Martins: historia de un emprendedor

Año 5. Edición número 193. Domingo 29 de enero de 2012
Enamorados. Martins y su media naranja, Estela Percival, en una noche de Cancún.
El ex agente de la Side Raúl Martins se convirtió en el proxeneta top de la temporada. Las denuncias en su contra hacen temblar a funcionarios y policías. Más detalles de su paso por las catacumbas del terrorismo de Estado.

Debido al cariz de los acontecimientos, el ya célebre proxeneta Raúl Martins Coggiola pasó el primer mes de 2012 recluido en su hogar, un lujoso piso del condominio Mar al Lago, situado en la zona hotelera de Cancún. Sin embargo su voz aflautada no ha dejado de hacerse oír. “Jamás cederé al chantaje de mis hijos”, proclamó días antes a un reportero del periódico local Quequi. Ahora, esas siete palabras encabezaban la edición del 26 de enero, que él tenía ante sus ojos. Sobre la mesa, junto al desayuno, resaltaba la tapa del diario El Universal con el título: “Ex agente argentino rechaza encabezar red de trata”. La nota resumía respuestas suyas a una radio de Quintana Roo. Sentada a su izquierda, una mujer aún joven, de porte robusto, las leía de soslayo. Se trataba de Estela Noemí Percival, su pareja y brazo derecho. La irrupción de un morocho con guayabera, cuyo faldón no disimulaba una pistola en la cintura, quebró la quietud. Era su asistente. Éste le extendió un celular. En el otro lado de la línea estaba su abogado de cabecera, Teodoro Álvarez, quien, por cierto, no tenía buenas nuevas para darle. Martins lo atendió contemplando el Caribe a través del ventanal. El sol sobre sus cejas lampiñas le daba un aire de reptil.
El letrado describió un difícil horizonte. En resumidas cuentas, la Procuraduría General de la República (PGR) de México tomaría en la próxima semana el testimonio de su hija, Lorena Martins –con el patrocinio de la diputada Rosi Orozco, titular de la Comisión contra la Trata del Parlamento azteca, y otras 47 organizaciones no gubernamentales–, lo cual podrá derivar en una causa penal. En Argentina, mientras tanto, la ministra de Seguridad, Nilda Garré, acababa de entregar al procurador de la Nación, Esteban Righi, una copia de la declaración efectuada ante ella por su primogénita y las pruebas que aportó –documentos, grabaciones y agendas– sobre su imperio prostibulario.
El doctor Álvarez concluyó su exposición con una frase de consuelo. La respuesta de Martins fue el silencio. No siempre ese hombre había sido tan introvertido.

