Llega la sintonía fina al fútbol

Año 5. Edición número 194. Domingo 5 de febrero de 2012
Todo pasa. Don julio está incómodo porque ahora tiene que compartir decisiones estratégicas del fútbol con el gobierno. (TELAM)
El Gobierno decidió tener con rienda corta los fondos que destina al fútbol. Una buena ocasión para reformular la función de los clubes del interior.

Julio Grondona no fue. Sin apariciones públicas desde el escándalo que desató la cámara oculta que su ex socio Carlos Ávila le tejió, dejó todo en manos de Hugo Kotz, el gerente financiero de la entidad. Sin Don Julio, fue una reunión entre bomberos que no quieren pisarse la manguera. “Una charla para ir acomodando los melones, nada más”, le confió a Miradas al Sur un alto dirigente presente este martes en Ezeiza. Es que al no estar el jefe, no se pueden dar grandes pasos. Eso sí. Se planteó la posibilidad de eliminar los descensos, cuestión que movió a risa a muchos de los presentes.

Corta. Si algo quedó claro es que “el Gobierno Nacional quiere tener con rienda corta el tema de la plata”. El acuerdo que el Ejecutivo hizo con la casa madre del fútbol argentino es claro: las entidades están obligadas a no tener deudas impositivas y sus cuentas deben estar saneadas. Más de uno tuvo una indigestión tras el frondoso asado que degustaron en Ezeiza, cuando los dirigentes más fieles y cercanos a Don Julio confirmaron la noticia. “Va a haber sanciones para los clubes que no cumplan con sus obligaciones. (…) La idea es que el que no cumpla esté inhabilitado en los dos libros de pases siguientes para incorporar”, dejó trascender esta semana Nicolás Russo, presidente de Lanús. Parece ser lo más fuerte de lo que pasó en la reunión. Pero es un amague, una sanción a medias, una suerte de cerrojo temporario para no poder gastar. Sería mejor pensar en sanciones deportivas, quita de puntos, por ejemplo.
Muchos de los presentes son los dirigentes que llevaron al descalabro a sus clubes firmando contratos que de antemano no se podían pagar, dándoles la llave de la puerta de entrada del club a los representantes, firmando acuerdos irrisorios para la televisación de los torneos, tercerizando la construcción de sus estadios en manos de los familiares y los mejores amigos del presidente de la AFA, los mismos que destruyeron las inferiores, que fomentaron las barras como fuerzas de choque del club. Lo que es cierto es que es muy difícil correrse de este tipo de comportamientos, cuando el accionar está fomentado de arriba abajo, es decir, cuando la AFA anima todos estos vicios durante un tiempo largo.

Cuentas claras. La AFA no está interesada en acomodar los números. Para la entidad, especialmente para su titular, es un problema que cualquiera ajeno a la familia del fútbol meta las narices para ver qué pasa con la plata que entra en las arcas de la calle Viamonte. Incluso fue uno de los inconvenientes que tuvo con Clarín y que llevó a la finalización del contrato en agosto de 2009: para el multimedio, los dirigentes se quedaban con el dinero que caía en los clubes; para la AFA, el dinero que recibía era poco en relación con todo lo que facturaba Clarín, sobre todo a través de Cablevisión. Los dos tenían razón.
Ahora es primordial que el Estado esté cerca de todos los movimientos. No solamente porque los que llegan a la AFA son fondos públicos, sino porque el dinero destinado al fútbol es más que suficiente para equilibrar los números.
Es válido que se intente poner el ojo en el fútbol profesional, pasar los contratos de dólares a pesos, revisar las cuestiones impositivas, económicas y contractuales, bajar las entradas de protocolo, como también se habló en Ezeiza. Pensando un panorama completamente alentador, los clubes podrían ponerse 0 a 0. Si se mira con atención, hay instituciones que lo lograron: Estudiantes, Vélez y Lanús son los ejemplos que siempre surgen. Serían clubes que –tal vez– dejarían de depender de la discrecionalidad de Grondona para realizar una obra, para cumplir con sus empleados, pagarles a sus jugadores, sanear sus deudas, presentes, pasadas y –por qué no– futuras. Se arribaría a un marco amparado por cierta lógica. Nada brillante: algo lógico.
Y hay que pensar en los hinchas. En un fútbol en el que el Estado es socio y aporta el dinero, los espectadores deberían contar con las mínimas condiciones para acudir a un estadio. Seguridad, higiene, accesos ágiles para llegar y para irse de las canchas, por ejemplo. Cuestiones básicas. El anunciado aumento de entradas no pinta un panorama muy alentador en este sentido.

Interior. En realidad, en estas reuniones solamente se sugieren cuestiones por lo bajo, porque el que decide para dónde va todo y la manera de negociarlo es Grondona. La diferencia es que antes lo hacía en soledad, ahora debe compartir y muñequear decisiones con el Gobierno, una cuestión que lo incomoda. Sin ir más lejos, una de las cuestiones que el Ejecutivo quiere es un torneo más federal. Los dirigentes que a la salida del predio dijeron que no existirían cambios hasta 2014 en los torneos saben que es probable que para el Apertura 2012 se tengan que sentar a tratar un cambio en el campeonato.
Pero, además, el Estado debe mirar más al fondo, poner la atención en cuál es el estado de los clubes que están aún más abajo que los cuestionados y en la órbita de la AFA. Si el deseo es replantear los lazos y la trama barrial como esencia de la reconstrucción social del país, desandar el camino de una sociedad igualitaria y justa, no se pueden dejar afuera los clubes de las ligas del interior que están en franca decadencia institucional.
Pero la intervención del Estado debe ir mucho más allá. El 80% de los jugadores que llegan a Primera pertenecen al interior del país. Provienen de instituciones en desfalco, subastadas y corroídas por el paso del tiempo, por la falta de participación de los socios de las épocas doradas y la ineptitud de los dirigentes actuales. Son lugares detenidos en el tiempo desde hace 20 años. Y la fecha no es casualidad. Eran clubes con equipos de fútbol seguidos por barriadas enteras, símbolos de la identidad de algunas ciudades, propietarios de epopeyas futboleras que consistían en ganar torneos regionales que los podían acercar al sueño de jugar algún torneo nacional. A partir de que el fútbol empezó a transmitirse en vivo se decretó la lenta desaparición de esos clubes. No había alternativa: ver al equipo del barrio o ver a Boca y a River en vivo, algo que sonaba a cuento en 1990. Luchar contra esa descentralización y devolverles el poder de acción a estos clubes (hay decenas y decenas en todos los pueblos del interior) es una manera inmejorable de fortalecer el deporte, que es lo mismo que fortalecer el desarrollo social.
A pesar de la decadencia, de esos clubes salieron muchos de los grandes cracks de estos últimos 20 años. Los que pasan por el fútbol grande de la Argentina y de ahí van sin escalas a Europa. Es imprescindible que la mano del Estado pueda llegar hasta allí, a través del Consejo Federal, presente en la reunión de la AFA. Son los clubes los verdaderos transmisores de valores a través del deporte de base, son lugares de contención y, como si fuera poco, son vitales para el desarrollo saludable de la gente. Eso debería tener la misma escala de prioridades que ordenar la corrupción y la desvergüenza de los clubes del fútbol.

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