La seguridad en el siglo XXI

Año 5. Edición número 200. Domingo 18 de marzo de 2012
La crisis no es el calentamiento global, ni las 40.000 muertes diarias por hambre, ni el 1,6 billón de dólares que se gasta en ejércitos .

Que el mundo del siglo XXI va a ser particularmente desordenado, como afirma el profesor Inmanuel Wallerstein, es algo que le queda meridianamente claro a quien visita la conferencia de seguridad, organizada anualmente en esta ciudad bávara por los encargados del ramo en Occidente.
Expuestos por los secretarios de Defensa y Estado de EE.UU, Leon Panetta y Hillary Clinton, los “desafíos” del año guardan una relación kafkiana con las realidades del planeta.
La crisis no es el calentamiento global, ni los 40.000 muertes diarias por hambre y miseria, ni los 1,6 billones de dólares anuales que se gasta en ejércitos en un contexto de quiebra económica.
Los “desafíos estratégicos” son un ejército más pequeño pero mejor, más flexible y tecnológico (“smart defense”), el anunciado “fortalecimiento en Asia”, para contrarrestar el ascenso chino, compatibilizar esa mudanza de recursos con el mantenimiento de la presencia en Europa y las alianzas allá ( y en África y América latina), y seguir siendo capaces de intervenir militarmente, “en cualquier momento, en cualquier lugar del mundo”, Panetta dixit.
En Europa los términos de la “relación trasatlántica” consisten, para Estados Unidos, en la misión imposible de que el continente pague más y se implique más en la policía global, manteniendo de paso el escudo antimisiles (con sus tres patas; la marítima en España, los radares en Turquía y los sistemas de cohetes en Rumania y Polonia), que es la jugada que imposibilita la “seguridad integrada de Vancouver a Vladivostok” demandada por Rusia desde el fin de la guerra fría.
Para Europa, vía Alemania, se trata de mantener el nexo inquebrantable de la Otan, sin gastar demasiado y sin irritar más de la cuenta a Rusia, ni meterse en aventuras excesivas con Irán, explicaron con diversos matices los ministros germanos de defensa y exteriores, Thomas De Maiziere y Guido Westerwelle, y el secretario general de la Alianza, Anders Fogh Rasmussen, entre otros.
“Hay que buscar la manera para que América y Europa puedan seguir colaborando y si es necesario luchando juntos”, dijo Rasmussen. La seguridad del continente, dijo Hillary Clinton, “continua siendo incompleta e insegura, por los conflictos abiertos en el Mediterráneo, los Balcanes y Oriente Medio”.
Para Rusia, explicó su ministro de Exteriores, Sergei Lavrov, lo del escudo antimisiles no tendrá más remedio que ser contestado con “medidas efectivas y baratas”, léase, nuevos misiles, y en Asia, “no participaremos en construcciones enfocadas a enfrentarnos con nuestro vecino chino”.
Este lío, todo sumando, arroja la “seguridad” que los países entre Vancouver y Vladivostok ofrecen al resto, lo que promete continuar la gran gaffe de los últimos años cosechada en Afganistán y Oriente Medio, donde sólo el gasto de las dos guerras (Irak y Afg-Pak) asciende a 3 billones de dólares, sin contar lo inconmensurable en centenares de miles de vidas humanas.
En Afganistán hay un ambiente de desbandada, de carrera por salir, ahora liderado por Francia que obliga a Westerwelle a decir: “juntos ‘in’, y juntos ‘out’”. Pero el mensaje es claro: diez años inútiles que apuntan a un regreso a la casilla de salida.
Así lo entiende el actor más curtido en la región, el ISI paquistaní, los servicios de inteligencia de ese Estado nuclear fallido, que según un informe de la Otan divulgado por la BBC apoyan a los talibanes sin paliativos.
En Irak, echar a Saddam ha puesto en Bagdad a un gobierno dominado por chiítas que favorece a Irán, el enemigo considerado aún peor, que aspira a la bomba nuclear para ponerse en línea con Israel, Pakistán e India, y blindarse ante un ataque de EE.UU., como ha hecho Corea del Norte en un acto de cartesiana racionalidad que se hace pasar por locura.
Las sanciones petroleras contra Irán por esa sospecha perjudican a Europa (Grecia, España e Italia compran crudo iraní, lo que complica aún más su difícil situación), mientras benefician a China, que ya compra el 22% del petróleo de Teherán y podrá negociar ahora mejores precios con su suministrador.
También es una ironía, si se tiene en cuenta que China es, en la mentalidad del Pentágono, el “gran enemigo” estratégico del futuro, al que también se rodea con sistemas de misiles y armadas.
Esta enorme gaffe, desde el punto de vista de la loca “seguridad” transatlántica, aún podría mejorarse en el estrecho de Ormuz, si Irán es atacado y cumple su amenaza de cerrar el estrecho por el que circula una quinta parte del petróleo global. Por pequeño que fuera el daño, y parece que no lo sería, dispararía los precios del crudo, lo que convertiría la actual “crisis financiera” de Occidente en una broma al lado del caos que podría crearse. ¿Puede imaginarse una gaffe mayor?.

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