Ninguna tinta es indeleble

Año 4. Edición número 179. Domingo 23 de octubre de 2011
Riesgoso. Sus peripecias comenzaron en la Francia de Vichy, colaboradora del nazismo.
Kaminsky, el gran falsificador de documentos que nació en Once y salvó a miles de personas.

En pleno régimen de Vichy, un jovenzuelo de 17 años, que había nacido en Buenos Aires en una casa chorizo de Once, en Ecuador 270; que se había leído enterito años después, en su casa de Normandía, el Tratado de Química Orgánica, de Marcellin Berthelot; que estaba recién salido del campo de concentración francés de Drancy (se había salvado por segunda vez); que se había asumido plenamente como judío luego del crimen de su madre a manos de los nazis… ese adolescente comenzó a entender que poseía una habilidad para salvar vidas. En 1945, se atrincheró en un par de buhardillas clandestinas parisinas y hasta 1971 casi no conoció el sol. Pudo haber contribuido a salvar, según se dice, más de 14 mil personas.
“Lo que fue hecho e imaginado por un hombre, puede ser reproducido por otro”, aprendió prontamente. Aquel leitmotiv se convirtió en una de las frases nodales para componer la trepidante biografía Adolfo Kaminsky. El falsificador (Capital Intelectual). La autora, su hija Sarah Kaminsky, empezó a escribir el libro en 2002, cuando nació su hijo Alec y se dio cuenta de que el pasado de su padre estaba en penumbras, y si quería construir una abuelidad para su hijo que trascendiera el mito, tenía que hacerlo hablar. “Porque en Argelia, donde viví hasta los diez años, lo conocían como el Mujahidin, ‘el Combatiente’, pero nunca había entendido precisamente porqué”, dice su hija.
Kaminsky es uno de esos héroes anónimos que todavía siguen revelando los cajones con alcanfor de las guerras globales del siglo XX. En la era digital, su métier ha quedado casi obsoleto. Pero desde los 17 a los 46 años –cuando se retiró del oficio– sirvió a cuanta causa justa le llegara a su taller de pintura o a su laboratorio de fotograbado, negocios que usó como pantalla en la calle Jacob y en la rûe des Jeuners en París.
“Lo primero que preguntó mi padre cuando propuse escribir su historia fue si los delitos habían prescripto. Él había hecho dinero falso desde Bélgica, que nunca puso en circulación y que quemó cuando los acuerdos de Évian se firmaron y Argelia fue libre, en el ’62. Si había sido culpable de algún delito, ya prescribió. Viajé por toda Europa para recoger testimonios. Fue la vida de mi padre; ahora se la puedo contar a su nieto.”

