Mameluco Villalba: una víctima de su propia campaña electoral

Año 4. Edición número 179. Domingo 23 de octubre de 2011
Mameluco. Soñó con ser intendente de San Martín. Ahora está en la carcel y una vez más enfrenta cargos por narcotráfico. (JUAN ULRICH)
Soñaba con ser intendente de San Martín. Siguió en campaña a pesar de estar prófugo. Ahora, desde la cárcel, intenta meter una cuña en el caso Candela. Cómo cayó el narco que quiso ser un Pablo Escobar de cabotaje.

El 3 de abril de este año, mucho antes de que el caso Candela existiera, Mameluco Villalba jugaba un partido de fútbol. Era domingo y el cielo amenazaba con llover, pero no importaba: las cosas marchaban bien. Jorge Rodríguez, su segundo, había ido a comprar 33 kilos de marihuana a la Villa 21 de Barracas. Mameluco había monitoreado todo desde el lavadero de auto Estilo, en pleno centro de San Martín. Mientras sus empleados manguereaban autos, él surfeaba los negocios como un verdadero capo: estrechaba manos, daba órdenes estratégicas, ponía el dinero para solventar las operaciones y controlaba que todo funcionara bien. Pero la mayoría del tiempo estaba concentrado en su nueva obsesión: ser intendente de San Martín. Todavía no había logrado que nadie lo aceptara como candidato en su lista, pero tenía un acuerdo con un hombre de Rodríguez Saá para participar de la campaña presidencial. Y eso le parecía un avance.
Aquel domingo de abril, en lo mejor del partido uno de sus hombres se cruzó en medio de la cancha y pateó la pelota afuera. Mameluco salió al lateral, la tomó entre sus manos y quiso retomar el juego. El hombre que la había pateado se le paró delante.
–Jorge no aparece –dijo–. Y hay un auto raro dando vueltas.
Mameluco no dijo nada. Dejó la pelota en el suelo, se dio media vuelta y se perdió en los pasillos de la villa. Públicamente, no se volvió a saber de él hasta cuatro meses después, cuando fue detenido en la casa de una puntera política de la Villa 18. El 10 de agosto, un grupo de la Policía Federal y la Secretaria de Inteligencia tomó por asalto e l escondite. El hombre más buscado de la zona preparaba allí una reunión del comité de campaña. Los investigadores habían llegado hasta él con esa certeza: Mameluco estaba tan obsesionado con la campaña electoral, que aun prófugo de la Justicia se había quedado para seguirla.
Dos semanas después de que cayera preso, el país se conmovió con el secuestro de Candela Sol Rodríguez, la niña de once años que luego apareció muerta en un basural. Todas las pistas –las que la Justicia sigue y las que no– llevaban a San Martín, de donde son originalmente la familia de la nena asesinada y la mayoría de los acusados. Mameluco se tiró de cabeza al centro de la escena cuando dio una nota desde la prisión. Lo hizo poco después de que Héctor el Topo Moreira fuera señalado como el autor intelectual del asesinato. Conocido como buchón de la Bonaerense, el Topo era el candidato ideal a ser engarronado.
–Acá están mintiendo, porque no se cerró el círculo –dijo Mameluco desde el encierro–. Sé quién es cada uno y cada familia y conozco al Topo Moreira, pero nunca tuve relación con él.
Su intervención pública abrió nuevas hipótesis. Una de ellas decía que Moreira había aportado información para que el capo fuera detenido, y que luego había culpado a Laureiro Rodríguez, el padre de Candela, de haber sido el buchón. En los últimos días se deslizó otro dato que apunta a esa línea: el Topo aseguró que doce días antes de que desapareciera Candela, tuvo un encuentro con el superintendente de Investigaciones de la Bonaerense Roberto Castronuovo. Esa reunión, el Topo habría aportado datos sobre el paradero de Mameluco .
Si la reunión existió, no tuvo nada que ver con la detención. Al mismo tiempo que un hombre de la Bonaerense salía de las oficinas del Juzgado Federal de San Martín para repetir que Mameluco se movía entre Paraguay y una quinta del Gran Buenos Aires, un grupo de 50 hombres de la Policía Federal se preparaba para entrar a la casa de San Martín donde estaba escondido el narco. En los pasillos de los tribunales se repite una y otra vez que la investigación contra Villalba había llegado a buen término porque la Justicia había logrado hacer oídos sordos a la información que aportaba la policía de la provincia.
–La hermandad entre la Bonaerense y el narcotráfico –explicó una alta fuente del caso a Miradas al Sur – está muy consolidada. Por eso los sacamos de la investigación. Incluso cuando Mameluco estaba prófugo, por el juzgado pasaron varios hombres de la Bonaerense que nos decían que estaba en tal o cual lugar. Nosotros ya lo teníamos ubicado y estábamos esperando el momento justo para detenerlo, así que le decíamos a todo que sí y nos reíamos en silencio.
La dificultad para detenerlo tenía varios motivos. Cada vez que Mameluco llegaba a la Villa 18, a su alrededor se montaba un operativo de protección. Cuatro motos con dos hombres armados cada una rondaban la manzana y corrían a punta de pistola a cualquier persona extraña. En la puerta de la casa donde entraba el capo estacionaban un micro escolar naranja para tapar los movimientos, y en la puerta de la casa, haga frío o calor, se instalaban varias mujeres con sus hijos que no se movían de ahí en todo el día. La casa, donde vívía una puntera política, estaba conectada con al menos otros tres ranchos. Y adentro de la Villa los investigadores no tenían ningún tipo de contacto: solo lograron empezar a seguir los movimientos de su entorno con una antena que intercepta comunicaciones a distancia.
Mameluco era cuidadoso con las llamadas. Casi nunca hablaba por teléfono y todo su entorno se refería a él con apodos como Tío o Padrino. Su hijo –hoy prófugo– y su hermano –hoy detenido– tampoco solían conversar de asuntos laborales si no era cara a cara. Pero a medida que el círculo se hacía más amplio, las voces eran más relajadas: los empleados, la ex mujer con la que tenía un hijo, su anfitriona, todos tenían algo que decir.
Toda la causa que lo llevó tras las rejas está basada en escuchas telefónicas. La historia comenzó en 2010, y vale la pena conocerla.

