Mitos y leyendas de los aztecas

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Año 6. Edición número 242. Domingo 6 de enero de 2013

La mujer hambrienta. En el lugar en donde viven los espíritus, hubo una vez una mujer que gritaba constantemente pidiendo comida. Tenía bocas en las muñecas, bocas en los codos y bocas en los tobillos y rodillas. “Aquí no puede comer”, dijeron los otros espíritus. “Tendrá que vivir en alguna otra parte.”
Pero arriba sólo estaba el aire vacío, y lo mismo sucedía a la derecha y a la izquierda, y delante y detrás. En aquellos días el mundo no se había creado. Sin embargo, por debajo había algo que parecía agua. Nadie sabía cómo había llegado allí. Los otros espíritus pensaron: “Si la ponemos abajo quizá pueda satisfacer su hambre”.
Tan pronto se les había ocurrido el pensamiento, los espíritus Quetzalcoatl y Tezcatlipoca tomaron a la mujer y la arrastraron hacia abajo hasta el agua. Cuando vieron que flotaba, se transformaron en serpientes, se estiraron sobre ella en forma de cruz, desde el brazo derecho a la pierna izquierda y desde el brazo izquierdo a la pierna derecha. Tirando de sus manos y pies, la estiraron en todas las direcciones, empujando tan fuerte que la quebraron en dos por la cintura.
“Mira lo que hemos hecho”, dijeron, y como no sabían qué más hacer devolvieron la mitad de abajo al lugar de los espíritus. “¿Qué podemos hacer con esto?”, preguntaron.
“Qué pena”, dijo otro de los espíritus, “pero no importa, lo utilizaremos para hacer el cielo”. Entonces, para consolar a la pobre mujer, todos bajaron volando y empezaron a hacer flores y hierba con su piel. Del pelo hicieron bosques, de sus ojos estanques y fuentes, de sus hombros montañas, y de su nariz valles. Al final quedará satisfecha, pensaron. Pero, igual que antes, sus bocas estaban por todas partes, mordiendo y gimiendo. Y todavía no ha cambiado.
Bebe cuando llueve. Come cuando las flores se marchitan, cuando los árboles se caen o cuando alguien muere. Cuando alguien es sacrificado o muere en el campo de batalla, ella se bebe su sangre. Sus bocas siempre están abriéndose y cerrándose, pero nunca se llenan. A veces, por la noche, cuando sopla el viento, puedes oírla gritar pidiendo comida.

El primer sol. Cuando la tierra se hubo extendido sobre el agua y se hubieron formado las montañas y los valles, los espíritus empezaron a recoger luz para hacer el sol. Mientras ellos trabajaban, Tezcatlipoca estaba pensando: “Yo debería ser el sol”. Pero era oscuro como una sombra.
Cuando el trabajo hubo terminado, todos se retiraron para admirar lo que habían hecho. “Esta es mi oportunidad”, pensó Tezcatlipoca, agarrando el sol recién hecho y atándolo a su cintura. Cuando se elevó al cielo, arrojando sombras y pedazos de luz, los otros espíritus le miraron y dijeron: “En fin, alguien tenía que ser el sol. Dejémosle hacer lo que pueda”. Entonces se dieron la vuelta y empezaron a crear al primer pueblo.
Pero las gentes que hicieron eran gigantes, y cuando empezaron a caminar por la tierra eran constantes los gritos de “¡No te caigas! ¡No te caigas!”. Siempre que un gigante se encontraba con otro, su saludo era: “¡No te caigas!”, pues si alguno se caía no sería capaz de volver a levantarse. Cuando vagaban de un lugar a otro, temerosos de agacharse o inclinarse, los gigantes sólo podían comer los frutos que cogían de los árboles.
Pero cuando el sol llegó arriba del cielo, de repente el mundo se volvió oscuro, pues el sol que habían hecho los espíritus sólo tenía fuerza para durar la mitad del día. Por lo visto los espíritus habían cometido un error. La gente era demasiado grande y el sol demasiado pequeño.
Después de trece veces 52 años, Quetzalcoatl, con un gran palo, alcanzó a Tezcatlipoca y golpeándole lo arrojó fuera del cielo. Este último cayó al océano, cambió de forma, salió a tierra convertido en un jaguar y se comió a toda la gente. Ese fue el fin del primer sol, llamado el Sol Jaguar. Como recordatorio de su caída, la constelación del jaguar se sigue hundiendo en el océano todas las noches.

