Mameluco Villalba: una víctima de su propia campaña electoral
El 3 de abril de este año, mucho antes de que el caso Candela existiera, Mameluco Villalba jugaba un partido de fútbol. Era domingo y el cielo amenazaba con llover, pero no importaba: las cosas marchaban bien. Jorge Rodríguez, su segundo, había ido a comprar 33 kilos de marihuana a la Villa 21 de Barracas. Mameluco había monitoreado todo desde el lavadero de auto Estilo, en pleno centro de San Martín. Mientras sus empleados manguereaban autos, él surfeaba los negocios como un verdadero capo: estrechaba manos, daba órdenes estratégicas, ponía el dinero para solventar las operaciones y controlaba que todo funcionara bien. Pero la mayoría del tiempo estaba concentrado en su nueva obsesión: ser intendente de San Martín. Todavía no había logrado que nadie lo aceptara como candidato en su lista, pero tenía un acuerdo con un hombre de Rodríguez Saá para participar de la campaña presidencial. Y eso le parecía un avance.
Aquel domingo de abril, en lo mejor del partido uno de sus hombres se cruzó en medio de la cancha y pateó la pelota afuera. Mameluco salió al lateral, la tomó entre sus manos y quiso retomar el juego. El hombre que la había pateado se le paró delante.
–Jorge no aparece –dijo–. Y hay un auto raro dando vueltas.
Mameluco no dijo nada. Dejó la pelota en el suelo, se dio media vuelta y se perdió en los pasillos de la villa. Públicamente, no se volvió a saber de él hasta cuatro meses después, cuando fue detenido en la casa de una puntera política de la Villa 18. El 10 de agosto, un grupo de la Policía Federal y la Secretaria de Inteligencia tomó por asalto e l escondite. El hombre más buscado de la zona preparaba allí una reunión del comité de campaña. Los investigadores habían llegado hasta él con esa certeza: Mameluco estaba tan obsesionado con la campaña electoral, que aun prófugo de la Justicia se había quedado para seguirla.
Dos semanas después de que cayera preso, el país se conmovió con el secuestro de Candela Sol Rodríguez, la niña de once años que luego apareció muerta en un basural. Todas las pistas –las que la Justicia sigue y las que no– llevaban a San Martín, de donde son originalmente la familia de la nena asesinada y la mayoría de los acusados. Mameluco se tiró de cabeza al centro de la escena cuando dio una nota desde la prisión. Lo hizo poco después de que Héctor el Topo Moreira fuera señalado como el autor intelectual del asesinato. Conocido como buchón de la Bonaerense, el Topo era el candidato ideal a ser engarronado.
–Acá están mintiendo, porque no se cerró el círculo –dijo Mameluco desde el encierro–. Sé quién es cada uno y cada familia y conozco al Topo Moreira, pero nunca tuve relación con él.
Su intervención pública abrió nuevas hipótesis. Una de ellas decía que Moreira había aportado información para que el capo fuera detenido, y que luego había culpado a Laureiro Rodríguez, el padre de Candela, de haber sido el buchón. En los últimos días se deslizó otro dato que apunta a esa línea: el Topo aseguró que doce días antes de que desapareciera Candela, tuvo un encuentro con el superintendente de Investigaciones de la Bonaerense Roberto Castronuovo. Esa reunión, el Topo habría aportado datos sobre el paradero de Mameluco .
Si la reunión existió, no tuvo nada que ver con la detención. Al mismo tiempo que un hombre de la Bonaerense salía de las oficinas del Juzgado Federal de San Martín para repetir que Mameluco se movía entre Paraguay y una quinta del Gran Buenos Aires, un grupo de 50 hombres de la Policía Federal se preparaba para entrar a la casa de San Martín donde estaba escondido el narco. En los pasillos de los tribunales se repite una y otra vez que la investigación contra Villalba había llegado a buen término porque la Justicia había logrado hacer oídos sordos a la información que aportaba la policía de la provincia.
–La hermandad entre la Bonaerense y el narcotráfico –explicó una alta fuente del caso a Miradas al Sur – está muy consolidada. Por eso los sacamos de la investigación. Incluso cuando Mameluco estaba prófugo, por el juzgado pasaron varios hombres de la Bonaerense que nos decían que estaba en tal o cual lugar. Nosotros ya lo teníamos ubicado y estábamos esperando el momento justo para detenerlo, así que le decíamos a todo que sí y nos reíamos en silencio.
La dificultad para detenerlo tenía varios motivos. Cada vez que Mameluco llegaba a la Villa 18, a su alrededor se montaba un operativo de protección. Cuatro motos con dos hombres armados cada una rondaban la manzana y corrían a punta de pistola a cualquier persona extraña. En la puerta de la casa donde entraba el capo estacionaban un micro escolar naranja para tapar los movimientos, y en la puerta de la casa, haga frío o calor, se instalaban varias mujeres con sus hijos que no se movían de ahí en todo el día. La casa, donde vívía una puntera política, estaba conectada con al menos otros tres ranchos. Y adentro de la Villa los investigadores no tenían ningún tipo de contacto: solo lograron empezar a seguir los movimientos de su entorno con una antena que intercepta comunicaciones a distancia.
