A partir del acto eleccionario del jueves pasado y con el discurso que brindó posteriormente en el campo de juego de Ferro, Hugo Moyano puso en marcha lo que tantas veces había anunciado: que el movimiento obrero no se limite únicamente a reclamar medidas reivindicativas y que a través de su liderazgo pase a tener un mayor protagonismo en las decisiones políticas nacionales. Sin embargo, el actual contexto político y sindical, consecuencia en buena medida del camino que decidió transitar el dirigente camionero en estos últimos meses, desnudan las limitaciones con las que se encuentra para llevar adelante aquel objetivo. El hecho de haber logrado convocar apenas un poco más de la mitad de los congresales que lo eligieron –incluida la utilización de acciones discutibles– y el escaso impacto que generó en el arco político su invitación a “repensar el voto en 2013”, así lo reflejan.
A lo largo de su larga historia, en el movimiento obrero se ha dado siempre un debate entre aquellos que entienden que para mejorar las condiciones de vida de la clase trabajadora es necesario tomar el poder y los que creen que los sindicatos deben funcionar como un factor de presión para conseguir aquellos objetivos. La actual fractura de la CGT se explica, en parte, a partir de esta diferencia de criterios. No es casualidad que desde el antimoyanismo acusen al camionero de querer convertir la CGT “en un partido político”.
Ser un líder indiscutido del movimiento obrero debería ser el primer paso para dar el salto a la política y lo cierto es hoy, Moyano está más lejos que hace cuatro años de encontrarse en esa condición. Cuando fue reelecto en 2008 al frente de la CGT, sólo sufrió la deserción del sector liderado por Luis Barrionuevo, quien fundó la testimonial CGT Azul y Blanca. Pero además, logró un amplísimo quórum de congresales para que lo ungieran en el secretario general de la central obrera. En esta ocasión, se valió de la incorporación casi instantánea de 47 gremios que aportaron 240 congresales. Una cifra que casi duplica la cantidad de electores que pueden aportar los gremios más numerosos como Municipales o Comercio. Sin ese aporte, el moyanismo no podría haber logrado el quórum necesario en un congreso que manejó a su antojo.
Desde su entorno, siempre argumentaron que uno de los aspectos que marcó el proceso de transformación abierto en 2003 es la aparición de nuevos actores en la clase trabajadora y que la CGT tiene la obligación de contenerlos. “Yo estoy con las grandes organizaciones, no con las organizaciones grandes”, suele ser una de las muletillas preferidas del camionero. Sin embargo, será difícil liderar al movimiento obrero con una central obrera que no incluya a sindicatos tradicionales como la UOM o la Uocra, que no solamente tienen una historia claramente ligada a la CGT, sino que además también han sido revitalizadas a partir del proceso que inauguró el kirchnerismo.
Optimización de recursos. Ante la diáspora de dirigentes que vino sufriendo, Moyano debió hacer un sutil equilibrio a la hora de conformar el Consejo Directivo de su CGT. Flaco de sindicatos de peso, buscó encumbrar a los que aún le responden, en desmedro de sus dirigentes más fieles. Así se explica la designación del titular de la Asociación Bancaria, Sergio Palazzo, como secretario institucional y la del Momo Venegas en la de Interior. La elección del petrolero Guillermo Pereyra como secretario adjunto obedece más a su estratégico lugar en el directorio de YPF y la posibilidad de tender canales de diálogo con el Gobierno (ver entrevista) que al peso específico de su gremio. En una segunda línea quedaron los moyanistas puros como Juan Carlos Schmid (Relaciones Internacionales), Omar Plaini (Prensa y Comunicación) y Julio Piumato, quien renovó en la Secretaría de Derechos Humanos. Dentro de este sector hay un debate interno entre quienes comparten la radicalización asumida por el camionero y los que entienden que ingresó en un camino sin retorno. Por ejemplo, la ausencia del diputado Héctor Recalde en el acto en Ferro –si bien participó del Congreso en el microestadio– obedece a los contactos que estaría estableciendo con viejos dirigentes ligados a la CGT de los Argentinos para iniciar un proceso de reconfiguración a la central obrera. Es el mismo sector que ve con preocupación la ida de figuras como el titular del Sindicato Argentino de Televisión, Horacio Arreceygor, o el líder de los docentes privados, Horacio Ghillini. Se trata de dirigentes que acompañaron a Moyano desde los tiempos del MTA y que decidieron no participar del Congreso en Ferro.
Tampoco queda claro cómo transitará Moyano su salto a la política. Algunos como Schmid recordaron los contactos que tuvo Moyano antes de las elecciones presidenciales con Hermes Binner y Pino Solanas. Sin embargo, la poca afinidad de estos dirigentes políticos con el peronismo tradicional hace poco factible una alianza de ese tipo.
Para Francisco Barba Gutiérrez –intendente de Quilmes y dirigente de la UOM– el salto de Moyano a la política lo puede llevar a una dirección errada. “Fue muy claro cuando dijo que había que revisar el voto del año que viene, advirtiéndolo que lo pondrá en otro lugar. Me parece que comete un gran error. Basó su discurso en algunas reivindicaciones para proponer a los trabajadores votar otra opción… no dijo cuál… tal vez con Macri”, sugirió ante Miradas al Sur.
La ofensiva antimoyanista. Envalentonado por la impugnación que determinó el Ministerio de Trabajo al congreso del jueves, el heterogéneo frente antimoyanista apunta todos sus cañones al congreso del 3 de octubre, donde elegirán las autoridades de su propia CGT. Con el argumento de que cuentan con la mayoría del Consejo Directivo elegido en 2008 –el único que toman como válido– se reunirán el próximo miércoles para aprobar la prórroga de dicho cuerpo hasta la elección de octubre. “De acá a esa fecha vamos a hacer todo lo necesario para que haya una unidad real, con un esquema colectivo de funcionamiento y borrando el estilo personalista que Hugo le imprimió a la CGT”, le aseguró a Miradas al Sur uno de los dirigentes comprendido en el sector de los gordos.
Para este espacio, el lapso de tiempo que dista hasta la realización de su propio congreso servirá para que se sumen aquellas organizaciones que quedaron afuera de la central moyanista pero que aún no saltaron el cerco. “No quieren que les peguen el mote de traidor”, asegura la fuente, para explicar que el pronunciamiento de esos sindicatos será cercano a la fecha del congreso.
Para el 3 de octubre, el antimoyanismo estima que estará en condiciones de convocar a 1.200 congresales. En este sentido, entienden que el congreso del jueves pasado estuvo viciado ya que hay gremios que no pueden explicar su aumento de electores entre un congreso y otro. “Cómo puede ser que la Uatre pase de tener 40 y pico de electores en 2008 a más de 200 en el del jueves”, argumentan. De todos modos, no presentarán ninguna objeción ya que entienden que es innecesario al haber sido impugnado el cónclave. “Como el congreso es inválido, no es necesario impugnar estas maniobras. Porque por la teoría de los actos propios, terminás impugnando algo que ya es inválido”, argumentan.

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