Monos, pavos y peces. Cuando el primer sol hubo caído del cielo, Quetzalcoatl tomó su lugar y se convirtió en el sol llamado Sol del Viento. Había personas bajo ese segundo sol, pero sólo tenían piñones para comer. Un año tras otro, sólo comían piñones, hasta que por fin Tezcatlipoca se levantó en forma de jaguar, corrió por el cielo y golpeó con las patas por atrás al Sol del Viento. Este, al caer, fue ganando velocidad y se transformó en un viento tormentoso, barriendo todo lo que había sobre la tierra. Desaparecieron los árboles y las casas. Todas las personas fueron arrastradas por el viento, salvo unas cuantas que permanecieron colgadas en el aire y que se transformaron en monos.
Cuando hubo desaparecido el segundo sol, el espíritu de la lluvia fue al cielo y se convirtió en el sol llamado Sol de la Lluvia. Había personas bajo ese tercer sol, pero para comer no podían encontrar otra cosa que maíz de río. Todavía no se había descubierto el verdadero maíz. Finalmente, Quetzalcoatl envió una lluvia de fuego y piedras calientes que quemó la tierra. Tan calientes eran que el propio sol ardió en llamas. Las pocas personas que habían escapado se transformaron, y cuando el fuego se hubo enfriado corrieron sobre la tierra ennegrecidas en forma de pavos.
Quetzalcoatl invitó a la esposa del espíritu de la lluvia a que se convirtiera en el cuarto sol, y ella aceptó. Durante el tiempo de este cuarto sol, llamado Sol del Agua, había muchas personas, pero seguían sin tener otra cosa que comer que maíz de hierba. El verdadero maíz aún no se había descubierto. Un año tras otro comían maíz de hierba y se sentaban a mirar la lluvia. Llovía todo el tiempo.
Por fin, un año llovió tanto que los lagos y los ríos se elevaron por encima de las montañas, y todas las personas se convirtieron en peces.
Tanto llovió que el mismo cielo se desplomó sobre la tierra. Hasta que finalmente no quedaba más lluvia. Entonces Quetzalcoatl y Tezcatlipoca se arrastraron bajo el borde del cielo, uno por cada lado, y se transformaron en árboles, el Sauce Quetzal y el Arbol Tezcatl. Conforme estos dos árboles crecían, uno a cada lado del mundo, el cielo era empujado hacia arriba hasta que llegó al lugar en donde había estado antes.
Dejando los dos árboles en su lugar, los dos espíritus se subieron por el borde y viajaron los dos por el cielo. Al encontrarse en el centro, se quedaron juntos y se proclamaron los gobernantes de todo lo que veían.
El camino por el que viajaron es el Camino Blanco, que aún puede verse en el cielo de la noche.