Corte y confección. Durante la ocupación hitleriana en Francia, cuando la red de organizaciones de la Résistance le propuso hacerse cargo de la confección de pasaportes, Kaminsky no tuvo demasiadas opciones: por seguridad su familia se había disgregado y una tercera vez no escaparía a las garras del Reich. La primera vuelta, su familia (su padre, tío y dos hermanos) habían sido “des-concentrados” porque su tío Pablo tiró desde los vagones cartas destinadas al Consulado argentino avisando de la situación. La segunda, la administración de Alois Brunner, el director del infierno versión francesa, los liberó sin saber que la Argentina había declarado la guerra al Eje un día antes, el 17 de marzo del ’45.
A Kaminsky, la misión que le dieron le apasionó en seguida. Resolvió en un santiamén un gran problema que tenían todos, desde el Movimiento de Liberación Nacional (MLN) hasta los Francotiradores y Partisanos (FTP): cómo borrar la tinta indeleble Waterman de los documentos oficiales. “Desde entonces, luché contra cualquier forma de racismo”, dice por teléfono Adolfo a Miradas al Sur, desde su departamento del 15ème arrondissement.
El libro de Sarah tiene algunas perlitas propias de la literatura de espionajes. “Para evitar el riesgo de ser arrestados por escuchas policiales –se lee–, si teníamos que arreglar por teléfono un encuentro afuera, había que respetar un desfasaje de tres horas y de uno o dos días, siguiendo un código de cuartos de hora. Encontrarse al mediodía significaba a las 15…; ‘menos cuarto’ significaba un día menos mientras que ‘y media’, dos días después de la fecha prevista.”
La obcecación del trabajo clandestino al que se entregó Kaminsky salvó miles y miles de vidas humanas. Nunca cobró un peso, en parte para conservar la posibilidad de decir que No, como por ejemplo con los antifranquistas españoles, porque tanto anarcos, republicanos como trotskistas se lo disputaban a la vez. Lo que hizo, en cambio, fue formar artistas de la falsificación para los tres bandos.
El derrotero de Kaminsky apasiona, es una vida de otro tiempo. Cierta vez al principio, para librar de la muerte segura a 300 niños de la estrategia de “tierra arrasada” por el repliegue nazi, Kaminsky trabajó tres días con sus noches. Confeccionó en ese lapso, con ayuda de su equipo técnico –entre los que se contaban hombres y mujeres llamados “Nutria” o “Nenúfar”–, 900 documentos falsos, entre cupones de alimentos, certificados de nacimiento y tarjetas de identificación. “Si duermo una hora, mueren 30 chicos”, se autoadoctrinaba, para mantenerse en vilo.
Terminada la II Guerra Mundial, sirvió a la Aliá Bet en el traslado clandestino hacia Palestina de sobrevivientes judíos. Luego, puso sus dotes a disposición de la Red Jeanson, un grupo de militantes que apoyaba a los argelinos del FLN contra el colonialismo francés. Se trataba de la organización cuyo ideólogo, Francis Jeanson, era el redactor en jefe de Les Temps Modernes, la revista de filosofía política de Sartre y de Beauvoir. Más tarde, confeccionó papeles tan falsos como perfectos para los guatemaltecos que peleaban contra Castillo Armas y los griegos que se oponían a la dictadura de los Coroneles. Hizo papeles también para los combatientes contra el Apartheid sudafricano y comulgó a favor de las guerras de liberación de las colonias portuguesas en África: Guinea, Guinea Bissau, Angola. A través del corso Georges Mattéi, enlace europeo de la Organización Latinoamericana de Solidaridad, Kaminsky realizó salvoconductos para dominicanos, venezolanos, chilenos, brasileros y argentinos. “Cuando vengas a casa, te voy a mostrar los documentos de la Argentina que todavía conservo”, tienta el artesano. Su carrera concluyó ayudando a los “objetores de conciencia” norteamericanos que se rehusaban a cargar su rifle en la Guerra de Vietnam.

La vida no es un lugar. Adolfo Kaminsky cambió su rumbo radicalmente desde que en los ’70 se trasladó a Argelia y se casó con Leïla, hija de un imán progresista. Tuvo dos hijos mayores que Sarah, que nació en 1979: Atahualpa y Rocé, un rapero consumado. Kaminsky permaneció en Argelia por más de una década. Recién en 1992, después de mucho caminar –habían entrado a Francia como turistas–, el Estado les otorgó la ciudadanía europea. El Combatiente se hizo educador callejero en los suburbios. Según cuenta, muchos alumnos suyos, niños de la calle, hijos de magrebíes, siguieron carreras vinculadas a las artes visuales. Sobre todo a la fotografía, que es a lo que se dedicó en los ratos libres de esos 26 años en que vivió escondido. En marzo de 2011, le llegó una pequeña consagración. Como un “Brassaï en el tejado” exhibió en las afueras de la capital francesa sus fotos en blanco y negro del período de posguerra, de 1945 a 1955.
En 1929, Kaminsky y su familia salieron del puerto de Buenos Ayres. Jamás volvió. No puede decirse, empero, que éste hombre no haya viajado por su siglo. Como dice un rap de Rocé, “El kilometraje es para la superficie./ Aquí está el carnet de viaje de un hombre in situ”. Aplica. Como también aplica esa única frase que Adolfo Kaminsky recuerda de su castellano natal, una burla a la autoridad, que sabía decirla y correr adentro del PH de la calle Ecuador para que no lo agarren. Desde París se escucha el canturreo: “Vigilanteee/ barriga picanteee”.

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