Nocaut
El brazo es la prolongación de unas ganas, la exacta y singular forma de una idea. Y es, al mismo tiempo, el cuerpo todo, un poco más allá todos los hombres, más aún toda la humanidad. Ese brazo, esa singular y exacta idea, está más allá de la negritud y la blanquitud (con el debido respeto del María Moliner), más allá de razas y de credos, parece, casi, si se lo mira detenidamente, un preámbulo constitucional. Dice, parece decir, ese brazo y todo eso que le sigue al brazo, “dale, levantate, dejame que te tire de nuevo”.
Un minuto antes. Es el 25 de mayo de 1965, en Lewinston, Maine (cerca del Atlántico, cerca de Massachusettss, cerca de Canadá, lejos de todo). Es la noche porque, se sabe, “el boxeo no es un deporte y bla, bla, bla”, y “el deporte es sol, el deporte es día luminoso y bla, bla, bla”. Entonces, es la noche del 25 de mayo de 1965 en Lewiston y ahí están dos hombres semidesnudos que van a arriesgar su vida frente a una multitud que oficia de público escondiendo su profesión de voyeur.
Uno de los semidesnudos arriba del ring es feo y bestial. No gana peleas, destroza a sus adversarios: se propone hacerles daño y lo hace, quiere dejar a sus oponentes destruidos para siempre y a veces, con sus jabs anunciados pero violentísimos (una manera de decir “te aviso que te mato”), lo consigue. Tiene una ajustadísima relación con la mafia y es negro fiel al poder que lo encadena como negro malo pero buen salvaje. Perdió hace 17 meses el título de campeón del mundo de los pesos pesados, y lo quiere recuperar sea como sea. Es, dicen, el boxeador al que más se le teme después de Joe Louis (otro gran peso pesado de la época de la sumisión negra). Se llama Sonny Liston.
El otro es alto, irónico y lindo. Apenas pasó los veinte años y pocos (hombres) le perdonan que haya tirado por tierra los parámetros de belleza masculina que lideran desde Hollywood para el mundo entero tipos como Paul Newman, Burt Lancaster, Sean Connery y Omar Sharif. A los doce años le robaron su bicicleta y, para recuperarla, comenzó su carrera de boxeador. Hace 17 meses, exactamente desde el 25 de febrero de 1964, que es campeón del mundo de peso pesado y todavía hace que no se da cuenta. O, tal vez, nunca se dio cuenta. O, mejor aún, es así porque se dio cuenta. Grita “soy el más grande” y no se equivoca. Dice, siempre gritando, “soy el más lindo”, y tampoco le pifia. Dice mucho más que todo eso. Él lo sabe, y el poder (blanco, negro, sobre el deporte o sobre la política) también lo sabe. Hace, claro, todo lo posible para que el poder lo tenga entre ceja y ceja. Hace poco menos de 17 meses, exactamente desde el 6 de marzo de 1964, que dejó atrás su nombre de esclavo, Cassius Marcellus Clay, y su religión prestada. Mira a los ojos de todo el mundo sin bajar la vista echando por tierra los siglos y siglos de dominación. Con sus grandes zancadas de negro enorme, se aleja paso a paso de lo que los blancos quieren de tipos como él. Y hace ruido con cada paso, otra cosa que molesta, y mucho, a los blancos. Pisa fuerte y recuerda que hace apenas cuatro días, el largo brazo del poder blanco (que en el camino se tornó negro para seguir siendo blanco y poderoso) mató a su amigo Malcolm X. Pisa y hace ruido. Es el mejor boxeador desde Sugar Ray Robinson, aquel genio loco que repetía y no mentía que nunca le había gustado la violencia. Incluso algunos entendidos dicen que lo supera. Es musulmán, ahora, y ahora se llama Muhammad Alí.
