Mercado Sabe la Tierra: Todo consumo es político

Año 3. Edición número 145. Domingo 27 de febrero de 2011
Dolores Bulit, Lulú Rodríguez Carniglia y Angie Ferrazzini, integrantes y propulsoras del Mercado Sabe la Tierra.
Funciona desde noviembre pasado y rescata las relaciones humanas entre productores locales y consumidores. Al norte del conurbano bonaerense, promueve las compras responsables al pie del andén

La estación de San Fernando se transforma cada sábado: frutas y verduras, manteles de arpillera, guirnaldas coloridas y bolsas de compras que asemejan un arco iris toman su lugar en los andenes. Desde noviembre pasado, emprendedores locales y consumidores se encuentran a los costados de las vías del tren, en el Mercado Sabe la Tierra, donde pueden encontrarse productos agroecológicos, orgánicos, sustentables y reciclados con precios justos. Las cooperativas, productores sociales y artesanos apuntan a un específico tipo de cliente: el consumidor que antes que el precio, pregunta cómo se ha hecho eso que está comprando y de dónde proviene.
“Tenemos que empezar a tener conciencia sobre lo que consumimos”, explica Angie Ferrazzini, directora del proyecto que articula junto con otros dos: el taller Ecobolsas y los microcréditos del Banco Popular de la Buena Fe. Antes de organizar la asociación, viajó por diferentes puntos del planeta recogiendo información sobre agroecología, emprendimientos sociales y proyectos sustentables, convencida de que en el sistema capitalista se puede abrir una brecha consumiendo menos y con mayor compromiso. “Esto no se puede medir por caro o barato”, afirma, mientras acomoda las hebillas de Lúa, su niña.
Si bien hay prejuicios sobre los costos de los productos que ferias, tiendas y el propio mercado venden y algunos sostienen que sería imposible volcarse a los puestos para cargar la canasta familiar, otros desestiman las ofertan que abruman desde afiches, publicidades televisivas y radiales y elijen queso orgánico, pollo, huevos, detergente ecológico, pastas integrales, galletitas, aceites orgánicos, shampoo y crema de enjuague artesanales, frutas y verduras producidas naturalmente. “Por supuesto que existe una franja de la población que no puede decidir qué comprar, pero también están quienes pueden tomar la decisión entre un producto y otro, eligiéndonos más allá de lo que cuesten porque este tipo de consumo, el responsable, conlleva a que uno compre menos ya que piensa en lo que realmente necesita, no dejándose seducir por los avisos de los hipermercados”, expone el alma mater del emprendimiento.

La información. Para consumir responsablemente deberíamos consultar de modo diferente y así, en vez de acercamos a una góndola examinando la fecha de vencimiento o analizando a cuánto se nos irán los intereses en tres cuotas, correspondería preguntarnos si realmente necesitamos eso que deseamos comprar, cómo se produjo y qué apoyamos al invertir nuestro dinero en ese producto. Si la duda se genera en función de las últimas cuestiones estaremos en los albores de una compra con conciencia.
“Tenemos que saber de dónde viene lo que consumimos”, sugiere Dolores Bulit, periodista de profesión y parte del equipo de Sabe la Tierra, quien desde el 2003 se especializó en el desarrollo de espacios de promoción de consumos responsables. Entre otras, ayudó a organizaciones que comercian de forma justa, por caso el Mercado de La Estepa.
Habitualmente, vamos al mercado dispuestos a gastar la menor cantidad de dinero o despilfarrándolo compulsivamente. “Ésos son los valores de compra y es por eso que debemos agregar otros; no pretendemos que se deje de comprar, pero sí que se entienda que comprar es también un acto político, que tiene sentido y es de suma importancia. Sobre todo cuando sumás a millones de personas que tienen en común que todos los días compran algo”, pormenoriza Bulit.
En el puesto de comida vegetariana y macrobiótica, lácteos orgánicos y semillas atiende Julieta, productora desde hace más de dos décadas. No pierde la sonrisa ni aún cuando explica cuán cara sale la soja cultivada sin agroquímicos. “Se encarece porque el molino debe ser limpiado de punta a punta para sacar cualquier vestigio de la otra, la que fue modificada científicamente”. Mientras conversa, se juntan de a dos o tres clientes. Uno, el único que elevó las cejas cuando escuchó un precio, se retiró sin llevar ningún producto: le dijeron que el kilo de queso fresco sale 42 pesos.
En la Argentina, como en el resto del mundo, lo que se cultiva de manera tradicional, sin tóxicos, sale más caro que en los supermercados. “Estos productos son diferentes a los de consumo masivo en donde usan muchos químicos y conservantes que le sacan todo lo vivo al producto. Allí es donde las grandes marcas ven la pérdida en aquello, antes que un valor”, explica, mientras despacha milanesas de soja rellenas.
Para Julieta, la mayoría del público que recorre el mercado se preocupa fundamentalmente por conocer la procedencia de lo que lleva en sus bolsas de compras. “A la gente le interesa verle la cara al productor, mirarlo a los ojos y darse cuenta de que no miente cuando le explica cómo produce.” Agrega que muchos esperan ver a miembros de movimientos campesinos o de pueblos originarios pero en Saavedra también se puede manufacturar respetando al planeta. La puestera sonriente es una muestra.

