La “pacificación” de las favelas

Año 5. Edición número 198. Domingo 4 de marzo de 2012
Retén policial. Se calcula que sólo en Río hay más de mil favelas. 50 serán “pacificadas”. (J. QUINTERO CUELLAR)
Miradas al sur en Brasil. Desde 2008 hay un cambio de paradigma con respecto al combate del narcotráfico en las favelas. Se crearon unidades policiales de pacificación, un modelo copiado de Colombia.

Joao tiene el torso desnudo, una bermuda y ojotas. Está sentado en un banco de madera de dos plazas, delante de la tienda que atendió los últimos quince años vendiendo helados en vasos de cumpleaños. El negocio está vacío. Joao habla lento: por eso se le entiende.
–O que se recuperou é o respeito –dice el hombre de 64 años, una sola hija, tres nietos.
El respeto es una de las pocas cosas que no publicita haber recuperado el gobierno estadual de Río de Janeiro: el territorio, la seguridad, la libre circulación, la confianza en la policía. “Las Unidades de Policía Pacificadora (UPP) en Río de Janeiro no son estrictamente un programa de policía comunitaria, sino de recuperación de territorio. El foco en Río de Janeiro es la conquista o reconquista de espacios urbanos dominados por el crimen organizado en torno al narcotráfico o las milicias compuestas por miembros de las fuerzas policiales y otros órganos públicos”, dice a Miradas al Sur Renato Lima, sociólogo doctorado en la Universidad de San Pablo y secretario general del Fórum Brasileiro de Segurança Pública.
Joao está contento de que Vidigal, la favela que habita –junto con otras 40.000 almas– desde hace 56 años, cuando el morro era todo vegetación y piedra, sea una de las 19 comunidades “pacificadas” desde la implantación de las UPP en 2008. La pacificación consiste en recuperar los morros tomados por las facciones del narcotráfico, desterritorializándolas. Se hace por etapas: primero, el Batallón de Operaciones Especiales (Bope) rodea la zona y bloquea las salidas. La entrada es pública: se anuncia antes y –aunque es una medida polémica porque permite que los narcotraficantes huyan– se justifica para evitar enfrentamientos armados. El caveirao (el tanque que se ve en la película Tropa de elite) abre la marcha, seguido por máquinas removedoras que sacan los autos y grandes piedras atravesados en las calles. La reconquista es literal: al llegar, lo primero que hace la policía es plantar una bandera de Brasil. Los grupos de choque avanzan limpiando los puntos calientes. Hay algunas detenciones, y se decomisan armas y drogas de los aguantaderos. El Bope se queda entre uno y dos meses. “Mientras tanto llega la UPP, consigue una casa, arma su sede central. Luego se hace el traspaso con un acto al que van el gobernador y sus funcionarios y empieza el trabajo”, dice a Miradas al Sur Cristina Tardaguila, periodista especializada en seguridad del diario O Globo.
Las estadísticas oficiales hablan de indicadores promisorios: una reducción del 26% de los homicidios dolosos desde el 2009 hasta el 2011. Roberto Saa, subsecretario de Seguridad de Río, las presentó en un taller sobre periodismo de investigación donde veinte periodistas de Latinoamérica discutieron sobre la violencia en sus megalópolis y el impacto en la vida cotidiana. El Foro de Seguridad que coordina Renato Lima está terminando un monitoreo parcial con resultados que estarán para mayo. “La expectativa es que vamos a comprobar que se redujeron los índices de criminalidad”, adelanta Lima.
En Vidigal, la UPP se instaló apenas el 18 de enero pasado, pero Joao siente ya su incidencia. No sólo porque los vecinos ahora conocen a sus policías, sino porque ya no están los Amigos de los Amigos, la facción narco que regulaba la violencia en el lugar. “Hace unos años hubo una guerra en la que se tiroteaban todos los días”, evoca Joao. Como evidencia, el hombre que imprimió libros durante 33 años en el barrio de Botafogo, muestra el hoyo que dejó una bala en la puerta de chapa de su local. En la cortina metálica del comercio lindante hay otra. Y enfrente, labrada sobre la pared de una casa, una más.
