La situación del pacto social

Año 3. Edición número 141. Domingo 30 de enero de 2011
El pacto social debecontener compromisos recíprocos de las partes en cuanto a la conducta en el tiempo de precios y salarios

Transitamos el fin de enero del nuevo año. Lo deseable es que se apurara en términos efectivos todo lo concerniente al llamado Pacto Social o Acuerdo Tripartito lanzado durante las últimas semanas de 2010. Y al que se refirió la propia presidente Cristina Kirchner.
Recuérdese la importancia que posee una iniciativa de ese tenor, entendida, claro, de modo concreto. Por de pronto, el tópico del acuerdo social reconoce diversos contextos que no cabe pasar por alto.
En este orden, en el notable lapso 2003(2002)-2007 de la economía argentina, asociado al modelo competitivo productivo, el pacto social, como una óptica orgánica de encuadre de la puja distributiva -enrolándola en criterios de productividad y de competitividad, suponiendo incluso en el horizonte una ruta de mejora distributiva- constituyó algo así como un eslabón faltante de cara a la consolidación de la robustez de aquel esquema.
Ya ubicados en el presente, el pacto social destila un alcance más acotado, aunque no despreciable. En rigor, dentro del marco de una dinámica expansiva, ligada a una etapa de transición económica, el pacto social conformaría cierto intento para aspirar a una moderación de las expectativas inflacionarias que se vienen perfilando desde fines de 2010, contribuyendo, a la par, a suavizar los contornos de la puja distributiva. Se trataría, pues, de atender al juego, tanto de la gestación de expectativas de inflación como de sus resortes de validación tangible en materia de costos-precios.

El Pacto Social y los compromisos. Para una inflación efectiva para el año 2010 cerrando en el entorno del 20%, con toda la incertidumbre del caso en la medición por las circunstancias de sobra conocidas, hemos señalado que las expectativas de inflación que despuntaban de cara al 2011, traducían un sesgo alcista, merodeando el 30%. Es verdad que un producto de tanta incidencia como la carne, puede ayudar este año como complicó el 2010 (aunque ahora pegue el fenómeno de la Niña), pero, hay otros alimentos que pueden sufrir presión.
En rigor, lo que está en danza es la posibilidad de que eventuales shocks o golpes de oferta específicos, como suele decirse, no sean potenciados a través de un catalizador de expectativas realimentado por una puja de ingresos desencuadrada. Sería importante aprovechar los shocks positivos y moderar la incidencia de los negativos. Una puja de ingresos con un encuadre flojo, arrima un fermento inercial al tópico de la inflación efectiva, acarreando una molestia adicional.
En vista de todos estos señalamientos, siempre adujimos que el pacto social, para tener entidad, debe, por de pronto, contener compromisos recíprocos de las partes en cuanto a la conducta en el tiempo de precios y salarios (bajo una visión general de los costos). Puede incorporarse una cláusula de revisión, pero, sometida a recaudos bien definidos. Los compromisos entre las partes deben establecerse, como así también los mecanismos de monitoreo al respecto. En este ámbito, la situación que atraviesa el Indec ayuda poco; entonces, debería reforzarse el intento a través de criterios operativos previstos en el seno mismo del acuerdo social.
De todas maneras, aun siendo verdad que la columna del acuerdo social tiene que ver, hoy, con la factibilidad de articular compromisos en materia genérica de senderos de salarios y de precios, ligados al comportamiento de agentes privados y sociales, es inexcusable e imperioso el rol activo, "conductor" y "arbitral" por expresarlo de alguna forma, del gobierno nacional.
Lo dicho ajusta con el enfoque "tripartito" al que aludió la propia Cristina Kirchner. No se trata a nivel oficial de hacerse eco de tal o cual hecho consumado, proveniente de tal o cual lugar, sino de adelantar cierta orientación básica que serviría como guía del sentido y alcance de los compromisos, velando, a su vez, por su cumplimiento.