El agente confidencial. Hubo un tiempo remoto en que Martins también era otro: Aristóbulo Manghi. Tal era su nombre de cobertura en la Side. Tenía 27 años y un espíritu locuaz, al que solía dar rienda suelta entre los parroquianos de Angelo’s, un pequeño bar en la esquina de Santa Fe y Laprida. Allí –según un testigo de aquellos días– decía dar clases de Historia en un secundario. Y provenir de una familia acomodada, de la cual –se jactaba– hasta heredaría una pequeña estancia. Pero, en más de una ocasión, entonado por alguna copa, terminaba por revelar su verdadero oficio.
Nadie sabe con exactitud por qué el único hijo de doña Cledi Precilla Coggiola, una madre severa y sobreprotectora, se enroló en el organismo de la calle 25 de Mayo. Lo cierto es que su solicitud de ingreso, recomendada por un teniente coronel amigo de la familia, fue presentada a fines de 1973. Meses más tarde –según constató Miradas al Sur en un archivo oficial– salió su “nombramiento condicional” con categoría C-C33 IN 14, que en buen romance significa “agente secreto” con funciones operativas. Y fue destinado a la Base Bilinghurst.
Lo cierto es que, como hombre de acción, lo suyo fue de baja intensidad. Las primeras tareas del hombrecillo que ahora se presentaba como Aristóbulo Manghi fueron sacar fotos de militantes en actos y marchas, durante los días previos al golpe de 1976. A partir de entonces, se dedicó al seguimiento de posibles “blancos de la lucha antisubversivas”. De ese modo se hizo diestro en el arte del ovejeo y la capacha, tal como en la jerga represiva se denominaba a los dispositivos de vigilancia sobre las futuras víctimas. Cabe recordar que el personal de la Base Billinghurst tenía bajo su control el centro clandestino de detención Automotores Orletti, nada menos que la filial vernácula del Plan Cóndor. Allí –así como anticipó este dominical en su edición del 22 de enero–, el tal Aristóbulo hizo amistad con dos celebridades del terorismo de Estado: Eduardo Ruffo y Aníbal Gordon. Al primero, incluso, lo presentó en una ocasión a sus contertulios de Angelo’s. En 1983, a poco de concluir la dictadura, Martins dejó de frecuentar ese bar.
Manghi volvió a ser Martins en 1987, al renunciar a la central de espías. De allí, no obstante, prolongaría ciertos vínculos a través de los años. De hecho, Marcelo Gordon, hijo dilecto del ya fallecido Aníbal, es aún hoy uno de sus culatas predilectos. A su vez, el abogado Álvarez acostumbra a ufanarse de haber defendido a su afamado padre. Y el Lauchón –apodo del hombre acusado por Lorena de haber querido limpiarla hace unos meses por cuenta de papá– en la actualidad cumpliría funciones en la sección de Contrainteligencia de dicho organismo. Otros integrantes de su planta permanente –según Lorena– suelen ocuparse de detectar si los teléfonos del jefe están intervenidos, además de pinchar los de sus enemigos.
Quizás algunos de ellos participaran del ataque inconcluso al domicilio en San Isidro de la señorita Martins, enviados –de acuerdo con la denuncia– justamente por el Lauchón. Al ser luego increpado por ella, dado que lo conoce desde niña, sólo atinó a esgrimir la siguiente justificación: “No sabía que estabas vos ahí”.
No se sabe con exactitud cómo el único vástago de doña Cledi pasó de fisgón profesional a convertirse en El Yabrán de la Prostitución, como a él le agrada que lo llamen. Hay quienes, incluso, creen que en semejante emprendimiento pudo haber plata negra del aparato represivo de la dictadura. Lo cierto es que aquel hombre alternó esas circunstancias impartiendo clases de Historia e Instrucción Cívica en un colegio católico, del cual su abuelo había sido rector. Dicen que se dedicó a la docencia con sumo fervor, al punto de que en una oportunidad llevó al joven secretario de un juzgado correccional para dar a sus alumnos una clase sobre adicciones; su nombre, Norberto Oyarbide. Todo indica que ambos se conocían de otros claustros más festivos.

El señor de los sobornos. El azar jurídico quiso que la denuncia de Lorena girara precisamente hacia el despacho de Oyarbide. Éste dio vista del asunto al fiscal antes de partir con su novio a un exclusivo resort de República Dominicana.
Mauricio Macri, en cambio, quedó engranpado en el caso por su desafortunada visita al Mix Sky Lounge, el lupanar insignia de Martins en Cancún, para brindar con su encargado, Gabriel Conde. Recién a tres semanas de trascender aquella velada, el alcalde porteño esgrimió la siguiente explicación: “Parecía un boliche normal. No percibí nada raro. Eso sí, no era muy lindo”. No obstante, su paso por la Riviera Maya dejó al desnudo la presunta existencia de aportes económicos para el PRO y sobornos al Gobierno de la Ciudad con fondos de don Raúl.
Pero la tormenta también sacudió a otros ámbitos. Tanto es así que los titulares de las comisarías 19ª, 38ª y 5aª de la Federal –Gerardo Fabian Galli, Carlos Grandall y Edgardo Bragoni– suspendieron de manera súbita sus comunicaciones con el estado mayor de Martins en Argentina, encabezado por la tesorera (y madre de Estela Noemí Parcival), Virginia Solís, su otra hija, Natalia, el jefe de seguridad de la organización (y hermano de Virginia), el oficial en actividad de la Bonaerense, Alberto Solís, y el gerente general Pablo Paternostro. Éstos tributaban a los comisarios un canon fijo de cinco mil dólares por cada uno de los seis locales que funcionan en Buenos Aires, además de otros tantos billetes por otros servicios, los cuales a veces llegaban a los 20 mil dólares. Una verdadera ganga.La trascendencia pública de correos electrónicos y anotaciones que prueban tales pagos causó la inmediata eyección de los tres comisarios hacia el incierto territorio de la disponibilidad.
Durante la mañana del jueves, tras cortar la comunicación con su abogado, el hombre que durante siete lustros hizo de la impunidad un medio de vida, tal vez haya percibido el final de su propio tiempo.
Sus ojos seguían clavados en el mar.

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