La verdad y el periodismo

Año 5. Edición número 234. Domingo 11 de noviembre de 2012

Más de un relato periodístico proclama como verdad revelada que en las guerras la primera víctima es la verdad. A criterio de quien escribe estas líneas, se trata de un verdadero disparate. En primer lugar porque es mirarse el ombligo. Es autocentrista. Es la confirmación de que se valora el relato por encima de la brutalidad de la condición humana. Confunde sobre qué es la guerra. Y si –como dijo Carl von Clausewitz– la guerra es la continuación de la política por otros medios, precisamente los ojos entrenados de los cronistas no deberían quedarse en las verdades o mentiras relativas respecto de cuántas fueron las bajas de tal o cual bando sino que deberían poder hurgar en quiénes tienen intereses de que tal o cual porción del planeta quede en manos de tal o cual país o grupo económico. Si esta frase fuera "cierta", deberíamos pensar que estamos en un mundo en guerra. Sencillamente basta repasar las cosas que dijeron Barack Obama y Mitt Romney en el tercer debate televisado antes de las elecciones y que fue destinado a la política internacional de Estados Unidos. Ambos contendientes disputaron el lugar del "comandante en jefe" ¡según la mayoría de los medios norteamericanos y de sus satélites ideológicos repartidos por el mundo! ¿Qué tal las centenares de bases militares repartidas por el mundo? ¿Qué tal el presupuesto militar del país que tiene un formidable déficit fiscal y una desocupación de cerca del 10% pero que destina la misma cantidad de recursos para "la defensa (bella palabra)" equivalente a la suma de los presupuestos militares de las diez naciones que le siguen en gastos militares?

Desde que Estados Unidos no tiene competencia en el mundo y es la única potencia hegemónica se terminaron las voces que propugnaron "el desarme" o al menos la limitación en la creación de armas atómicas. Ya nadie se acuerda de los SALT I y II, o de los START I y II; sin embargo todos tienen presente como un dato naturalizado que las tropas norteamericanas están instaladas en Afganistán desde 2001 y que la tensión entre Irán e Israel fue utilizada en la campaña electoral por Romney para confirmarle al electorado que no estaría mal una guerra en Medio Oriente. Pero, cuidado, nadie desconoce que Obama, con su premio Nobel de la Paz en las espaldas, está tan dispuesto como su adversario a mover las piezas en esa región del planeta si sus intereses económicos y estratégicos se lo demandan.

