En la Plaza no hubo gente. Tampoco fue gente la que formó ese inmenso río que se metió en la Casa Rosada para despedir a Néstor Kirchner en el Salón de los Patriotas Latinoamericanos. En uno y otro lado, en la Plaza y en la Rosada, estuvo el pueblo. Ese colectivo heterogéneo, policlasista y apasionado que la dictadura y el menemismo quisieron desaparecer y al cual hoy los grandes medios concentrados le ningunean la existencia y pretenden transmutarlo en “la gente”, ese otro colectivo disgregado al que le hacen decir lo que quieren, editándolo con pericia obscena. Gente que piensa pensada y habla hablada por la televisión, por los columnistas y los movileros de los grandes medios.
Fue el pueblo –la fuente más legítima de poder a la que puede aspirar un gobernante– quien despidió a Néstor Kirchner. Y fue ese mismo pueblo quien le pidió a su mujer, a Cristina, a la Presidenta, que no aflojara, que tuviera fuerza, que se repusiera y siguiera adelante.
Fue un reconocimiento al hombre que, con su gestión de gobierno, le devolvió al pueblo una dignidad que no había perdido, sino que le habían arrebatado a fuerza de represión, desocupación, entrega, hambre y miseria. También fue un reclamo a Cristina Fernández de Kirchner: esto no puede terminar acá.
El presidente que sí fue. El caso de Néstor Kirchner es extraño, si no único, en la historia política argentina. Llegó a la presidencia con sólo el 22% de los votos, el mismo porcentaje que había obtenido Arturo Illia en 1963, con el peronismo proscripto. Esa debilidad inicial quedó potenciada por la huida como rata por tirante de Carlos Menem, que le negó la posibilidad de una segunda vuelta electoral en la que Kirchner hubiera ganado de manera abrumadora, aunque no por sus propios y desconocidos méritos. En ese balotaje que no fue, más que la victoria de ese candidato al que empezaban a llamar Lupín se habría leído la repulsa ciudadana al riojano canalla. Por esos días, en las páginas de La Nación, Claudio Escribano le profetizaba al presidente electo menos de seis meses de gobierno.
Néstor Kirchner llegó a la Casa Rosada casi desnudo de poder. Era el Chirolita de Duhalde –es decir, la continuidad de lo peor de esa máquina a-ideológica de poder que se ha llamado a sí misma peronismo–; era manejado por su mujer, la senadora, mucho más conocida y atractiva que él. Desde ese subsuelo de credibilidad, casi tan profundo como el pozo al que había sido arrojada la vida de millones de argentinos, tuvo que empezar a construir poder. En esa tarea, también, tuvo que lidiar con la enorme desconfianza de una sociedad que, con el “que se vayan todos”, casi había decretado la muerte de la dirigencia política tradicional, a la que pertenecía. Y en esa tarea, contracorriente, se fue ganando, con palabras, gestos y hechos, la confianza de un pueblo que lo despidió, esta semana, con lágrimas y aplausos.
Una construcción inédita. El 25 de mayo de 2003, ante la Asamblea Legislativa pero para todo el país, Kirchner no pidió confianza, sino que prometió ganársela: “No he pedido ni solicitaré cheques en blanco. Vengo, en cambio, a proponerles un sueño: reconstruir nuestra propia identidad como pueblo y como Nación; vengo a proponerles un sueño que es la construcción de la Verdad y la Justicia; vengo a proponerles un sueño que es el de volver a tener una Argentina con todos y para todos. Les vengo a proponer que recordemos los sueños de nuestros patriotas fundadores y de nuestros abuelos inmigrantes y pioneros, de nuestra generación que puso todo y dejó todo pensando en un país de iguales. Sé y estoy convencido de que en esta simbiosis histórica vamos a encontrar el país que nos merecemos los argentinos”.
Era, sin duda, un discurso diferente, pero también –en ese tiempo y en esa Argentina– millones de compatriotas pensaron (pensamos) que sí, que todo muy lindo, Chirolita, pero por el momento son sólo palabras.
Es muy difícil confiar cuando se ha sido traicionado, cuando no se tiene trabajo y se pasa hambre. Cuando la derrota ha alcanzado su máxima potencia.
Y, entonces, al salir del Congreso, Kirchner se zambulló en la multitud reunida en la plaza. Después de las palabras, casi sin transición, el Presidente configuró un gesto. Dio el primer paso en una dialéctica que lo llevaría a construir poder al calor de su relación con el pueblo.
