La tierra no es plana, la política tampoco

Año 4. Edición número 185. Domingo 4 de diciembre de 2011

Los que fueron conquistados hace 500 años, acaban de parir un mundo nuevo.
Los pueblos de América latina y el Caribe volvieron a descubrirse en su propia desnudez y desde la bella y dolida imagen que les devuelve el espejo, decidieron liberarse para siempre. Ese continente, desigual y esperanzado, es el que se reflejó en la Cumbre de la flamante Celac.
Es el que quita subsidios a los más ricos para redistribuir ingresos y riquezas equitativamente, como en la Argentina. Mal que le pese a Clarín.
Ese continente liberado humaniza a tal punto la política y a los gobernantes que transmite en vivo y en directo el llanto de Cristina y Hugo Chávez recordando a Néstor Kirchner.
Ese continente humanizado no apalea a maestros como en Buenos Aires, pero libra su batalla decisiva: escribir su propia historia, sin tutores ni mentiras.
No es casual lo que acaba de ocurrir en esta gran aldea: el pensamiento liberal, hegemónico y mitrista, se muestra impotente y escandalizado porque siente que perdió la llave de la verdad revelada.
¿Creerán en serio que el proyecto nacional y popular actuará como lo hicieron ellos durante siglo y medio?
Protestan como esa vieja y gruñona académica autoritaria que, con el puntero en mano, amenazaba desde la pizarra a quien no recitaba de memoria su anacrónica lección.
Pero los pueblos se rebelaron. Crecieron. Y aprendieron a cuidar la verdad y usarla de arado sembrador.
No quieren ser la próxima gruñona. Sólo quieren ser libres. Y para eso es necesario que hablen todos, muchos, todos.
Esa es la diferencia.
La autodenominada “historia oficial”, como verdad absoluta, parece morir de pena. Y nadie quiere que se muera nadie, sino que nazcan mil flores, mil escuelas, mil verdades, mil Institutos de Historia.
Y ése parece ser el verdadero drama del pensamiento liberal y conservador. Aunque lo disimulen. Deberían aprender a compartir la mirilla de la historia.
Todos nos merecemos ser felices y el camino a la verdad, la que nos lleva a una felicidad más plena, ya no es coto privado de una sola clase.
La historia oficial, sin comillas, esta vez la escribimos entre todos.
La Presidenta Cristina Fernández de Kirchner viene de atravesar el pórtico de la Patria Grande junto a Dilma Rousseff, Hugo Chávez, Raúl Castro, Rafael Correa, Pepe Mujica, los 33 mandatarios que conforman la flamante Celac, la Comunidad de Estados de Latinoamérica y el Caribe.
Junto a ellos, todos nuestros pueblos cumplen el sueño de los Padres Fundadores, de San Martín y Bolívar, de Artigas y Martí, de Allende y de Perón.
La unidad continental acaba de suceder en Venezuela.
Es la mayor proeza del Bicentenario.
El viejo orden mundial se ha derrumbado y ha nacido un nuevo orden en este lugar del planeta.
La transición ha terminado en este continente.
La concentración del poder económico mediático necesitó como requisito previo para imponerse la desconcentración de los pueblos de América. No le importaba tanto si existían o no focos de resistencia popular en nuestros países. Le preocupaba sí que esa voluntad de cambio pudiera unificarse en torno de un proyecto común que le diera identidad a un territorio tan pleno de riquezas naturales.
Nunca, en 200 años de historia, se dieron condiciones tan favorables como las de ahora.
Nunca hubo tantos presidentes que se parecen a sus pueblos como hoy ocurre, en la didáctica definición de Cristina.
Nunca hubo tanta masa crítica junta, tanta voluntad política, tanto poder de decisión institucional a favor del cambio en nuestra América, como los hay ahora.
Nunca se conjugaron esas condiciones favorables con las desfavorables que atraviesa el viejo mundo. La unidad latinoamericana era una causa justa; pero no siempre las causas justas encuentran su tiempo y su espacio para abrirse camino.
Ese momento ha llegado.
El eje entre el Río de la Plata y el Orinoco venezolano tiene la edad de América latina.
La unidad del continente se definió en el siglo XIX por el entendimiento trunco entre San Martín y Bolívar.
Chávez, Lula y Kirchner fueron los mosqueteros que se batieron en Mar del Plata contra el Alca en este siglo.
Enunciamos estos mojones sólo para demostrarnos que ha corrido mucha agua bajo el puente y hay tanta sangre derramada que todo sabe a mandato, más que a mera circunstancia.
Por eso se aplaudió a Néstor Kirchner tantas veces en esta Cumbre.
Las 33 naciones empezarán a orbitar alrededor de una misma Patria, un mismo mercado y un mismo destino.
Nótese que la unidad americana es a la vez causa y efecto de la recuperación de la política como instrumento de transformación social. Es un burdo reduccionismo afirmar que esta unidad es la OEA sin los Estados Unidos.
Esta es la unidad que se debían nuestros pueblos. Que no es lo mismo.
Se hizo posible ahora porque los pueblos recuperaron el valor de la política para sí y ello tendrá consecuencias inmediatas en nuestras vidas cotidianas.
El intercambio comercial, cultural, social, deportivo, logístico, defensivo, es de tal potencialidad, que unido a las enormes riquezas naturales bajo la potestad soberana de nuestros 33 países, harán de este continente, auténticamente un nuevo mundo. Si hace 500 años se demostró que la tierra no era plana, los pueblos americanos demuestran en este siglo XXI, que la política tampoco es plana.
Que tiene curvas y contracurvas, llanos, ríos y montañas, que afronta tiempos de tempestades y tiempos de bonanzas.
Pero que siempre debiera estar allí donde debe estar, en manos de los pueblos.
La unidad americana, inclusiva y soberana es la esencia de nuestra política interna; habla de nuestras vidas, de nuestras emociones, de nuestra misma historia nacional y popular.
Si para la Patria Grande, el Alca fue el grito del “No”, la Celac es el canto del “Sí”.
Será, como dijo Cristina, un “Sí” que abraza, que no agrede ni conquista a nadie, que no invade, que no bombardea.
Que sólo quiere ser feliz.
Como las pibas y los pibes venezolanos que hicieron bailar el mambo a 33 presidentes y a todo un continente.

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