragedia al cumplir 21 años, cuando le prodigó dos puntazos a su pareja de entonces. En aquella ocasión, también puso los pies en polvorosa. Luego fue detenida por pedido del fiscal Fernando Bellido, aunque finalmente se dispuso su excarcelación a raíz de que el novio había retirado la denuncia. A partir de entonces, Natalia atravesó diversas internaciones en centros de rehabilitación. Ahora, junto a Hugo Fabián, su existencia nuevamente empezaba a tomar contornos escarpados.
Como una vez que le apuntó con un arma a un policía. Es que, tras una de sus escapadas habituales, el remisero la fue a buscar a la casa de un sujeto apellidado Cabrera, situada en el barrio de Once. Natalia se fue de allí con un bolso con cocaína. La sola visión del uniformado en la esquina de Corrientes y Paso la sacó de sus casillas. El episodio la llevó por unas semanas al Moyano. Luego regresó a sus quehaceres. “Estas cosas me desbordaban”, declararía Alfonso en su declaración indagatoria.
Sin embargo, según otros testimonios volcados en el expediente, la contribución de aquel hombre en la paz hogareña no era cuantiosa. Vecinos y conocidos lo describen como un individuo enfermizamente celoso y violento; solía maltratar a Natalia ante terceros y también acostumbraba a romperle los teléfonos celulares. Tras las golpizas, ella se esfumaba por largos días, a veces, semanas enteras, para después volver. Tal modus vivendi no impidió que la pareja concibiera una bella hija, que en la actualidad tiene tres años.

La delgada línea blanca. El vínculo identificatorio entre la mano mutilada y la mujer desaparecida surgió en las fichas dactiloscópicas incorporadas al viejo expediente instruido en la UFI 2 por el fiscal Bellido a fines de 2006, cuando ella apuñaló a su ex pareja. En esa oportunidad, la acusada adujo como atenuante su adicción a las drogas.
Lo cierto es que para financiar su nivel de consumo, ella abastecía a otros clientes por cuenta de algunos punteros barriales. Uno de ellos tenía su base de operaciones en un almacén de Villa Tesei. Se trataba de un dealer conocido como El Francés; su apellido es Conrad. En su zona de influencia no era un secreto su excelente relación con el servicio de calle de la comisaría local. También había trascendido que Natalia tenía con él una deuda que aumentaba semana a semana en concepto de ventas no oportunamente reportadas.
Se dice en los pasillos del Departamento Judicial de Morón que Natalia, para aliviar su situación procesal en la causa que se le seguía por tentativa de homicidio, ella habría aceptado una propuesta del fiscal: convertirse en testigo de identidad reservada. También se dice que, desde entonces, El Francés se la tenía jurada.
Es imposible que el fiscal general Nieva Woodgate no haya estado al tanto de aquella circunstancia. Es curioso que la pista narco no haya sido ni siquiera contemplada por quienes investigaban la desaparición de Natalia. Cualquier semejanza con las irregularedades del caso Candela es una simple coincidencia.

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