Un minuto durante. Ya no tiene el frasco de miel con el que apareció en todos los televisores en las semanas previas llamando al “oso feo” de Liston. Sabe, ahora, mientras da vueltas alrededor de ese osos feo y desorientado, que el box no significa de ninguna manera una metáfora de la vida, como repiten hasta el cansancio los que hacen boxeo debajo del ring. Sabe porque lo sabe, como sólo se saben las cosas trascendentales, que el verdadero oponente en ese rectángulo elevado y encerrado por cuerdas, calentado por cientos de lámparas y el furor de miles de energúmenos, es él. Y sabe, entonces, lo dicho, que el boxeo no es metáfora de vida. Que la vida es, en muchos momentos, como el box. Pero que, como dirá Joyce Carol Oates poco más de veinte años después resumiéndolo todo, “el boxeo sólo se parece al boxeo”. Sonríe, mientras sigue bailando alrededor del oso y del poder, anticipándose a lo que dirá el irlandés rebelde Barry McGuigan, “soy boxeador porque no pude ser poeta, nunca supe contar historias”. Baila y baila alrededor del oso, Alí.
El oso, Liston, pesado y enojado, sin poder comprender que su rival es él y no esa pesadilla que se mueve por todo el cuadrilátero, conoce el viejo apotegma del box. Se lo enseñaron de chiquito como una forma de ser piola a partir de saberlo: No te pueden dejar nocaut si ves venir el golpe de nocaut. Ni siquiera imagina que es falso, pero no le importa. Está muy preocupado por esa sombra que aparece y desaparece. Sabe que ya no puede recurrir otra vez a esa pomada que usó hace 17 meses atrás y dejó ciego por un instante al por entonces Cassius Clay. Sabe que el por entonces Cassius Clay se repuso en medio de los gritos y la catarata de agua en los ojos de su rincón entre el quinto y el sexto round y que después, en ese inmortal sexto round, le pegó como nadie lo había hecho. Sabe que decidió no salir al séptimo y ahí perdió el título con el por entonces Cassius Clay. Sabe que quiere recuperarlo, pero se pregunta por qué el por entonces Cassius Clay devino en este Muhammad Alí. Por qué son tan parecidos, se pregunta, y tan distintos. Va apenas un minuto de pelea, sabe Liston, e intenta entrar con su izquierda en el cuerpo de aquel que era Cassius Clay. Se pregunta, Liston, cómo hizo aquel que era Clay para evitarlo, recostarse un segundo en las cuerdas, girar hacia delante. Y entre las preguntas no ve venir esa mano descendente que le da de lleno en la sien. O la ve venir, quizás, pero no entiende por qué es Muhammad Alí el que está detrás de esa mano.
Desde el ring side, desde las cámaras de fotos, desde todos los televisores, desde las filmadoras más sofisticadas, sólo se ve una ráfaga, una mancha borrosa.
Nadie puede ver el cuello de Liston doblándose como se supone que no puede doblarse ni el pie izquierdo despegándose de la lona, del piso, de la tierra, del equilibrio. Chicky Ferraro, desde la esquina de Liston, sí lo ve: “El golpe liquidó a Sonny. Caído de espaldas, con los brazos hacia atrás, pestañeó tres veces, como tratando de volver”.
Volver. Liston está nocaut por ese golpe que no vio venir, o sí, pero lo noqueó igual. Dicen los entendidos que el nocaut es la pérdida del sentido. Pero hay quienes piensan que el nocaut es haber quedado fuera del tiempo, ese otro enorme rival de todos los boxeadores: los tres minutos eternos, la cuenta de diez como un paréntesis para saber si el noqueado quiere volver, la celeridad del minuto de descanso, los años que se van que se vienen encima, el fin. Liston, el poder blanco, el buen salvaje, todo está fuera del tiempo. Dentro del tiempo está Muhammad Alí, ese hombre, ese brazo que es la prolongación de las ganas, la exacta y singular forma de una idea que dice “sí”.

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