Desde la tierra muerta. El diluvio que había cubierto la tierra había desaparecido. Pero los espíritus estaban preocupados. “¿Quiénes serán las personas?”, se preguntaban. “La tierra está seca, y también los cielos están secos. ¿Pero, quiénes serán las personas?”.
Mientras estaban pensando, Quetzalcoatl bajó a la Tierra Muerta que había detrás del mundo y, al llegar ante el Señor de la Tierra Muerta y su esposa, que guardaban los huesos de los muertos, gritó: “¡Dadme vuestros huesos!”.
No hubo ninguna respuesta.
“He venido aquí para llevarme esos valiosos huesos que estáis guardando”.
“¿Para qué los quieres?”
“Los espíritus están preocupados y no dejan de preguntarse: ‘¿Quiénes serán las personas?’.”
“Toma mi trompeta”, dijo el Señor de la Tierra Muerta. “Tendrás los huesos si puedes tocar mi trompeta y dar cuatro vueltas a mi bello país.” Pero la trompeta no estaba hueca.
Entonces Quetzalcoatl susurró a los gusanos que vivían de la Tierra Muerta: “Gusanos, venid a agujerear esta trompeta”. Cuando lo hubieron hecho, abejas y avispones volaron por el interior y comenzaron a zumbar.
Cuando Quetzalcoatl circundó la Tierra Muerta con la trompeta zumbante, el Señor de la Tierra Muerta lo escuchó y le dijo: “Tuyos son los huesos. Llévatelos”. Pero luego dijo a todos los muertos que estaban rodeándole: “Decidle a este espíritu que no se puede llevar los huesos para siempre. Al cabo de un tiempo habrá de devolverlos”.
“Dice nuestro señor que tienes que devolverlos”, gritaron todos.
“No”, respondió Quetzalcoatl. “Han de vivir para siempre.”
Pero sus pensamientos interiores le advirtieron: “No digas eso. Diles que los huesos regresarán”. Gritó entonces: “Los devolveré”. Y rápidamente agarró los huesos de los hombres y los de las mujeres, los envolvió y echó a correr.
“No le creemos”, gritó el Señor de la Tierra Muerta. “Si dejamos que se los lleve nunca los devolverá. ¡Cavadle una tumba!”
Los muertos cavaron entonces una tumba para Quetzalcoatl. Trató de escapar, pero una bandada de codornices cayó sobre él y le hirieron, por lo que tropezó y cayó inconsciente en la tumba.
Al recuperar el sentido vio que los huesos estaban esparcidos y que las codornices los habían mordido y mordisqueado. Sollozando, preguntó a sus pensamientos interiores: “¿Cómo puede ser esto?”. Sus pensamientos interiores le respondieron: “¿Que cómo puede ser? Los huesos han sido mordisqueados y al cabo de un tiempo se pudrirán. Habrá muerte. Es algo que no puedes cambiar”.
Se sintió muy triste, pero viendo que no podía llevarse los huesos libremente, los recogió, los llevó a un lugar por encima del cielo y se los dio a un espíritu llamado Mujer Serpiente, la cual los machacó hasta convertirlos en polvo y los puso en un cuenco de jade. Entonces Quetzalcoatl derramó en el cuenco sangre de su cuerpo, y lo mismo hicieron todos los demás espíritus.
Cuando los huesos tuvieron vida, los espíritus gritaron: “¡Han nacido las personas! Serán nuestros servidores. Nosotros sangramos por ellos y ellos sangrarán por nosotros”.

El verdadero maiz. “¿Y qué comerán las personas?”, preguntaron los espíritus. “Que descubran el maíz”. Nada más pronunciarse la orden, Quetzalcoatl vio una hormiga roja que transportaba una semilla de maíz verdadero.
“¿Dónde la encontraste?”, preguntó. Pero ella no le respondió. Siguió preguntándole una y otra vez hasta que por fin ella le dijo: “Sígueme”.
Quetzalcoatl se convirtió entonces en una hormiga negra y siguió a la hormiga roja hasta el borde de una montaña. Era la Montaña de la Comida, en donde habían estado escondidos desde el principio del mundo el maíz, las judías, los pimientos y todos los otros alimentos. “Ven por aquí”, le dijo la hormiga roja, entrando por un túnel que conducía al interior.
Con ayuda de la hormiga roja, la negra arrastró semillas de maíz hasta el lugar de los espíritus, en donde le estaban esperando los demás espíritus. Cuando llegó el maíz, los espíritus lo masticaron por nosotros y lo pusieron en nuestros labios. De ese modo nos fortalecimos.
“¿Qué haremos ahora con la Montaña de la Comida?”, preguntó Quetzalcoatl.
“Abrámosle una grieta para que las personas puedan tener toda la comida”, respondieron los otros espíritus.
Mientras así hablaban, uno que se llamaba Nanahuatl abrió la montaña, dejando al descubierto lo que tenía en su interior. Pero la lluvia se sintió envidiosa, y con sus hijos se precipitó en el interior y robó la comida antes de que los otros espíritus pudieran dársela a las personas. Lo robó todo, el maíz, las judías, los pimientos y la salvia.
Los espíritus de la lluvia siguen teniendo la comida que estaba en la Montaña de la Comida. Sólo entregan una parte cada año –y algunos años menos que otros– a cambio de sangre humana.