Condiciones de producción. “Lo que tiene que importar más allá del producto es el proceso, porque alguien puede comer algo barato pero detrás de eso puede haber mano de obra esclava, por ejemplo. En cambio acá, en el mercado, conocés la trazabilidad de los productos, cuál es su origen, porque nos encargamos de informar para formar conciencia”, sostiene Angie Ferrazzini en días en que grandes empresas son denunciadas por explotar de la manera más atroz a seres humanos.
Conocer la procedencia, tanto como a quien produce o cosecha lo que es comercializado, es la manera en que el Mercado Sabe la Tierra fomenta las relaciones humanas en la instancia del intercambio. “Poner el foco allí; cuando la compra se convierte habitualmente en un acto despersonalizado, en donde los productos son sólo cosas sin historia, sin trabajo humano y están lejos de su lugar de origen.”
Mientras la periodista ofrece en su puesto Moon Cup, un método poco difundido para la higiene femenina que además de cuidar la salud y el bolsillo, defiende el planeta, revisa las conductas y expone: “Nuestro planeta se ha transformado como resultado de la intervención humana a partir de sus consumos; es uno de los fenómenos que nos ha hecho replantear la forma en que vivimos. Ahora, para consumir hay que reflexionar teniendo en cuenta otras variables antes no contempladas, aunque en principio cueste trabajo: preguntarse de dónde vienen las cosas y cómo se fabrican, es parte de ello. El acto de la compra influye de manera decisiva no sólo en la economía familiar, sino también en la de tu país, tanto como en la sustentabilidad saludable del planeta.

• “El mercado es mi tercer hijo”
Angie da entrevistas, organiza el mercado y atiende a sus hijos, dos bellezas pequeñitas que se divierten en los juegos de la plaza. Antes de concebirlos comenzó a gestar una idea que tres meses atrás, pudo parir. “Hace más de siete años sueño y proyecto el mercado frente a mi necesidad de consumir este tipo de productos. Pensé en agrupar a los productores en un solo espacio. Así nació la idea, hice el relevamiento necesario y busqué a los productores. Después reuní algunas personas con intereses similares para que me ayudara y acompañara, y más tarde convocamos a los productores y nos organizamos”. Así, llegaron Perla Herro, cocinera macrobiótica; Lucila Rodríguez Carniglia, quien se encarga de decorar el Mercado y lo coordina y Dolores Bulit, quien difunde el comercio justo y tiene su propio puesto en el mercado, entre otros personajes clave del emprendimiento.
La idea y los emprendedores estaban, sólo faltaba la gente. “La noche anterior a la inauguración del mercado tuve miedo”, sostiene Angie mientras ríe nerviosa, pero fueron todos, incluidos primos y vecinos. Cada viernes se pregunta cómo será el próximo día. Los consumidores aumentan cada fin de semana porque en Sabe la Tierra se va más allá de la compra: “Se elige en dónde hacerla, no hay tantas preocupaciones en conseguir ofertas por el consumo mismo, sino que se fomentan otros valores”.
Son 24 puestos de alimentos y unos 10 de diseños sustentables que se sostienen a partir de las ventas. Un pequeño porcentaje de lo facturado se utiliza para sostener la logística del mercado y sus gastos derivados.
“Pienso las 24 horas en el mercado, es mi tercer hijo”, suspira.
Ir hasta el Mercado Sabe la Tierra es muy fácil y además de las compras, se puede participar de los diversos talleres: yoga, reciclado y ecobolsas, entre otros. La cita es en la estación San Fernando del Tren de la Costa, los sábados desde las 10 hasta las 19hs.

Para más información: http://www.sabelatierra.com

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