La reforma de la carta orgánica del BCRA

Año 3. Edición número 123. Domingo 26 de septiembre de 2010
El Parlamento tendrá que debatir el proyecto que incluye una reforma al artículo 3 de la Carta Orgánica del Banco Central. (DYN)

Ultimamente agita al ambiente la discusión acerca de una posible reforma de la Carta Orgánica del Banco Central -BCRA- en cuanto a los objetivos de la entidad. Valdría la pena encarar algunos comentarios sobre el particular, distinguiendo tres niveles del asunto: a) el tema específicamente institucional, ligado a la "textualidad" de la presentación de los objetivos, b) el tema más sustantivo relativo a la vinculación entre los diversos objetivos posibles, y, c) las relaciones existentes en torno a ciertos mecanismos específicos que puede aplicar el BCRA. En parte, nos remitiremos a una ponencia que presentamos en las Jornadas del BCRA de 2007, intitulada Régimen Monetario y Banco Central "Desarrollistas".
En lo atinente a la textualidad, en el mundo, hay para todos los gustos. El Banco Central Europeo, en su definición institucional, se inscribiría en el elenco de entidades que focalizan estrictamente el esfuerzo en la estabilidad de precios. Y, sólo "desde aquí" se atiende al crecimiento. Paradójicamente, en China parece darse una expresión formal similar. No obstante, el tipo de política aplicada promueve una mayor reflexión sobre el verdadero alcance de aquélla. En Japón se alude a la regulación de la moneda y a la facilitación-promoción del crédito. En el banco central de Corea de Sur se menciona, en el ámbito de los objetivos, a la estabilidad de la moneda, al progreso económico y uso adecuado de los recursos y al apoyo al sistema crediticio. En cuanto a la Reserva Federal, el banco central más poderoso del mundo, se habla de mantener la expansión de los agregados monetarios de manera consistente con el potencial de crecimiento, computando, asimismo, los objetivos de pleno empleo, de estabilidad de precios y de moderadas tasas de interés "de largo".
Por otra parte, abundan ejemplos que atestiguan una consideración de la llamada "autonomía" de los bancos centrales, de tenor más operativo que político.
Lo dicho no implica desconocer tensiones y matices. Sí, deja inferir que la eventual reformulación de la Carta Orgánica del BCRA, ampliando objetivos más allá del mero "preservar el valor de la moneda", no luciría como un dato aislado en el mundo y/o como un invento puramente criollo como el bolígrafo y las huellas digitales. Lo mismo cabe para el enfoque de la autonomía.
Acerca de los matices, es verdad que el Banco Central Europeo, en las definiciones textuales y en los hechos, y aprovechando la pluralidad -y diversa significación- de los países constituyentes de la Unión Europea, se asemeja bastante a la figura del "banco central conservador" del que hablan algunos teóricos, "obcecado" en el objetivo antiinflacionario a secas: el "inflation nutter" como decía Mervyn King.
Por su lado, la Reserva Federal tiende a ser más flexible, en base a su mandato dual en el seno de un inflation targeting tácito y acomodable. Atiende a la inflación y a lo que se llama la "brecha de producto".

El tema de fondo. La discusión sobre el texto de la Carta Orgánica del BCRA, alienta la remisión a las cuestiones sustantivas de estrategia económica. Son aspectos interactuantes.
En el paper de nuestra autoría arriba citado, campeaba el tópico estratégico. Véase que en ese momento se atravesaba una fase "de borde" del modelo competitivo productivo -MCP-, donde la noción de tipo de cambio competitivo conectada al "dólar alto" aun contaba con un margen de reconocimiento respetable. Hallándose asimismo en debate la comprensión del crecimiento acelerado del período, de una tasa anual de casi el 9% sostenida.