La escucha. El tribunal que condenó a Mameluco a doce años de prisión en 2004 ordenó profundizar varias pistas que surgieron de aquel juicio. Los jueces querían saber si el hombre fuerte de San Martín actuaba bajo un paraguas de protección policial, si tenía propiedades y si, como era vox pópuli, manejaba sus negocios desde el encierro. La causa no prosperó hasta que sacaron a la Bonaerense del caso.
En diciembre del año pasado, en el entorno de Mameluco hubo cambios. Jorge Rodríguez, un ex compañero de celda que estaba encargado de un negocio llamado Remisería Mameluco en la entrada de la Villa 18, dejó su puesto allí y pasó a trabajar en el Lavadero Estilo, también del mismo dueño.
En la remisería se solían recibir llamadas como esta:
–Traeme una bolsa de veinte. Yo te pago el viaje y la bolsa en casa. Dale, así no tengo que ir y venir.
Para los compradores, la remiseria era la única entrada segura al barrio. La mayoría de los viajes eran hasta un despacho de bebidas abierto las 24 horas atendido por una mujer y su hija. A fines de 2010, cuando Jorge dejó su puesto allí, lo vivió como un ascenso: sintió que se convertía en la mano derecha del capo.
Más o menos para esa época, empezó a viajar a Ezeiza, donde Mameluco tenía una de sus casas. Jorge intentaba cuidarse por teléfono, pero no lo logró: incluso con su hija hablaba de los encargos de su patrón, de la cantidad de trabajo que tenía ahora. Mameluco se metía cada vez más en la campaña electoral –había logrado un acuerdo con Alberto Batata Apolonio, un ex barra de Chacarita devenido en dirigente político– y Jorge actuaba como su secretario personal en los temas ligados al narcotráfico.
A mediados de diciembre, un hombre llamado Dino lo llamó al celular.
–Tengo algo recién llegado, bien fresco –le dijo.
A veces. Jorge hablaba desde la casa. Desde allí llamó a un tal Carlitos, que le avisó de un posible allanamiento. Jorge no le dio importancia. Siguió comunicándose con Dino sobre el posible encuentro con Mameluco y de cómo iban a “fijar el precio de la sustancia”.
A principios de año Dino viajó a Paraguay, cruzó la frontera por Encarnación y volvió. En algunas conversaciones hablaba en Guaraní, mezclando palabras en castellano: dinero, policía, avión, piloto, villa.
Los investigadores lograron descifrar lo que decía. Su objetivo era llevar un camión cargado con droga desde la frontera con Paraguay hasta la Villa 21, donde vivía. A través de unos amigos militares, su hermano había conseguido una línea para comprar directamente en un campo paraguayo. Su obsesión era reunir dinero para traerlo.
En febrero, Jorge le encargó a Dino 33 kilos de marihuana.
–Lo que hay –le avisó el otro- es feo y caro.
–Bueno –respondió Jorge-. Vos sabés que nosotros tenemos una reputación que mantener. Fijate como hacés.
Las conversaciones para concretar el encargo fueron largas: duraron hasta abril.
–Disculpá que no te pude llevar los 33 compact antes- dijo Dino una tarde de marzo.
–Te estamos esperando. Estoy en el lavadero con mi amigo –respondió Jorge.
Amigo, padrino, tio. Mameluco .
El viernes 1 de abril, Jorge, Dino y Mameluco se reunieron en el lavadero. El sábado, Jorge fue hasta la casa de Mameluco en Ezeiza. Antes llamó a Dino para avisarle que estaba por ir a buscar el dinero.
El domingo a la mañana fue a la casa de Dino, en Villa 21. Los policías registraron todo: la conversación entre los dos hombres, como cargaban la caja en el auto de Jorge, la despedida. Lo dejaron avanzar, moverse, sentirse a salvo. Luego, lo detuvieron.
Unos minutos más tarde, Mameluco supo que sus planes electorales quedarían truncos. Y Dino, que su sueño de traer un camión lleno de marihuana desde Paraguay quedaría aplazado: antes de irse, alcanzó a llamar a su mujer y decirle que agarre una bolsa con dinero que estaba escondida en el techo. No sabía que lo estaban escuchando.
En su declaración, Jorge intentó desvincular a Mameluco . Éste no le devolvió el favor: aunque con argumentos que nadie creyó, dijo que él no sabía nada, y que Jorge lo había usado para tener chapa. Que a él todos lo usaban porque era famoso, porque tenía un cartel en la espalda. Algo que luego volvería a repetir cuando los rumores lo pusieron en el centro del torbellino mediático que desató la muerte de Candela.

