Los camiones usados como amenaza

Año 5. Edición número 193. Domingo 29 de enero de 2012
Hugo y Pablo Moyano, con todo. el viernes ambos subieron la escalada de confrontación. (TELAM)
El viernes, tanto Hugo como Pablo Moyano sellaron con tonos y gestos muy duros otra semana de tensión en la relación con el Gobierno, que había dado sus propias señales de frialdad. Entre paritarias y liderazgo sindical.

Con el horizonte en disputa de las negociaciones paritarias, cuyo arranque fuerte se da en marzo, la semana que pasó no sólo no llevó calma a la relación entre el Gobierno y los sectores cegetistas cercanos a Hugo Moyano, sino que terminó en una escalada de nuevas tensiones. Si bien en los primeros días el Gobierno dio sus propias señales de frialdad, las últimas subas en el voltaje de las declaraciones, los gestos y las acciones provinieron primero de Pablo Moyano –quien amenazó con desconocer una conciliación obligatoria dispuesta por el ministerio de Trabajo y llenar la plaza de Mayo con camiones– e inmediatamente después por su padre, quien calificó de “chirolitas” a los funcionarios de gobierno, dijo que los días por venir no serán “tan buenos como los que hemos vivido” y reiteró que defenderá “con la firmeza suficiente” la capacidad de compra de los salarios en relación a la inflación que se percibe en los supermercados, y no la que mide el Indec.
Las alusiones de Hugo Moyano respecto del rol de los sindicatos defendiendo el poder de compra de los salarios no son las que sorprendieron. Pero sí, en cambio, las frases que dedicó a funcionarios de gobierno que no identificó: “No me interesa que algún funcionario salga a hablar algunas cosas. Ésos son los ‘che pibe’. Son los que le dicen lo que tienen que hacer y salen a decir cualquier cosa. Todos sabemos que ningún funcionario puede hacer ni siquiera una mueca jugando al truco si no se la autorizan”. Ninguna fuente cercana a Moyano había querido hablar con este diario durante el jueves. El viernes explicaban que no iban a hacerlo porque a las cinco de la tarde iba a hablar el secretario general de la CGT. No fue a las cinco, fue después, y Moyano no sólo que habló sino que habló fuerte: “Cuando algún periodista me pregunta sobre qué dijo tal o cual funcionario, yo digo que pegarle a ese funcionario es pegarle al muñeco del ventrílocuo, a Chirolita. ¿Para qué? Que digan lo que digan. A mí me interesa lo que digan los trabajadores”.
Para entonces ya se sabía que el heredero de Hugo Moyano en el sindicato de Camioneros, su hijo Pablo, se había retirado de las negociaciones abiertas por el ministerio de Trabajo, echando la culpa a los funcionarios. No al retirarse de la reunión, sino apenas entró, ya había advertido que “si no hay solución, habrá movilizaciones, paro de toda la actividad del correo, marcha a la Plaza de Mayo y a la Embajada de Italia denunciando que una empresa de origen italiano quiere precarizar los puestos de trabajo de 200 compañeros”. Según el Ministerio de Trabajo no sólo que los despedidos no son 200, sino 81, sino que el conflicto fue exacerbado por los camioneros. Como sea, la cartera laboral, una vez que los camioneros decidieron abrirse de las negociaciones, salió a explicar que la conciliación obligatoria sigue vigente. Por lo tanto, las acciones quedaron retrotraídas a la previa del conflicto: ni la empresa Correos del Sur (la que realmente contrataba a los camioneros, y no Camuzzi) puede concretar los despidos ni los camioneros realizar protestas o nuevas medidas de fuerza.
Los dirigentes camioneros salieron repitiendo amenazas ya anunciadas. Marcelo Aparicio, uno de ellos, explicó que su gremio no fue notificado oficialmente de la conciliación.

