La caracterización histórica es lo que permite subrayar diferencias y, al mismo tiempo, explicar las coincidencias. Brasil tiene una historia política y económica diferente a la nuestra”, señala Mario Rapoport. La cuestión, analizada en detalle en Argentina-Brasil, de rivales a aliados–escrito en colaboración con Eduardo Madrid– aporta claves para comprender al principal socio de nuestro país. Licenciado en economía política en la Universidad de Buenos Aires y doctorado en historia en La Sorbona, Rapoport destaca que en la raíces del Brasil actual hay un imperio. Su percepción está lejos de una advertencia crítica: “A diferencia de las colonias españolas, que buscaron independizarse y registraron largas guerras civiles, en Brasil, hasta 1822 bajo la forma de una monarquía, y luego de 1889, cuando el país se convirtió en una república, se consolidó una burocracia que asumió un cierto designio imperial”.
–¿En qué se verificó ese designio?
–Ese aparato burocrático se reflejó a través de los años en muchas áreas del Estado. Esto llevó a Brasil a tener políticas internas y externas mucho más estables que las nuestras. La Argentina recién terminó de conformarse hacia 1880, con la campaña al desierto y la unificación de los poderes en la Ciudad de Buenos Aires.
–¿Desde el punto de vista económico, cuáles son las diferencias fundacionales?
–Ya en la época imperial, las elites brasileñas, lideradas por los terratenientes locales y los grandes comerciantes portugueses, mostraban una cierta autonomía. El país se desarrolló a través de ciclos productivos regionales que evolucionaron desde el norte hasta el sur, y que comprendieron el azúcar y el cacao, pasando por el café y la ganadería. Esto no ocurrió en nuestro país, donde lo fundamental de la producción se concentró en la Pampa Húmeda.
–¿Qué consecuencias trajeron estas diferencias?
–Que las estructuras de producción y ocupación sean diferentes. Las estancias brasileñas ocupaban mucha mano de obra y estaban ligadas a los ingenios que industrializaban la materia prima. La estancia pampeana, en cambio, producía con muy poca mano de obra. Cuando se produjo al pasaje de Brasil a una economía industrial, el país ya tenía un mercado interno que, además, se concentraba en las cercanías de ciudades como San Pablo y Río de Janeiro. Esto, sumado a la extensión territorial, facilitó la aparición de un sector industrial fuerte.
Un triángulo, dos soluciones. Los datos económicos y socioculturales señalan que hacia los años ’30, la Argentina había alcanzado un mayor desarrollo que Brasil. “Con relación a las miradas recíprocas, desde la Argentina había una cierta subestimación hacia Brasil. Las clases dominantes se creían superiores porque Argentina se había convertido en el principal exportador mundial de carne y uno de los primeros en granos. Brasil, en cambio, por su tipo de producción, era menos estable y estaba atado a las fluctuaciones de sus productos exportables, como el café y el azúcar”, puntualiza Rapoport.
–¿Cuándo comienza a cambiar la situación?
–A partir de la década del ’40, cuando la dirigencia argentina empieza a percibir a Brasil como un país importante.
–¿Por qué ese cambio?
–Porque la Argentina quedó entrampada en un triángulo con Estados Unidos y Gran Bretaña. Un problema que no podía resolver porque la economía estadounidense no era complementaria con la nuestra. De allí que ciertos sectores alentaran una salida por el lado de Brasil. De esos años son los primeros acuerdos de intercambio comercial, que se frustrarán con el inicio de la Segunda Guerra Mundial.
–También Brasil mantenía una relación triangular con Estados Unidos y Gran Bretaña…
–Sí, pero la resolvió a favor del primero. Fue así porque sus productos se colocaban en el mercado estadounidense.
–La Segunda Guerra Mundial suele señalarse como un punto de inflexión en los derroteros de Argentina y Brasil. ¿Es así?
–Veníamos de experiencias diferentes. No es casualidad que Brasil ingresara en la guerra como aliado de Estados Unidos y que nosotros mantuviéramos una neutralidad que, en la práctica, se revelaba como probritánica.
Quiebres y continuidades. Rapoport señala la importancia de reparar en los cambios institucionales y económicos que ocurridos en ambos países durante la década del ’30. En Brasil, se produjo la revolución, primero militar y luego política, que desembocó en las presidencias de Getulio Vargas. “Su llegada representó el quiebre del gobierno café con leche, como se conocía la alianza entre Río de Janeiro y Minas Gerais. Implicó la aparición de una nueva fuerza política. A través de diversas alianzas, Vargas impulsó una burguesía de fuerte contenido industrial. En este período, los cafetaleros comenzaron a transformarse en industriales”, explica Rapoport.
–¿El punto de partida de la actual burguesía nacional brasileña?
–Era una burguesía nacional con características particulares. El Estado Novo, obviamente, tuvo características dictatoriales, pero modificó las elites gobernantes.
–En la Argentina nada de eso ocurrió.
–En nuestro caso, la década del ’30 representa la vuelta de los grupos que habían abandonado el poder en 1916. Otros apellidos, pero las mismas ideas liberales, que debieron modificar contra sus convicciones por la difícil situación que atravesaba el comercio exterior. El control de cambios y las medidas proteccionistas, así como la creación del Banco Central y las juntas nacionales de carne y granos, tuvieron como principal objetivo proteger al sector agroexportador.
