No tan distintos en la ribera

Año 4. Edición número 185. Domingo 4 de diciembre de 2011
Urnas xeneizes. Hay 61.000 socios habilitados para votar por Ameal o por Angelici.
El oficialista Jorge Amor Ameal y el opositor Daniel el Tano Angelici se disputan el poder del club, con un Boca a punto de salir campeón luego de tres años.

Pasó hace 16 años. Fue una jornada calurosa de diciembre. Y, casualidad o no, Boca estaba jugándose un campeonato que parecía ganado. Lo visitaba Racing, un equipo que a comienzos de aquel año había amagado, pero se había quedado solamente en eso. Boca aventajaba por tres puntos a Vélez, su inmediato perseguidor y quedaban tres fechas. La Bombonera estaba alborotada, ese día se terminaría después de 11 años la era Alegre-Heller en el club y Boca empezaría a perder ese campeonato.
Mauricio Macri, con impecable camisa celeste, similar a la que utilizó en campaña el Tano Daniel Angelici, prometía a boca de urna a un club hegemónico, plagado de jugadores de divisiones inferiores, ante los micrófonos que le dieron un espacio generoso de allí hasta que dejó el sillón de Brandsen 805 doce años después.
Macri, con una campaña millonaria detrás que incluyó la convocatoria de glorias del club, se sentaba en el lugar que había soñado los primeros días de 1996. Las papas hervían. Era un club estable económicamente pero que tenía a un Maradona descontrolado que decía irse si Mauricio decidía contratar a Carlos Bilardo como entrenador. El ingeniero, fiel a una tradición que lo definiría inclusive en su carrera política, le hizo caso a las encuestas: los hinchas pedían a Bilardo y allí fue el Narigón. En su primera gran decisión a cargo del club, le pasó toda la responsabilidad a la gente.

Los técnicos. Bilardo, que compró por 32 millones de dólares fue lo más parecido a lo que se llamaría un fracaso. Cuando partió sin pena ni gloria, su sucesor, el Bambino Veira, no tuvo mejor suerte. Sólo supo arrimar un segundo puesto en el Apertura ’97 que se fue a manos de River. El cabaret que regenteaban Claudio Caniggia y Diego Latorre, terminó con un ciclo marcado por la desazón futbolera.
Luego de Francia ’98, Macri quería que Daniel Passarella –con quien tenía todo cerrado para que se hiciera cargo del primer equipo del club, incluso el número– fuera entrenador. Cuando el Kaiser se enteró de que también habían tanteado a Carlos Bianchi, se autoexcluyó en pleno mundial.
Bianchi le dio a Macri lo que parecía imposible: un club en paz multicampeón. Claro que para Mauricio no fue fácil, la soberbia imagen ganadora que desprendía el Virrey eclipsaba la suya. Además, tenía como costumbre apoyar a los jugadores en los conflictos que tenían con los dirigentes, una cuestión que Macri no podía entender. “El gerente de la empresa” (así consideraba a los entrenadores del club), apoyaba a los empleados.
Con la multiplicidad de títulos obtenidos por Boca, el club empezó a vender y las cuentas a dar dividendos. Macri comenzó a sacar su chapa de gran administrador, apoyado por un equipo que arrasaba. Allí, la identidad de un equipo de fútbol generada por la mística de un entrenador, fue lo que condujo a Macri derechito a su sueño, el proyecto político.

