Los sentidos del humor
En los últimos tiempos nos han acostumbrado a tomar como variable y termómetro de la sociedad, o de los habitantes de algún territorio del país, el llamado “humor social”. Sobre todo si por humor social se entiende una mezcla de bronca, indignación y, por utilizar el invento más en boga del siglo veintiuno, crispación. Súmense unos gramos de odio incierto, destinado a un sujeto entre morocho e inmigrante, y tendremos un cocktail bastante explosivo o al menos alarmante. La realidad a veces desmiente ese clima o al menos lo pone entre paréntesis. Tras los notables resultados de las elecciones primarias, comenzó a hablarse de una ola de voto feliz que, hay que decirlo, no quita que sobre la C iudad de Buenos Aires siga planeando la nube negra del mal humor. Pero se instaló la posibilidad de un clima de mayor bienestar, si bien atravesado por rachas de bronca y odio. Inclusive, cabe concebir a un sujeto optimista en el orden nacional pero sumamente amargado en el orden local: un sujeto, sí, cruzado, como por emoticones superpuestos.
El humor volvió a ser –lejos de un género popular que atravesó el teatro, el cine y la televisión– algo de índole fisiológica, glandular u hormonal, un arrebato maníaco depresivo que caracterizaría a la gente, sobre todo a los habitantes de las grandes ciudades. La primera comprobación (la que puedo hacer en mi hábitat de la Ciudad de Buenos Aires), es que ese mal humor realmente existe. Una densidad que se instala en la cola del Rapipago (más pago que rapi), en el taxi, el subte, la calle abarrotada de autos, etcétera. Es una densidad, una condensación que parece naturalizada frente a hechos cotidianos y nimios, pero en el arrebato exagerado que llega a la crispación, nos hace pensar cuánta gente de esa que anda por ahí estaría dispuesta a promover el crimen o la represión lisa y llana de cualquier desorden para que una cola camine más rápido o una calle se despeje. Por ahora, tiene el tono de la queja: el rezongo, la interjección breve y escéptica (el “je”), la cejita levantada, el “quevachaché”, el “esto no tiene arreglo”, el “qué frío de mierda” o “qué calor pegajoso”, el “no hay un mango en la calle” y otros porteñismos que parecen tenernos congelados en un mundo que no es el que estamos viendo por la ventanilla en esta misma ciudad. Un mundo en múltiples dimensiones que, si uno trata de capturar y comprender, te deja agotado, exhausto y nerviudo.
A la vez, y esto lo hemos visto reforzado en las últimas campañas electorales, apareció (o reapareció, mejor dicho) una vieja variante ochentosa: la buena onda. Amarilla, naranja o celestona, volvió la vieja y querida onda: no seas mala onda, buenas ondas para todos, relajados, planchaditos. Falta que se vuelva a hablar de los caracúlicos. Se entiende: todos han entendido la importancia de afirmar o contrarrestar el clima, algo que es flotante y cambiante, pero que siempre da un sustento a los relatos que se arman en los medios y luego se desparraman desde las pantallas de televisión, radios y diarios. Hemos entrado en la era de la batalla por el sentido del clima social, una nueva herramienta de la videopolítica.
Entre el mal humor y la buena onda, habría que preguntarse qué fue del liso y llano humor. Y ahora sí no me refiero tanto al “sentido del humor”, sino al humor como expresión cultural, género con raíces literarias y populares.
Hace pocas semanas, merced a Víctor Hugo Morales, accedimos a una muestra interesante y llamativa de humor popular político cuando, después de haberlos visto en YouTube, empezó a pasar en su programa los sketches de los cordobeses Max Delupi y Hugo Curletto, que así saltaron de la medianoche del canal 10 de su provincia a un canal de alcance nacional. La primera sorpresa es que existe humor político en TV. Y, para colmo, el gran tema del dúo es precisamente el “microclima”, el mal humor, esta vez encarnado por dos señoras paquetas y muy provincianas que encuentran en “La Yegua” la raíz de todos los males y los miedos de un sector social. Algo de Olmedo y Porcel, de Carlitos Perciavale y Enrique Pinti, late en ese tête à tête simpático y agudo. En un revival de Canal 9, se puede volver a ver No toca botón, con el ya legendario Alberto Olmedo, algo que no hace más que acentuar la nostalgiosa desaparición del formato de programa de humor en la televisión argentina.
Claro que se puede recurrir a YouTube, donde casi todo puede conseguirse como en botica, pero además donde se legitima ese carácter mitológico que suelen adquirir ciertas expresiones del humor argentino. No todo es bueno ni fino pero sí representativo. La Tota y la Porota, el “mundo Gasalla” de los ’80 con una cantidad de personajes que da vértigo, hasta las notable performances del último programa cómico clásico de la TV, Poné a Francella, en especial con su caracterización de Sambucetti, un oficinista olmediano si los hay. La desaparición del clásico programa cómico de la televisión es elocuente. Hablaban de un estilo que apelaba a la rutina y la confirmación por parte del público, que veía progresar un paso de comedia que terminaba en un remate sabido de antemano: “Éramos tan pobres”, “es que no me tienen fe”, “¡me van a enfermar!”.
Se suele hablar del fin de la raza de los capocómicos pero, en realidad, creo que se trató más bien de una especie de actores angustiados, que proyectaban una enorme hondura existencial mediante personajes patéticos, marginados, travestidos y antiheroicos. El mundo del espectáculo los tuvo como protagonistas destacados desde los años ’60 hasta fines de los ’90, pero hay una evidente extinción de las condiciones que los generaron y los mantuvieron en vigencia, aun en esos momentos en que pudieron parecer decadentes.
El sentido del humor siempre acompañó al porteño y al argentino en general como una sombra de dudosa intención. Siempre desconfié de la consolatoria frase “reírnos de nosotros mismos”. ¿A quién le gusta semejante ejercicio masoquista? Pero crecimos entre chistes, gastadas, apodos, bromas, adivinanzas, tomadas de pelo, chistes de Bazooka, bromas del día de los inocentes, historietas y, por fin, frases hechas de programas de humor, imitaciones y hombres tristes con peluca. Hoy, quizá, sea más apropiado sondear los sentidos del humor: una multiplicidad de humores, de registros y hasta de malos humores que impregnan nuestra vida cotidiana, nuestra relación con el prójimo y con la política.
Esos sentidos del humor, en medio de la ineludible ausencia de los cómicos irreverentes, contienen cifras de lo que somos, siempre buscando la paja en el ojo ajeno y tan poco dispuestos a reírnos de nosotros mismos, si eso implica alguna forma de la autocrítica. Pero quizás en la capacidad de un remate irónico y noctámbulo a una situación vivida una y mil veces, resida la posibilidad de redención. Un gesto final, un remate, una mueca de gracia y no de odio.