En su primer año de gobierno, la construyó a ritmo de vértigo, con hechos: descabezó a una cúpula militar que todavía pretendía sostener la impunidad de los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura; recibió y les prometió Justicia a las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo; denunció por la cadena nacional a la Corte Suprema de la mayoría automática y la desarticuló desplazando a los jueces cómplices del menemismo y proponiendo en su lugar a juristas incuestionables; recuperó las negociaciones paritarias para los trabajadores; propuso al Congreso –y obtuvo– la anulación de las leyes de impunidad que protegían a los genocidas; transformó a la Esma en un espacio para una Memoria que ya se vislumbraba, también, como Justicia; se plantó frente a las presiones de los organismos internacionales de crédito y logró la renegociación de deuda externa más grande y ventajosa de la historia de Occidente; impulsó la obra pública y generó nuevas fuentes de trabajo en un país sumergido en la pobreza y la desocupación.
También –después– pagó una deuda que liberó a la Argentina de la siniestra tutela del FMI, y plantó –en Mar del Plata– la semilla que acabaría con la repetición del sometimiento neoliberal que proponía el Alca y que, a la vez, haría nacer y crecer la autodeterminación de la Unasur.
Un año después de las elecciones, aquel escaso 22% que lo había llevado a la Casa Rosada se había transformado en un 75% de aceptación por parte de la sociedad. La profecía del escriba de La Nación –como muchas más de los grupos mediáticos concentrados durante los siguientes años– había quedado desnudada en toda su falsedad. En toda su impotencia.
Para el pueblo, Kirchner ya era Néstor. Para los grupos económicos más concentrados, sus voceros mediáticos y sus sirvientes políticos empezaba a ser el odiado “K”.
La fuerza de los hechos. Quizá no sea el momento más adecuado para repasar el balance del gobierno de Néstor Kirchner, pero el cronista se decide a tirar algunos datos duros. Después de todo, son los que muestran cómo cambió la realidad argentina (la de millones de argentinos, individualmente: la de cada uno de ellos) en apenas cuatro años: entre 2003 y 2007, las reservas del Banco Central pasaron de 11.000 millones de dólares a casi 50.000 millones; las exportaciones crecieron de 30.000 millones a 72.000 millones dólares; se redujeron drásticamente los índices de desempleo, pobreza e indigencia (las cifras varían según las fuentes, pero todas confirman la reducción); las jubilaciones aumentaron un 360%; y la economía creció a un promedio del 8,5% anual.
Como consecuencia del gobierno de Néstor Kirchner, en octubre 2007, Cristina Fernández de Kirchner ganó la presidencia en la primera vuelta electoral con el 44,5% de los votos.
Desde entonces, los argentinos hemos recuperado el sistema jubilatorio público, solidario y universal; gozamos del derecho de la asignación universal por hijo; tenemos por derecho (aunque aún siga frenado por chicanas judiciales) una ley de Servicios de Comunicación Audiovisual que puede llegar a ser una herramienta para que todos –no sólo la gente que es hablada y pensada por los grandes medios concentrados, sino todos– tengan palabra y voz.
Es otra Argentina, la Argentina real. La del pueblo, no la de la gente.
Apenas eso, pero nada menos que eso.
Pero, claro, como es nada más –y nada menos– que eso, es también el desafío que hoy se plantea: que muchos compatriotas dejen de ser esa nada a la que llaman gente para ser parte del pueblo.
Y decidir, finalmente, sin dejar que los decidan.
Para ser, de nuevo, inalienablemente, pueblo. Singular y colectivamente.
Tal vez éste sea el legado de Néstor Kirchner, de Chirolita, del pingüino, del estudiante de la Universidad Nacional de La Plata que un día se rajó a Santa Cruz, de ese tipo que –nadie sabrá jamás por qué, aunque seguro que lo tenía en su memoria– un día se animó a pensar y a hacer otra Argentina.
No la Argentina del pueblo –eso sería, dadas sus circunstancias y las de todos los demás, demasiado–, sino una Argentina con el pueblo.
Que no es poco, sino mucho, qué joder.
Pero que pide más.
(*) FOTOS: El Congreso y la plaza. El 25 de mayo de 2003, ante la Asamblea Legislativa, Néstor Kirchner aseguró que no le pedía a la sociedad “cheques en blanco” y la convocó a cambiar la Argentina. Después del discurso de asunción, se zambulló en la multitud que poblaba la plaza. Fue el comienzo de una relación que se iría fortaleciendo a fuerza de actos de gobierno que respondían a los reclamos de los sectores populares. || Construcción vertiginosa. Al cumplir un año de gobierno, el santacruceño había desarrollado una gestión que era aprobada por el 75% de los argentinos. || “Proceda, General.” El 24 de marzo de 2004, en la Casa Rosada, ordenó al jefe del Ejército, general Roberto Bendini, que bajara el cuadro del dictador Videla. Más tarde, entregaría la sede de la Esma a los organismos de derechos humanos. || Crecer con trabajo. La generación de empleo fue una de las claves del apoyo popular que se transformó en la principal fuente de poder del kirchnerismo.
