Los tres mosqueteros de la pelota

Tristes tigres. El nuevo ciclo del trío dejó como saldo un quinto puesto en Sudáfrica y muchas acusaciones. (TELAM)
Grondona, Bilardo y Maradona son los ejes del fútbol argentino de las últimas décadas. Sin embargo, juntos en la Selección sólo duraron un año y medio. ¿Podía terminar diferente?

Hay momentos clave que hablan de las personas. A través de los hechos, claro. La salida de Diego Maradona del Seleccionado pintó de cuerpo entero tres personalidades, acaso las más importantes e influyentes de los últimos 25 años del fútbol argentino. Los tres acumularon, en medidas diferentes, dinero, fama, prestigio y poder. Fueron los artífices del título mundial de México ’86. Julio Grondona, el que sostuvo a Carlos Bilardo cuando el alfonsinismo lo quiso echar; Bilardo, el que le dio la capitanía a Maradona, a riesgo de que el grupo se le fuera de las manos; Maradona, el genio y el dueño de la epopeya.

El doc. Bilardo se hizo en una escuela de fútbol como la de Estudiantes, donde además de mamar el esfuerzo, aprendió a sacar ventaja de todo, hasta de lo más insignificante. Así, su actitud ventajera fue una marca registrada. Según contaron el mismo Maradona y José Basualdo fue el cuerpo técnico que Bilardo dirigía el que le puso un somnífero a Branco en Italia ’90, en el partido en el que Argentina enfrentó a Brasil. Dos años después, fue el mismo Bilardo que, desencajado, le decía a un ayudante en Sevilla que no atendiera a un contrincante que tenía la cabeza cortada (Albístegui, de La Coruña), y que lo atendiera a Maradona: “Al rival, Pisalo”. Meses después, según contó Maradona, le pidió salir en el entretiempo en un partido del Sevilla contra el Burgos en el Sánchez Pijuán. Antes de los 15 del segundo tiempo, lo reemplazó. “¡¡Ahora me sacás, para quemarme delante de toda la gente, la puta que te parió!!”, le dijo Diego al Narigón. Cuatro años más tarde, cuando dirigía a Boca, le quemó en la cara una camiseta al camerunés Alphonse Tchami, luego de haberla cambiado con Alberto Márcico, jugador de Gimnasia, que Bilardo había dejado libre en su llegada al club. Además, fue Bilardo el abanderado de una frase que define toda una época: “Lo único que importa es ganar”, y fueron sus periodistas quienes la difundieron con vehemencia, como si se tratara de una máxima mesiánica. Con estos antecedentes, fue elegido por el gobernador Daniel Scioli para llevar adelante la Secretaría de Deportes en diciembre de 2007, puesto que abandonó para ser el Director de Selecciones Nacionales, previo a postularse repetidamente como presidente de la AFA. Estaba a la derecha de Maradona en la conferencia en la que éste asumió, el 28 de octubre de 2008. Un periodista le preguntó a Diego: “¿Qué condición debe cumplir alguien para estar al lado tuyo en esta Selección?”. “Lealtad”, soltó el Diez. A su izquierda, estaba Grondona. El martes a la noche en su programa de Radio La Red, Bilardo salió del closet: “Maradona dijo que me pusieron a mí por si él fallaba. ¿Y vos te creés que voy a agarrar por cuatro pesos…¡No! (…) En el ’86, yo no dependí de Maradona, Maradona dependió de mí”, afirmó, entre otras cuestiones.