Punto de inflexión. Rapoport apunta que, para Estados Unidos, la posición geopolítica de Brasil siempre fue más importante que la Argentina por su inserción en el corazón de América del Sur. La decisión de Vargas de involucrarse en la Segunda Guerra Mundial, y el consecuente apoyo de Washington, rompieron el equilibrio estratégico en el Cono Sur. “Disparó la preocupación de los militares argentinos y se generalizó la percepción de que estábamos perdiendo ventajas estratégicas y económicas. Un elemento importante de esta etapa fue la construcción de la usina de Volta Redonda, que los brasileños enarbolaron como un triunfo del nacionalismo y nosotros interpretamos, en forma errónea, como la implantación por la fuerza de la industria estadounidense en Brasil”, destaca Rapoport.
–¿Qué significó en la práctica Volta Redonda?
–Le dio un impulso muy grande a la industria metalúrgica brasileña. De todos modos, la sintonía entre la Argentina y el Brasil mejoró con la llegada del peronismo y, en especial, hacia el ’54, durante la última presidencia de Vargas, cuando Perón intentó un acercamiento que no se concretó por las presiones internas que sufría Vargas.
–Hay una idea extendida que habla de Brasil como un brazo de Estados Unidos en el Cono Sur…
–Es una idea que debe ser revisada. Algo de eso hubo durante la presidencia del general Dutra, luego de que Vargas fuera obligado a renunciar a la posibilidad de un nuevo mandato, tras el gobierno que había encabezado entre 1937 y 1945. En realidad, luego de Dutra, los gobiernos brasileños fueron cada vez más antinorteamericanos. Kubitschek, Cuadros y, sobre todo, Goulart, eran considerados por Washington como gobiernos procomunistas.
–Vayamos a la década del ’70, al llamado milagro brasileño…
–Se dio con gobiernos militares que, mediante una política de salarios bajos, beneficios para los empresarios y grandes obras públicas produjeron una fuerte industrialización. En la Argentina, tras la caída del peronismo, la inestabilidad planteó problemas a la industrialización y el país perdió las ventajas relativas que exhibía con Brasil. Ya en los años ’60, el Producto Bruto de Brasil superaba al de Argentina.
Mercosur y después. El acercamiento definitivo llegó en la década del ’80, cuando se firmaron los protocolos de integración del Mercosur. “De lado argentino, el principal impulso fue el desastre que dejó la dictadura. En el caso de Brasil, un cierto estancamiento de su estructura productiva y el alejamiento paulatino de Estados Unidos. Además, tanto Argentina como Brasil habían quedado bastante aislados en el plano internacional”, explica Rapoport.
–Hubo un desvío de la hoja de ruta original…
–Los protocolos firmados por Alfonsín y Sarney son muy interesantes, porque la integración estaba concebida desde el punto de vista comercial, pero también industrial. Sin embargo, el único protocolo que quedó en pie es el automotor.
–¿Por qué?
–Porque el Mercosur se concretó durante los gobiernos de Menem y Collor de Mello, que adherían al Consenso de Washington. Por eso quedó reducido a una protección arancelaria. La idea original era el regionalismo abierto. La creación de una plataforma productiva que permitiera abrirse el mundo.
–Sin embargo, la relación bilateral creció…
–El incremento del flujo bilateral fijó el Mercosur en las agendas de Brasil y Argentina, pero no se avanzó en una verdadera integración productiva.
–¿Qué papel jugaron las crisis de Brasil en el ’98 y de Argentina en 2001?
–Fueron determinantes. Las llegadas de Lula da Silva y Néstor Kirchner, y de otros gobernantes, fueron la consecuencia del aprendizaje que hizo la región tras la década neoliberal. Esta nueva configuración fue el disparador de la alianza estratégica entre Buenos Aires y Brasilia. Hoy, Brasil, con todos sus problemas, es la sexta potencia mundial. Esto hace que Argentina lo considere un elemento esencial de su política exterior y que ambos empiecen a practicar políticas comunes frente al mundo en muchos aspectos, aunque no estén institucionalizadas.
–Sin embargo, a veces, Brasil juega su propio partido…
–Lo hace en las Naciones Unidas, donde busca un lugar en el Consejo de Seguridad, y en la Organización Mundial del Comercio, donde arma el Bric y luego busca consensuar con Estados Unidos y Europa. De todas maneras, tiene una estrategia muy clara. Hoy, por ejemplo, tiene más embajadas en África que Gran Bretaña. No es casual que muchos de los hacedores de su política exterior sean verdaderos intelectuales, como Pinheiro Guimaraes…
–¿Siendo un jugador global, en qué medida tiene voluntad de integrarse plenamente en el ámbito del Mercosur?
–La intención con nuestro país se percibe claramente. Hélio Jaguaribe ha dicho en muchas ocasiones que no se concibe el desarrollo de su país separado del nuestro. La idea de la alianza estratégica está. Deberíamos responder a esta intención, algo que no sé si en nuestro país se comprende bien en algunos círculos empresarios y políticos.
–Esto no implica que no exista competencia e intereses encontrados…
–Seguro. Brasil tiene su banca nacional de desarrollo y se resiste a la idea del Banco del Sur. También hay algunas diferencias con relación al rol de Venezuela y siempre habrá diferencias comerciales. A pesar de todo se avanzó. La Unasur es un ejemplo. Como en el caso de Francia y Alemania en Europa, Brasil y Argentina son los motores de la integración latinoamericana.
