Hace ya unos cuantos años, en distintas villas de la ciudad se promete la construcción de viviendas en predios cercanos. Sus habitantes ven crecer los barrios y ven la imposibilidad de acceder a una casa y a la ciudad. Crece la cantidad de inquilinos en condiciones de hacinamiento. Algo similar sucede en muchos de los conjuntos habitacionales en los que viven sectores de bajos recursos, en donde las nuevas generaciones no tienen chance ni de comprar ni de alquilar una casa o un departamento.
La construcción de unas pocas viviendas es abrir una canilla en el medio del desierto, pero fundamentalmente en el medio de una gran confusión. La gente está desinformada, incluso aquellos que van a ser relocalizados a la brevedad, y se carece de la más mínima posibilidad de participación. No existe un plan de viviendas consistente y que supere la mera coyuntura judicial. Inclusive, no se cumple con sentencias que obligan a mejorar los barrios de la zona sur y que llevan años de reclamos por parte de los vecinos.
La paz en la zona sur va a venir, no cuando se pongan de acuerdo las fuerzas policiales, sino cuando todos los vecinos de escasos recursos puedan acceder a una vivienda por derecho o tengan la seguridad de que en un término razonable van a hacerlo. Los cientos de miles que necesitan vivienda la necesitan ahora y no les sirve en 10 años. Por otra parte, debería pensarse en redistribuir en distintas zonas de la ciudad los conjuntos habitacionales y no concentrarlos en la zona sur, donde faltan escuelas y centros de salud y por otra parte atacar los sistemas de corrupción vinculados al acceso a la vivienda, al mismo tiempo que la relevancia del tema debería verse reflejada en el presupuesto. Estos hechos, a su vez, muestran el fracaso de una focalización de las políticas sociales, y en particular las microscópicas.