As. Claro que Boca cambió. El club cerró las puertas a nuevos socios y, lejos de su identidad, se abrió a una suerte de elitismo y exclusividad, plasmado en la visita permanente de gente vinculada al desfile de artistas y turistas en La Bombonera.
“Dos anchos de espada no pueden estar en un mismo mazo”, decía el ingeniero en off ante sus periodistas amigos en relación a su distanciamiento con Bianchi en 2001. Ese año pasaron dos hechos que lo marcaron. El Topo Gigio, aquel gesto histórico de Riquelme ante el palco (donde ese día Macri no estaba) y luego de una goleada 6 a 1 a Lanús el ridiculizante desplante de Bianchi ante las cámaras de los principales medios del país cuando quiso dirimir la continuidad de un contrato a lo patrón de estancia.
Debido a los éxitos, para esa época, las peñas del interior se habían reproducido como panes. Hacía falta un hombre que las controlara. Jorge Amor Ameal había entrado a la política de Boca en el año 1985 de la mano de Alegre y Heller. Como otros históricos del club vieron en Macri a un joven con proyección y cruzaron la vereda. Entró como vocal primero en la lista del ingeniero, luego regenteó el Departamento de Compras del club, fue presidente de Boca Crece (una suerte de departamento de marketing) y presidente del Departamento de Interior y Exterior, el lugar en el que estaba en contacto con las peñas. Allí, Ameal acompañaba las excursiones de los jugadores y la barra brava del club al interior, que obtenía de esos viajes lo beneficios pactados con la dirigencia.
Aunque en algunas redes sociales dan a Daniel Angelici como socio de Huracán, el Tano es oriundo de La Boca. Supo acercarse a Macri y ganarse su confianza, a tal punto que regenteó la tesorería del club hasta que se opuso al último contrato que firmó Riquelme con Boca. Naturalmente, detrás de esa decisión estaba su jefe político. Había sido el mismo Macri quien, siempre tan atento a las encuestas, había repatriado a Román para jugar la Libertadores 2007, ganada por Boca. Fue el mismo Macri quien dejó al frente del club a su fórmula preferida, Pompilio-Ameal, aunque estuvo en todas las fotos de la Libertadores 2007, previas a las elecciones.
Allí Ameal y Angelici caminaron juntos en el camino que más cómodos se sentían, el del macrismo. Cuando murió Pedro Pompilio, las cosas cambiaron. Con el poder acéfalo en manos del tibio Ameal, todos pusieron la vista en 2011. El presidente quiso remontar el barrilete pero rara vez pudo. Tuvo que luchar con un vestuario descontrolado, técnicos sobrepasados y dirigentes cercanos que querían su poder.
Recién en septiembre, cuando el equipo comenzó a estabilizarse, se le animó a las urnas. En sus planes no estaba presentarse. Como las encuestas le daban muy por debajo del delfín de Macri se unió a dos enemigos. Uno de adentro, José Beraldi, otro de afuera, Roberto Digón. El apoyo del gobierno terminó por convencerlo.

Macri jugó fuerte. Angelici, un candidato al que no le sobra carisma y que ostenta slogans típicos de la pirotecnia PRO al estilo Durán Barba: “Vuelve la gloria”, “La mitad más vos”, es su apuesta. Sabe que perder el poder en Boca es perder la plataforma desde donde construyó su carrera política desde 1995 hasta 2007. De ese proyecto nacieron los dos candidatos que hoy representan intereses diferentes.

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Otras notas

  • Fueron años complejos aquellos para Boca. La multiplicidad de medios deportivos que fueron apareciendo luego de la llegada al poder de Mauricio Macri a fines de 1995, lo tuvieron siempre cerca del escándalo. Muchas veces fogoneado desde los nuevos diarios y las radios, y otras tantas incentivado desde adentro. Lo más recordado acaso sea aquella tapa del diario deportivo Olé luego de que Diego Latorre afirmara a principios de 1998 acerca de la interna xeneize:“Esto más que nada se parece a un cabaret”.

  • Griffa emigró al Atlético de Madrid cuando no era común hacerlo. Fue cuando terminó el Mundial de Suecia, en 1958, lista de buena fe en la que en algún momento estuvo. Cuando se fue al Español de Barcelona, diez años después, se había convertido en el extranjero que más partidos había jugado con la camiseta del Colchonero. Luego de su paso por el club catalán, hizo su primera experiencia con la Primera de Newell’s Old Boys como entrenador. Era muy grande para ser jugador y muy chico para ser técnico.

  • Fue en 1991. Estaba recién llegado de Colombia y decidió ir al teatro a ver a Les Luthiers, era una de las cosas que más extrañó en su largo paso por el América de Cali. Entró al Coliseo con su mujer, les cortaron el ticket y les dieron la ubicación. Estaba casi en el gallinero, no distinguía quién era quién en el escenario. Un golpe durísimo, Falcioni estaba acostumbrado a que en tierras cafeteras reorganizaran todo con tal de darle comodidad al lugar que fuese con su esposa, aun llegando sobre la hora.

  • Jugado­r de gran talento, hombre culto, medido y de bajo perfil, pasa a ocupar un puesto que quema.

  • La adrenalina de su adolescencia le pedía acción al pibe de Lugano, que se había cansado de ir a la platea. Tenía catorce años y su sueño era estar con la barra de Enrique Ocampo, “Quique, el carnicero”, alentando al Boca del Toto Lorenzo. Pero el líder no daba lugar a jerarquías menores. El chico decidió quedarse en la incipiente banda que se estaba formando a la derecha de donde estaban las banderas, liderada por un italiano de Catanzaro, llamado José Barrita. Corría 1978, Rafael Di Zeo tenía 14 años.

  • La película Fútbol Argentino, de Osvado Bayer, rescata algunos planos de José María Moreno, Adolfo Pedernera y Ángel Labruna, haciendo jueguito y escuela, enseñando los secretos de los malabares futboleros. La secuencia está grabada en el viejo Monumental y ellos están engominados, espléndidos. Dice la historia que aquel equipo, La Máquina, es la marca definitiva en River. Carlos Peucelle, quien además de un gran wing, fue el DT a quien se le atribuyó el funcionamiento de aquellos monstruos, solía decir con sorna: “¿A qué se debe el funcionamiento de La Máquina?