Mameluco era cuidadoso con las llamadas. Casi nunca hablaba por teléfono y todo su entorno se refería a él con apodos como Tío o Padrino. Su hijo –hoy prófugo– y su hermano –hoy detenido– tampoco solían conversar de asuntos laborales si no era cara a cara. Pero a medida que el círculo se hacía más amplio, las voces eran más relajadas: los empleados, la ex mujer con la que tenía un hijo, su anfitriona, todos tenían algo que decir.
Toda la causa que lo llevó tras las rejas está basada en escuchas telefónicas. La historia comenzó en 2010, y vale la pena conocerla.
La escucha. El tribunal que condenó a Mameluco a doce años de prisión en 2004 ordenó profundizar varias pistas que surgieron de aquel juicio. Los jueces querían saber si el hombre fuerte de San Martín actuaba bajo un paraguas de protección policial, si tenía propiedades y si, como era vox pópuli, manejaba sus negocios desde el encierro. La causa no prosperó hasta que sacaron a la Bonaerense del caso.
En diciembre del año pasado, en el entorno de Mameluco hubo cambios. Jorge Rodríguez, un ex compañero de celda que estaba encargado de un negocio llamado Remisería Mameluco en la entrada de la Villa 18, dejó su puesto allí y pasó a trabajar en el Lavadero Estilo, también del mismo dueño.
En la remisería se solían recibir llamadas como esta:
–Traeme una bolsa de veinte. Yo te pago el viaje y la bolsa en casa. Dale, así no tengo que ir y venir.
Para los compradores, la remiseria era la única entrada segura al barrio. La mayoría de los viajes eran hasta un despacho de bebidas abierto las 24 horas atendido por una mujer y su hija. A fines de 2010, cuando Jorge dejó su puesto allí, lo vivió como un ascenso: sintió que se convertía en la mano derecha del capo.
Más o menos para esa época, empezó a viajar a Ezeiza, donde Mameluco tenía una de sus casas. Jorge intentaba cuidarse por teléfono, pero no lo logró: incluso con su hija hablaba de los encargos de su patrón, de la cantidad de trabajo que tenía ahora. Mameluco se metía cada vez más en la campaña electoral –había logrado un acuerdo con Alberto Batata Apolonio, un ex barra de Chacarita devenido en dirigente político– y Jorge actuaba como su secretario personal en los temas ligados al narcotráfico.
A mediados de diciembre, un hombre llamado Dino lo llamó al celular.
–Tengo algo recién llegado, bien fresco –le dijo.
A veces. Jorge hablaba desde la casa. Desde allí llamó a un tal Carlitos, que le avisó de un posible allanamiento. Jorge no le dio importancia. Siguió comunicándose con Dino sobre el posible encuentro con Mameluco y de cómo iban a “fijar el precio de la sustancia”.
A principios de año Dino viajó a Paraguay, cruzó la frontera por Encarnación y volvió. En algunas conversaciones hablaba en Guaraní, mezclando palabras en castellano: dinero, policía, avión, piloto, villa.
Los investigadores lograron descifrar lo que decía. Su objetivo era llevar un camión cargado con droga desde la frontera con Paraguay hasta la Villa 21, donde vivía. A través de unos amigos militares, su hermano había conseguido una línea para comprar directamente en un campo paraguayo. Su obsesión era reunir dinero para traerlo.
En febrero, Jorge le encargó a Dino 33 kilos de marihuana.
–Lo que hay –le avisó el otro- es feo y caro.
–Bueno –respondió Jorge-. Vos sabés que nosotros tenemos una reputación que mantener. Fijate como hacés.
Las conversaciones para concretar el encargo fueron largas: duraron hasta abril.
–Disculpá que no te pude llevar los 33 compact antes- dijo Dino una tarde de marzo.
–Te estamos esperando. Estoy en el lavadero con mi amigo –respondió Jorge.
Amigo, padrino, tio. Mameluco .
El viernes 1 de abril, Jorge, Dino y Mameluco se reunieron en el lavadero. El sábado, Jorge fue hasta la casa de Mameluco en Ezeiza. Antes llamó a Dino para avisarle que estaba por ir a buscar el dinero.
El domingo a la mañana fue a la casa de Dino, en Villa 21. Los policías registraron todo: la conversación entre los dos hombres, como cargaban la caja en el auto de Jorge, la despedida. Lo dejaron avanzar, moverse, sentirse a salvo. Luego, lo detuvieron.
Unos minutos más tarde, Mameluco supo que sus planes electorales quedarían truncos. Y Dino, que su sueño de traer un camión lleno de marihuana desde Paraguay quedaría aplazado: antes de irse, alcanzó a llamar a su mujer y decirle que agarre una bolsa con dinero que estaba escondida en el techo. No sabía que lo estaban escuchando.
En su declaración, Jorge intentó desvincular a Mameluco . Éste no le devolvió el favor: aunque con argumentos que nadie creyó, dijo que él no sabía nada, y que Jorge lo había usado para tener chapa. Que a él todos lo usaban porque era famoso, porque tenía un cartel en la espalda. Algo que luego volvería a repetir cuando los rumores lo pusieron en el centro del torbellino mediático que desató la muerte de Candela.