Don Julio. Grondona, el dueño de todo esto, siempre deja hacer, evita hasta último momento confrontar públicamente, sobre todo con una persona como Maradona, a quien aprecia y por el que está en el lugar que ocupa. Eso sí, no le importa nada cuando se trata de incrementar su verdadero patrimonio, el poder. En esa línea, se olvidó de que Diego hubiera dicho que hablaba “como un mafioso” y que tenía “una ferretería en la que no está claro si venden bulones o diamantes”, y que Bilardo estuviera armando su estrategia para arrebatarle el sillón de la calle Viamonte. Sabía que con la presencia de Diego posicionaba al Seleccionado y hacía olvidar la figura de Carlos Bianchi. Además, a pedido de uno de sus hijos, ponía en un puesto simbólico a Bilardo, por si el 10 se pinchaba. No hizo declaraciones altisonantes con Maradona en el cargo, solamente los reunió a todos antes del Mundial para pedirles armonía, cuando la situación era irremontable. Su estrategia lo perfila una vez más como un individuo que toma decisiones y deja que la situación decante. Cuando las cartas están echadas, opta por cirujía mayor. En este caso, como en muchos otros, el que carga con la responsabilidad no es él, es otro (Bilardo). Con la misma lógica, le vendió a precio vil a Torneos y Competencias los derechos del fútbol durante más de 20 años: “No había otro que los quisiera comprar cuando arrancamos”. Con la misma lógica se los sacó al holding del fútbol y a Clarín: “Pongan más plata que el Gobierno quiere estatizar, no me hagan responsable después”, les dijo dos meses antes. Dentro de esa lógica, se mueve como pez en el agua. Hace 31 años que ejerce ese poder, y tan mal no le fue.

El Diez. Diego, después de cometer varios errores, quedó como la víctima. Nunca estuvo preparado para el cargo. Nunca le interesó alguien que le acercara un consejo más allá de su círculo y cometió errores básicos desde el punto de vista futbolístico. Así y todo, pudo haber estado entre los semifinalistas de la Copa del Mundo y, por qué no, hasta haber salido campeón. Su año y medio fue el reflejo de su persona, un hombre que cursa su vida profesional a través de los medios y que envía mensajes constantes (Riquelme, por citar un caso). Que cuenta al aire que el equipo va a ser con “Masche y diez más”, “Masche, Jonás y diez más” o “Masche, Jonás, Messi y diez más”. O que anuncia sus comportamientos –“no sé si sigo”, como afirmó antes del anteúltimo partido de las Eliminatorias contra Perú–. O que decide tener la generosidad de regalarle fama y horas de aire a periodistas con un insulto. O que explica su táctica antes de empezar el Mundial, como lo hizo con Fernando Niembro. O que anticipa que no va a permitir que le toquen los ayudantes 24 horas antes por un programa de TV. Es decir, un sujeto que repite comportamientos equivocados a pesar de estar pisando los 50 y tener al menos 35 en los medios. Por supuesto que su figura semiabatida en la conferencia del pasado miércoles, despierta más piedad que las figuras de los otros actores de esta historia. Sólo que a veces resulta difícil de interpretar cómo redunda en repetir conductas que no le dan resultado.
Una de las cuestiones más llamativas es cómo Bilardo se decidió a enfrentarlo, aún cuando siempre estuvo atento para fogonear su peor parte. Sólo basta recordar aquella primera conferencia de prensa donde le pedía a los periodistas: “Peguen, peguen, están muy flu (sic)” o cómo lo fogoneó luego de la clasificación en el Estadio Centenario, frente a Uruguay: “Ahora que la chupen, Diego, que la chupen”. Uno de los cesanteados en el cuerpo técnico de Seleccionado argentino resumió así la simbiosis entre ambos: “Bilardo era para Maradona alguien que lo cargaba de tensión, que sacaba lo peor de él con su presencia, lo cargaba de ansiedad, una especie de araña pollito en una bañadera”.
Resulta complejo el concepto de lealtad que existe en el fútbol. Con Alfio Basile en el cargo y Sergio Batista en el banco, Maradona estuvo en los Juegos de Beijing 2008 muy pegado a Grondona. Cuando se sentó en el banco después de la salida del Coco , Batista creyó que ese puesto le correspondía. Cuando avanzó la eliminatoria, Maradona denunció la sombra amenazante de Bilardo, echó a Miguel Ángel Lemme, un entrenador de segunda línea pero fiel al Narigón, y pidió por Ruggeri, con el que estaba peleado hacía años. Según contó Ruggeri, Grondona le dio el sí para sumarse al cuerpo técnico, pero si lograba que Maradona se alejara de Alejandro Mancuso, enemigo de Bilardo. Finalmente, Maradona se alejó de la Selección y acusó de mentiroso a Grondona y de traidor a Bilardo. Y asumió Batista.
Un técnico obsesivo acusado de traidor por el que alguna vez calificó su mayor orgullo como entrenador; un dirigente de fútbol multimillonario y atiborrado de poder; un ex jugador inigualable y entrenador inexperto. Tres de los símbolos del deporte que más representa la cultura popular argentina. Eso, ¿hablará también de nosotros?.