Jefferson tiene 25 años y nació en Vidigal. Es agente de un negocio reciente en la favela: la TV por cable. Sin embargo, para él nada cambió:
–Acá es la misma cosa. Los servicios existían, podía moverme para cualquier lado. Había narcos, pero nunca hubo violencia.
–¿Pero hace años hubo enfrentamientos?
–Sí, ¡pero fue hace muchos años!
Antes de la pacificación, la TV y otros servicios estaban regenteados por los narcos. Vía Embratel, la empresa donde Jefferson trabaja, cobra 50 reales la instalación y 30 reales el abono. En el barrio lindero, Leblon –uno de los barrios más exclusivos de Río– el abono es de 80. La desestabilización económica es uno de los problemas que deja el modelo. “El aumento de gastos de los pobladores debido a la especulación inmobiliaria y el aumento de los alquileres, además de la eliminación de las conexiones irregulares de energía y de la televisión por cable y la cobranza de impuestos y documentaciones de los comercios”, dice en diálogo con este diario Jaílson de Souza, creador del Observatorio de Favelas.
La esencia del modelo de pacificación de Río fue importado de Medellín. Alonso Zalazar, escritor y ex alcalde de esa ciudad colombiana, lo implantó cuando fue secretario de Gobierno entre 2004 y 2006. “Después de estudiarlo, llegamos a la conclusión de que era mejor transformar radicalmente algunos territorios que querer abarcarlo todo”, explicó. Los índices de criminalidad bajaron sensiblemente, aunque la violencia no fue erradicada sino que mutó en otras formas y emergió en otras comunas.
En julio de 2007, ante la inminencia de los Juegos Panamericanos, el gobernador Sergio Cabral y su ministro de Seguridad, José Mariano Beltrame, optaron por una política de shock basada en la intervención de las fuerzas especiales, el Bope. El operativo en la favela más grande, complejo El Alemão, terminó con 19 muertos y hay quienes triplican esa cantidad. Cabral y Beltrame viajaron a Medellín. “Allí se dieron cuenta de que la fuerza no servía. Que era un desperdicio gastar tanto dinero en algo que no se terminaba nunca”, explica la periodista Tardaguila. Volvieron con la idea de urbanizar las favelas e implementar la policía comunitaria.
Suenan dos bocinazos: una mototaxi elude una combi de pasajeros y remonta la calle principal. Otro estrépito. Dos motos más vienen en dirección contraria. Sale dos reales subir, y tres subir y bajar. En cada cuadra hay un templo evangélico, con distintas denominaciones. Hasta el supermercado tiene una leyenda evangelista.
“La cosa cambió muy poco”, dice Daniel, que vende esmaltes y chucherías, nacido en un barrio de Copacabana y desde los 12 años en Vidigal. “Sí solucionó la cuestión de la seguridad, pero no la cuestión social”, agrega Daniel.
El sol tortuoso llegó a lo más alto y reverbera sobre el Pan de Azúcar. Desde sus pendientes, la vista hacia Leblon es una privilegiada metáfora de las capitales de América latina: acá las chozas de concreto y de ladrillos, casi sin resquicio entre una y la otra; allá el mar azul, las playas extensas y los fastuosos edificios.
En la favela de Vidigal sigue habiendo un solo puesto de salud, con tres médicos, para 40 mil personas. Hay tres escuelas, a la entrada, y dos restaurantes. Se calcula que hay más de mil favelas en Río, y sólo están previstas unas 50 UPP. Si bien el consenso generalizado es que la pacificación es un gran paso, todavía se le reconocen falencias. “El hecho de que se trate de una intervención continua y de tener el enfrentamiento con los grupos criminales como prioridad, hace que todas las demás políticas se vean como una acción complementaria. Y la policía continúa allí, como si estuviesen en un territorio enemigo ocupado. En ese sentido, hay un largo camino por recorrer”, agrega De Souza.

Esta nota fue realizada en el contexto del seminario de investigación periodística Seguridad y vida cotidiana en las grandes ciudades de América Latina, que se realizó días atrás en Río de Janeiro. Fue organizado por la FNPI que dirige Gabriel García Márquez. Los periodistas de Miradas al Sur Sebastián Hacher y Laureano Barrera fueron seleccionados para hacerlo.

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