El quinto sol. El mundo todavía estaba seguro, por lo que los espíritus comenzaron a preguntarse unos a otros: “¿Quién será el sol?”. Mientras así hablaban, bajaron volando a la tierra y encendieron un fuego para aquel que fuera elegido. Pero sentían miedo. Conforme el fuego se iba poniendo más caliente, lo único que se oía era: “Que otro lo haga”.
Mientras así se excusaban, el llamado Nanahuatl estaba de pie a un lado, escuchando. Era pobre y tenía el cuerpo cubierto de llagas. Cuando al fin se dieron cuenta de su presencia, todos gritaron. “Nanahuatl será el sol”.
“No, no”, contestó él. “Tengo llagas”. Pero no le prestaron atención y le ordenaron hacer penitencia para que se volviera sagrado.
Durante cuatro días, mientras el fuego ardía, se clavó espinas y agujas. Al mismo tiempo ayunaba. Cuando la penitencia hubo terminado, le encalaron el cuerpo para volverlo blanco, le emplumaron los brazos y le dijeron: “No tengas miedo. Te elevarás por el aire e iluminarás el mundo”. Entonces él cerró los ojos y saltó al fuego.
Cuando su cuerpo se quemó completamente, descendió a la Tierra Muerta y viajó por debajo de la tierra hasta que alcanzó su extremo oriental.
Entretanto, los espíritus miraban para ver por dónde se elevaría el sol. Ya estaba amaneciendo, pero la luz parecía venir de todas las direcciones. Algunos miraban hacia el norte y otros hacia el sur. Otros pensaban que el sol se elevaría por el oeste. Y otros, incluido Quetzalcoatl, decía: “Se elevará por el este”, y esas palabras fueron ciertas.
Cuando apareció, el sol era de un rojo brillante. Se bamboleaba hacia adelante y hacia atrás, centelleante de luz, brillando sobre toda la tierra. Tan brillante era que no se le podía mirar sin quedar cegado. Pero nada más aparecer dejó de elevarse.
Al ver que no seguía su curso, los espíritus enviaron un halcón como mensajero para enterarse de cuál era el problema. A su regreso, el halcón les informó que el sol no se elevaría más hasta que los espíritus se sacrificaran a sí mismos, permitiendo que les quitasen el corazón.
Coléricos y atemorizados, llamaron a la estrella de la mañana y le pidieron que asaetease al sol con una de sus flechas. Pero el sol hurtó su cuerpo y la flecha voló sin dar en su objetivo.
Se volvió entonces el sol hacia la estrella de la mañana y le disparó con sus dardos del color de la llama. Herida, la estrella de la mañana cayó a la Tierra Muerta. Los espíritus, dándose cuenta de que el poder del sol era demasiado grande para resistirse a él, se quitaron las ropas y, de uno en uno, aceptaron su sacrificio. Satisfecho por fin, Nanahuatl siguió su viaje por el cielo.
Ese fue el quinto sol, llamado Sol del Terremoto, el sol que seguimos viendo hoy. En su tiempo la tierra se moverá: habrá terremotos. Y habrá hambre.