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  • El miércoles, una mujer de pelo decolorado con agua oxigenada caminaba por las calles de José León Suárez, en el partido de San Martín. En una de las manos llevaba a su nieto, un chico de cuatro años disfrazado de Buzz Lightyear, el muñeco de Toy Story. En la otra tenía la bolsa de hacer las compras.
    –¿Viste? –le dijo una mujer en la fila de la verdulería–. Lo interrogaron al tío por el caso Candela.
    –Pobre –respondió la rubia–. Si él con chicos no se mete. ¡Tiene un corazón!
    –Claro –agregó la primera. El tío los conoce a todos, pero su gente no tuvo nada que ver.

  • Miguel Ángel Mameluco Villalba viste pantalón negro, zapatos de cuero y camisa blanca sin corbata. En el cuello lleva un colgante con un caballo. Una pulserita roja contra la envidia y anillos de oro. Hoy no atiende su lavadero de autos Estilo, en pleno centro de San Martín. “Tengo que ir a un par de reuniones, estoy de un lado para el otro”, explica.
    Mameluco consumió, vendió droga y robó en el partido del noroeste. Ahora se presenta como intendente para el 2011. El domingo lanzará su candidatura con un acto en el Polideportivo San Andrés.

  • Venganza no convencional. Así calificó el fiscal Marcelo Tavolaro a los motivos que llevaron a un grupo de delincuentes a asesinar a la niña Candela Sol Rodríguez. En su pedido de procesamiento, el funcionario asegura que el supuesto autor material –Hugo Bermúdez– la habría asfixiado con sus manos por tratarse de un “psicópata sexual con preferencias a someter a sus juegos sexuales a menores de edad cautivándolos con provisión de ropas y drogas”.

  • En los pasillos del Ministerio de Justicia y Seguridad platense es un secreto a voces que a su titular, Ricardo Casal, el caso Candela –junto con el reciente arresto del jefe distrital de San Isidro, comisario Raúl Papa– lo tiene a mal dormir. Es que, en su origen, la pesquisa tuvo un parto desafortunado: haber cifrado la búsqueda en una “operación controlada”, tal como se le llama al monitoreo de un delito en pleno desarrollo. Semejante estilo de trabajo hasta habría incluido una negociación secreta con los captores, para así hallar a la niña sana y salva. Ya se sabe que ello no ocurrió.

  • Tiene un largo currículum. Antiguo barra de Boca Juniors, empresario de la noche y ex guardaespaldas de Luis Barrionuevo. Jorge Lemos es uno de los candidatos a intendente del partido de San Miguel y está desaparecido desde el fin de semana pasado. El dirigente peronista de 34 años iba a participar en un acto político el domingo, pero jamás llegó.

  • El viernes pasado a la noche, varios patrulleros entraron a Villa La Tranquila, en el partido de San Martín. Casi al mismo tiempo, otros hacían lo mismo en La Cárcova, La 18, Catanga, Corea y 8 de Julio, todos barrios humildes del mismo partido.
    –Es por el caso Candela –decían los hombres de azul si alguien preguntaba.