Promedio: 4.5 (23 votos)
Seguinos en Twitter
Print preview icon

Otras notas

  • Apenas cinco meses y cinco días de vida tenía Juan Sebastián Verón cuando River Plate se quitaba de encima aquella otra mufa de su historia, que por 18 años le había negado la consagración. El ex club millonario se daba el lujo de tener en el banco al exquisito Alejandro Sabella y, casualmente, obtuvo ese campeonato del ’75 relegando al segundo lugar al Estudiantes de Juan Ramón Verón. Como la Bruja, Pachorra y la Brujita dejaron su marca en Estudiantes. Y en el fútbol argentino y en el inglés.

  • Parece que todavía falta para que pase una semana en la que no haya una contradicción o una desprolijidad en la AFA en referencia al seleccionado. Estos últimos días, la goleada ante España quedó sepultada rápidamente en la agenda informativa de los diarios, canales y programas de radios especializados. 48 horas después, el doctor Carlos Bilardo, un fabricante de tormentas, salió a apagar el entusiasmo del Checho Sergio Batista, quien prácticamente se imagina como DT de la Selección en la Copa América 2011 y en el Mundial de Brasil 2014.

  • Hay una línea, muy fina. Una suerte de límite que en el fútbol demarca la suerte, el futuro, los elogios y las críticas. Es determinante, lapidaria. No tiene vuelta atrás: es la línea de gol. Si la pelota logra pasar en toda su circunferencia la misma –así lo dice el reglamento, así lo dijo Macaya durante años– cambiará todo, fundamentalmente los parámetros con los que se miden los rendimientos de los jugadores y de los técnicos. Claro, casi nunca son parte de esa lógica los dirigentes.

  • Cuando en marzo de 1986, luego de haber soportado el arrebato destituyente del alfonsinismo contra Carlos Bilardo, Julio Grondona decidió sugerirle al técnico que desestimara la presencia de alguno de sus históricos (Miguel Ángel Russo, Sabella, Julián Camino), para reemplazarlos por nombres de su preferencia que no habían sido tenidos en cuenta por el Doctor (Carlos Tapia, Jorge Olarticoechea y Héctor Enrique) y que sí eran del gusto del presidente de la Asociación del Fútbol Argentino, quedó marcado un antecedente.

  • Diego Maradona: “Cuando se erran tantos goles se termina sufriendo. El triunfo da tranquilidad para el partido que viene, pero no podemos perdonar tanto.”

    Carlos Bilardo: “Merecimos ganar por más goles. Si analizás el partido, ellos no tuvieron grandes situaciones de gol y nosotros tuvimos un montón.”

    Juan Sebastián Verón: “El arquero de ellos hizo un gran partido. La jugada del gol era preparada por Diego. Justo en la primera salió. Lionel hizo un partido genial.”

  • Ya está. Se acabó. Dirían los viejos relatores: “Es la hora de la verdad”. Cuando Lionel Messi toque para Gonzalo Higuaín correrá algo más que la Jabulani, la pelota más ninguneada de todos los mundiales. Será un Mundial con Diego Maradona, no es un dato menor. En el ’82, terminó en fracaso con el plantel más extraordinario que se recuerde. Diego, Mario Kempes, Daniel Passarella, Ramón Díaz, Osvaldo Ardiles, Jorge Valdano, Ubaldo Matildo Fillol y sigue la lista. En México ’86 se transformó en el jugador más determinante en la historia de los mundiales para que un equipo fuera campeón.