El origen de la música. Cuando los espíritus iban a ser sacrificados, entregaron sus mantos a la gente diciendo: “Son para vosotros. Ponéroslos”. Pero aunque los mantos eran valiosos, las personas gemían. Iban llorando de un lado para otro con los mantos envueltos sobre los hombros y preguntando: “¿Dónde están los espíritus? ¿Nunca volveremos a verlos?”. Viajaron hacia acá y hacia allá, buscándoles por todas partes.
Un hombre viajó hasta el océano oriental, buscando a Tezcatlipoca. Al llegar a la costa y detenerse, se le apareció el espíritu en tres figuras, brillando en el cielo. Y le dijo: “Ven, amigo mío. Quiero que vayas a la casa del sol y traigas cantantes e instrumentos para que podáis hacer música en memoria mía. Llama a mis tres sobrinas, la ballena, la tortuga marina y el manatí, y diles que formen un puente a través del agua”.
El hombre hizo lo que le dijeron y caminó sobre el océano hasta la casa del sol. Al aproximarse, vio al sol rodeado de cantantes vestidos de blanco, rojo, amarillo y verde, tocando tambores de piel y de leño.
El sol, al levantar la vista y ver que alguien se acercaba, dijo a los cantantes: “Ese es un ladrón. Si os llama no respondáis, pues quien le responda tendrá que irse con él”. Pero entonces el hombre les llamó con una canción tan dulce que no pudieron evitar responderle. Cuando él se dio la vuelta se fueron tras él, llevándose los tambores y tocando y cantando mientras caminaban.
Desde entonces las personas hicieron celebraciones y cantaron canciones en honor de los espíritus. Al escuchar la música, los espíritus descienden del cielo para cantar con la gente y se unen a sus danzas.

Quetzalcoaltl en Tula. Los primeros en tener muchos hijos y volverse importantes fueron las gentes llamadas toltecas. Sucedió hace mucho tiempo en Tula, en una época en que Quetzalcoatl era reconocido como su espíritu y recibía sus oraciones. También estaba allí su templo, arriba de una alta pirámide, tan empinada y con escalones tan estrechos que había que subirla sobre las puntas de los pies. Dentro, Quetzalcoatl estaba siempre envuelto en una sábana, pues tenía el rostro de un monstruo. Su rostro estaba estropeado, no era humano. Y su barba, decían, era extremadamente larga y enmarañada. Pero Quetzalcoatl era la fuente del conocimiento. Toda sabiduría y habilidad florecía de él.
Como los toltecas eran el pueblo de Quetzalcoatl, poseían todas las habilidades. Nada había difícil para ellos. Inventaron el calendario y dieron nombres a los diferentes momentos del día. Sabían qué días eran buenos y cuáles malos. A los malos los llamaban los días de las bestias. Si alguien tenía un sueño, los toltecas podían conocer su significado mirando los símbolos y signos de un libro llamado el libro de los sueños.
Sabían cómo encontrar jade, turquesa y otras piedras preciosas. A primera hora de la mañana, cuando todavía estaba oscuro, subían a lugares altos desde los que se dominaba el país. Cuando aparecía el sol miraban a ver si alguna piedra preciosa estaba respirando. Quizá veían en la distancia un pequeño vapor que se elevaba de la tierra, como si saliera humo. Se dirigían a aquel lugar para buscar una piedra grande y de color oscuro, una piedra ordinaria sin ningún valor. No era la joya, sino su madre. La joya estaba respirando dentro de la madre. Entonces se llevaban la piedra a casa y la abrían.
Los toltecas eran ricos. Los alimentos eran baratos y los vegetales crecían tanto que podían subirse a ellos como si fueran árboles. Decían que las cabalazas eran tan grandes como el círculo de sus brazos, y que las mazorcas de maíz eran tan largas y grandes que las podían abrazar. Tenían chocolate, y tenían algodón en todos los diferentes colores: rojo, amarillo, rosa, violeta, verde, blanco y marrón. No hacía falta teñirlo. Simplemente crecía así.
El propio Quetzalcoatl llevaba una vida santa y pura, pinchándose la carne de su barbilla y sacándose sangre; y en lo más profundo de la noche iba al río a lavarse con agua fría. De él aprendieron las gentes lo que es ser santo y vivir como un sacerdote.
Pero Tezcatlipoca, viendo eso desde el cielo, se sintió envidioso. “La gente me ha olvidado”, pensaba. Entonces cogió telas de araña con las que trenzó una fuerte cuerda, de la que ató un extremo a las nubes dejando caer el otro extremo sobre la tierra. Subió lentamente por la cuerda, acercándose cada vez más a la ciudad de Tula.

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