Qué es la verdad. Si todo se limitara a desmentir las operaciones de contrainformación que se hacen en escenarios bélicos, estaríamos en el maravilloso mundo de Good morning, Vietnam. Ese mundo, en el que Robin Williams era un disc jockey campechano que de a poco se va dando cuenta de que no alcanza con aturdir soldados que están a 13 mil kilómetros de su país. El bueno de Williams dice en el cine las verdades que la mayoría del público estadounidense –autocentrista culturalmente– está dispuesto a escuchar. Lo tremendo es que la idea del predominio norteamericano está naturalizada en los confines de la Tierra. Las guerras de opresión imperiales se asientan en una trama de producción cultural cinematográfica y mediática muy potente. No se apoya en creadores de relatos que llegan por su talento a Hollywood o periodistas que por su excelencia se ganan cargos editoriales en los grandes diarios. De ningún modo. Hay una matriz donde, al menos una parte, descansa en la estructura de cuadros dirigenciales repartidos en empresas privadas y oficinas públicas. Esa matriz sostiene "las verdades" de un sistema donde perdura la desigualdad y que requiere inexorablemente proveerse de materias primas y mano de obra que están en naciones que se dicen soberanas pero que, en muchos casos, aceptan una especie de protocolo reservado en el que se sabe, por ejemplo, que con empresas como Monsanto no hay que meterse. El bueno de Williams no hablaba en la película del agente naranja, producido por Monsanto y utilizado como destructor masivo de vietnamitas e, incluso, responsable de la muerte de muchos soldados estadounidenses.
Sería magnífico descubrir una trama de conspiradores a los que se pudiera responsabilizar de los males del planeta. Los hay, y tienen un peso específico inmenso. No sólo aquellos comandos que envía el gobierno de Estados Unidos a cualquier lugar del planeta a ejecutar personas (algunos enemigos y otros ex agentes que saben demasiado), sino los que forman parte de los programas de dominio cultural o de capacitación en medios de comunicación a través de asociaciones muy cool. La académica inglesa Frances Stonor Saunders publicó hace unos años La CIA y la guerra fría cultural (en español, editorial Debate) después de haber revisado prolijamente archivos desclasificados por Washington. El libro está centrado en el período de la llamada Guerra Fría y en él, la autora describe con precisión de cirujana cuáles fueron las fundaciones filantrópicas a través de las cuales la CIA canalizaba dinero para subvencionar lo que luego serían bases de apoyo para defender los intereses de las élites norteamericanas. Si se hace una lectura en clave conspirativa del libro de Stonor Saunders se puede perder de vista que muchos de los que reciben apoyo de la CIA sin saberlo estarían encantados de conocer el origen de los fondos. Es preciso también tener una visión provocadora que permita aceptar la permeabilidad de amplísimos sectores al discurso dominante.
No alcanza con limitar el debate de la verdad a si un diario miente o un periodista se calla ciertas cosas. Para nada se trata de soslayar las responsabilidades de las empresas lucrativas que invierten en medios de comunicación del mismo modo que pueden invertir en caramelos o conciertos de rock. O, en todo caso, de grupos empresariales que a veces pierden dinero con los medios para tener un paraguas protector de sus propios intereses en otros sectores de la vida política o económica. Mucho menos se trata de desconocer la expectativa que, ciertamente, muchos lectores o televidentes o radioescuchas tienen sobre determinados comunicadores a quienes "les creen", en un clima cultural donde la incertidumbre o la incredulidad son moneda corriente.
Sin embargo, estas líneas están destinadas a resaltar el lugar que tiene la comunicación mediática como parte decisiva de la trama cultural en la que vivimos. Los medios deben ser un lugar para pensar, debatir, provocar. No alcanza con leer cinco diarios que dan cifras distintas en tapa sobre cuántas personas concurrieron a una marcha para luego sumar las cinco cifras y dividir el total por cinco.
En los últimos años se habla de hegemonía o de medios hegemónicos con un gran desconocimiento de lo profundo de ese concepto. Suele asimilarse el concepto de medio hegemónico a diario de mayor tirada o de un supuesto mayor impacto o, incluso, como medio de comunicación que defiende posturas reaccionarias o contrarias a los intereses de los más desposeídos. Esas interpretaciones superficiales son difundidas por personas o grupos que deberían reparar un poco en el tema. Porque a nadie se le ocurriría que la palabra hegemonía surgió del lenguaje popular. Comprender esto no forma parte de una pedantería intelectual sino de la necesidad de abrir un poco la cancha. Un texto interesante para reflexionar sobre esto es Los condenados de la Tierra, de Frantz Fanon. El libro apareció en 1961, casi un año antes de que Francia reconociera la independencia de Argelia, que ocurrió después de una guerra independentista a la cual las tropas de ocupación combatieron con una gran crueldad. Fanon, nacido en Martinico, colonia francesa, era un psiquiatra recibido en París después de haber sido voluntario en la resistencia francesa. Establecido en Argel, capital de Argelia, atendía a muchos de los oficiales colonialistas que le confiaban las torturas y los crímenes que perpetraban. Pero Fanon, al mismo tiempo, era un cuadro del Frente de Liberación Nacional de Argelia. La tensión en la que desarrollaba su vida, la necesidad de mantener el secreto sobre sus verdaderas convicciones, llevaron a Fanon a analizar con una profundidad descarnada la relación entre dominadores y dominados. De algún modo, se basó en lo que Hegel llamó la dialéctica del amo y el esclavo, y que está centrada en la conciencia que cada cual tiene sobre el lugar que ocupa en la sociedad. Hegel sostiene que la gran diferencia es que el amo tiene conciencia de quién es (tiene autoconciencia) mientras que el esclavo acepta el lugar de sometimiento y que en eso se sostiene y recrea el sistema feudal. Fanon se mete en los intersticios de la dominación cultural, el dominio militar, el régimen de terror y le añade su conocimiento directo de la vida en los hospitales psiquiátricos donde se atendía a soldados colonialistas perturbados. Fanon se mete en cómo se da ese proceso de autoconciencia de los dominados cuando irrumpe un proceso independentista y liberador. Una de sus observaciones, de una vigencia extraordinaria, es cómo los dominados se apropian del lenguaje de los dominadores. Se sumerge en una trama donde el intercambio de valores entre lo que en la guerra se llama bandos –blancos y negros– tiene matices y tiene apropiación e identificación de valores entre los sectores en pugna.
Fanon no relativiza la importancia del proceso liberador. Por el contrario, no quiere edulcorarlo, no quiere revestirlo de verdades al uso. Aceptó el desafío de poner toda la energía para contribuir al cambio sin renunciar a entender los complejos procesos culturales que van –en paralelo y con muchos vasos comunicantes– con los procesos políticos y económicos que ambicionan la ruptura de lazos con sistemas que pretenden naturalizar la desigualdad humana al mismo tiempo que entronizan la igualdad en las páginas de sus periódicos.

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