El Pacto Social en un marco mayor. En principio, resta un tiempo útil no demasiado dilatado como para que la noción del pacto social cobre entidad efectiva. Si se desaprovecha ese lapso, corremos riesgos de que la interacción entre expectativas y decisiones convalidantes concluya primando con un tono fastidioso. Desde ya, hay interesados en que las expectativas de inflación alcistas se trasmuten en realidad.
Por lo demás, el juego de las expectativas atiende a diversos factores. Uno de ellos, se liga a la puja distributiva (o pugna precios-costos), que estamos examinando. Pero, existen otros resortes que pesan.
Tomemos, por ejemplo, lo que atañe al programa monetario del Banco Central (BCRA) para 2011. Infinidad de veces hemos marcado que el concepto que adopta el BCRA al respecto, es el de dinero endógeno, acomodándose a una serie de resortes que, en general, le son dados. Por opción, no hay una focalización en la política monetaria, ni por cantidad ni por tasa de interés, como mecanismo de contención de la inflación. Si hay un ancla, ese es el dólar nominal fijo o casi. El BCRA se adaptaría a la dinámica del ingreso nominal, el que combina precios por cantidad (de actividad). Y, cuenta con la esterilización monetaria con vistas a aplicar cierta astringencia en su caso.
Esa afectación al curso del ingreso nominal, con las políticas monetaria y cambiaria como se las caracterizó recién, descansa en la hipótesis de que, en principio, el BCRA no instiga monetariamente, por sí, el componente de inflación del ingreso nominal (lo toma como dado). A la vez, buscará cooperar en la faz real de la economía incentivando el crédito. Aunque, si se trata de colocar el acento en la mayor oferta, el crédito debería volcarse seriamente hacia la inversión que mejore la capacidad.
De todos modos, ocurre que la evolución de los agregados monetarios prevista para 2011, orilla el 30% de aumento, estableciéndose, además, un rango de comportamiento. Frente a ese guarismo, las referencias de inflación asumidas lucen distantes, bastante por debajo. Una explicación es que, aludiéndose al M2 como agregado involucrado, es el crédito (y su expansión) el que gravita principalmente. Aquí cabría el comentario acerca de la canalización del crédito que se hizo antes.
De cualquier manera, la anotada asimetría de magnitud entre las variables monetarias y las previsiones de inflación, suscita interrogantes. Sumando la atención que merecen las exigencias fiscales desde la óptica monetaria, pareciera que está operando un elemento adicional que podría coadyuvar, o no, a la presión alcista en términos de expectativas de inflación.
Justamente, retornando a la idea del acuerdo social, no es un tópico trivial la posibilidad de su concreción. Llegándose, por hipótesis, a determinar en su ámbito compromisos acerca de las variables involucradas que, prima facie, se ubicaran por debajo del nivel de expectativas alcistas que viene fogoneándose, estaríamos arrimando un primer hito en favor de la suavización de aquéllas.
Atisbaría un factor, con toda la relatividad del caso, que induciría la visión de un ingreso nominal algo más recatado por el lado de los precios, con un dato influyendo sobre el particular devenido de cierto encuadre de la puja distributiva.
Ante esta eventualidad, el BCRA, sin renunciar mayormente a su apuntada concepción de dinero endógena, podría intentar correrse hacia el tramo "de abajo" del rango de conducta de los agregados monetarios que se estipuló. La política de ingresos estaría lanzando una señal propicia a la suavización de las expectativas de inflación, y, por su parte, el BCRA, por lo antes dicho, "redondearía" el asunto en términos monetarios. Las chances de moderación de las expectativas, se vería robustecida.
Finalmente, seamos concientes de que en todo esto talla un trasfondo crucial, vinculado con nuestras aspiraciones de un desarrollo económico sustentable. Se trata de nuestra competitividad cambiaria real, factor clave para ese desarrollo. Hoy, nos distanciamos de una consideración "altiva" de esa competitividad -el "dólar alto"- y nos deslizamos hacia una concepción más bien "concesiva". Luego, en esta fase de transición, apegados a un dólar nominal fijo o casi, colocar ciertos diques a la dinámica efectiva de costos-precios internos, ayudaría, por lo menos, a ralentizar el curso de apreciación cambiaria real. A la postre, como se ve, son varios los motivos que hacen aconsejable no dejar caer la iniciativa del pacto social. Aunque, convengamos, el plazo a mano se diluye.

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