La previa. El conflicto sindical con origen en Chubut (y dura represión policial en Trelew) ya había resonado en Capital con las movilizaciones camioneras a la sede de Camuzzi Gas del Sur en Puerto Madero. Siguieron las advertencias de Pablo Moyano de llevar “treinta mil camiones a Plaza de Mayo”. Al mismo tiempo, dos ministros clave del gabinete, Florencio Randazzo y Carlos Tomada, volvieron a tomar distancia no necesariamente de las CGT pero sí de las actitudes de lo más duro del moyanismo. Randazzo aseguró –desautorizando de paso un anuncio de mediación de Daniel Scioli– que la renuncia de Hugo Moyano a sus puestos en el justicialismo es asunto del pasado. Tomada, quien habló de “un apriete, lisa y llanamente”, cuestionó no sólo la metodología empleada por el sindicato de camioneros sino también las razones mismas del conflicto sureño.
Durante los días que siguieron, hasta el viernes tarde, Hugo Moyano no hizo declaraciones públicas. El que sí habló en su lugar fue uno sus hombres de confianza, el taxista Omar Viviani, quien anticipó que su referente no estaba dispuesto a volver atrás en su decisión de dejar sus cargos tanto en el PJ nacional como el bonaerense. Cuando hizo ese anuncio en el discurso que pronunció en la cancha de Huracán, Moyano había expresado que el PJ se había convertido en “una cáscara vacía”, una metáfora que (el camionero lo sabe) podría aplicarse a muy extensos períodos de la historia del peronismo. Viviani agregó que sabía “positivamente” que Moyano le dio largas a Scioli respecto del ofrecimiento del gobernador bonaerense de mediar en el conflicto, pero que la decisión de la renuncia –que aún no cumplió con los pasos formales– estaba tomada. “Moyano me dijo: ‘Yo no vuelvo’”.
Fuera de esas aclaraciones, Viviani, en una entrevista que concedió en el programa de cable de Marcelo Longobardi, dio unas cuantas pistas pacificadoras respecto de la relación entre el Gobierno y la CGT. Entre otras frases apareció una clásica: “La sangre no va a llegar al río”. Pero los gestos y palabras de Pablo Moyano parecieron ir en sentido contrario y algo parecido sucedió cuando Randazzo dijo enfáticamente que quien renuncia a un puesto debe cumplir con lo dicho. Al día siguiente fue el vicegobernador bonaerense, Gabriel Mariotto, el que salió a decir en relación con la misma disputa que “en un proyecto colectivo como el de Cristina, el ego es el elemento que más atenta contra el conjunto”. Y por si faltaba robustecer o aclarar cuál era la postura más kirchnerista, el diputado Carlos Kunkel añadió, en referencia a la llamativa y fracasada mediación del gobernador bonaerense, que “si el presidente del PJ a nivel nacional, Daniel Scioli, tiene que tomar decisiones las tomará conversando con los que integramos el secretariado del PJ y no con su jefe de Gabinete”, en referencia a Alberto Pérez, quien fue el que había comunicado la iniciativa.

Matices de familia. Añadiendo más a este encadenamiento de declaraciones, hasta el secretario de Capacitación de la CGT, Juan Carlos Schmid, un hombre lúcido y prudente, alertó que “sería un gravísimo error de parte del Gobierno” intentar meterse en la interna sindical ya estallada respecto del futuro liderazgo de la CGT. Se sabe que alguna vez el gobierno miró hacia la figura de Gerardo Martínez y la desechó. Se supone que en estos meses también se manejó –y se mostró, entre otras fotos, con Julio De Vido y Gabriel Mariotto– al metalúrgico Antonio Caló. También asomó en otras tomas, más alguna vinculación con La Cámpora, el secretario general del Smata, Ricardo Pignanelli.
Visto a la distancia, el movimiento sindical, fuera del núcleo conducido por Hugo Moyano, muestra niveles de fragmentación y problemas de representación que a veces recuerdan déficits del mapa partidario. En ese magma cambiante los matices ingresan incluso en la esfera familiar: se sabe que Facundo Moyano suele adoptar un perfil más bien reflexivo, dialoguista, que apunta a la inclusión de los distintos sectores. Al contrario, Pablo Moyano suele apelar a las advertencias de tono explosivo.
En donde no hay diferencias importantes es en el modo de pararse ante el ciclo de paritarias que abrieron los obreros aceiteros, quienes obtuvieron un 24% de aumento salarial. Su sueldo mínimo pasa de 5.000 a 6.200 pesos. El 23 ó el 24%, pronunciado o no en voz alta, es más o menos el techo general al que aspiran los sindicalistas, moyanistas, gordos o de la CTA.

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