Otros elementos asomaban. El propio rol del BCRA se sometía a discusión. Economistas ortodoxos, críticos del MCP y cercanos en más o en menos al esquema de inflation targeting o de metas de inflación canónico, hacían oír su prédica. Por el otro lado, la conducción del BCRA de ese entonces esgrimía algo así como un "híbrido", un concepto de flotación administrada tirando a chirle, donde parecía confundirse el no tener un objetivo cambiario competitivo precisado en detalle, con el hecho de no tenerlo directamente, o de tenerlo de manera muy blanda.
En un contexto de ese tenor, argumentamos que el BCRA, a diferencia de lo recomendado por los sectores más próximos al esquema de metas de inflación ortodoxo y afines, podía empuñar explícitamente una función de comportamiento o "de respuesta" en la que convergían tres objetivos que debían armonizarse lo más posible: un objetivo de inflación (desenganchado del enfoque ortodoxo), el objetivo de crecimiento (pensando incluso en el incremento del producto potencial de la economía) y el ligado al tipo de cambio real competitivo. Así se bocetaba la idea del régimen monetario y del banco central desarrollistas.
El planteo acarreaba implicancias de las que se era conciente. Debía aceptarse, probablemente, un nivel de inflación algo superior a la media mundial, pero, respecto de la cual, no existía razón para separarse mucho. Por otra parte, no debía confiarse demasiado en la política monetaria y de tasas de interés como expediente disciplinador de la inflación. Por ende, dicho esto, y asumiendo al tipo de cambio no como ancla inflacionaria sino como locomotora productiva, el tema de la estabilidad de precios exigía el acople de "otros anclas" para prosperar, como una decidida política fiscal superavitaria y la política de ingresos activa (más políticas de oferta ad hoc).

El menú de instrumentos. Por cierto, en el seno de las argumentaciones en danza, también laten aspectos que tienen que ver con el uso específico de determinados instrumentos en manos del BCRA, de manera actual o potencial.
Detengámonos, por ejemplo, en la emisión monetaria local. Este, en principio, es un instrumento a disposición. Durante la convertibilidad, como señalamos reiteradamente, la emisión de pesos registraba un alcance vicario; estaba plenamente atada al aflujo de dólares, siguiendo una relación técnica fija. Luego, salvo minucias, el BCRA estaba impedido de encarar una emisión autónoma, por fuera del rígido nexo recién apuntado, direccionada al sistema financiero o al Estado o sector público no financiero. Un encuadre de este tenor parecía cuajar puntillosamente con la redacción vigente del artículo 3 de la Carta Orgánica del BCRA.
Cuando la convertibilidad se desplomó, incluido el sinceramiento conexo, el sector bancario estuvo en vilo, atravesando un intenso drenaje de fondos. Lo que empalmaba con el proceso de salida de capitales y de desmonetización en general. Entonces, a guisa de asistencia sistemática, el BCRA concedió redescuentos -emisión autónoma- a los bancos para encarar el reto en danza. Con posterioridad, esos redescuentos fueron devueltos.
A medida que el MCP fue afirmándose, en términos de comportamiento neto de la emisión monetaria, la aludida devolución de los redescuentos suponía astringencia. Mientras, fue "copando la parada" la emisión monetaria proveniente de la compra de divisas, especialmente del superávit comercial, sin que existiera una relación cambiaria formalmente rígida. Parte de esa emisión, a la vez, era absorbida mediante los mecanismos de esterilización monetaria. Por otro lado, prácticamente, no había, o había poca, emisión autónoma en favor del sector público no financiero, dados los superávit robustos vigentes.
Hoy, la combinación es diferente. Se continúa con la emisión o expansión monetaria contra la compra de divisas, la que, en parte, se esteriliza. Se va ampliando por ciertos conductos la emisión autónoma dirigida al sector público no financiero, y, si se computa la línea de redescuentos de aplicación crediticia dispuesta por el BCRA, tendríamos la posibilidad de una emisión autónoma canalizada, en principio, al sector financiero. Hablamos, claro, de mecanismos de orden más sistemático.
En definitiva, tomada la cosa en sí misma, no hay obstáculos por principio a la reforma de la Carta Orgánica del BCRA, buscando ampliar los objetivos formulados. Por lo demás, hay antecedentes comparados que servirían de abono al respecto. Naturalmente, de definiciones y de precisiones textuales no se deriva automáticamente una estrategia de crecimiento efectiva; aquí las definiciones tienen que empalmar con políticas tangibles, ateniéndose a la opción que luzca más adecuada. Finalmente, tal o cual instrumento, aun siendo relevante, como es el caso de la emisión monetaria, no determina por sí mismo la pertinencia de una estrategia integral.

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