Olvidar que Hebe de Bonafini no es Sergio Schoklender es una operación política que nadie, ni siquiera el/la más acérrimo/a defensor/a de la cacerola batiente siempre y cuando la golpee “la chica que limpia en casa, pobrecita”, podía suponer. Pero se aproximan las elecciones presidenciales, y lo que hasta ayer parecía imposible, con el correr de los días se torna tan real como el terror a que los hilos del poder se sigan alejando de las manos de quienes los detentaban hasta no hace mucho tiempo. Entonces, las operaciones se hacen moneda corriente. Y los periodistas que tienen o buscan un lugar en los grandes monopolios de la información no dudan en machacar sobre los temas que les pidan. Poco les importó que la exigencia, esta vez, alcanzara a una figura que, hasta ayer, les servía para calmar sus efusiones democráticas. Antes, las Madres de Plaza de Mayo eran Las Madres y la señora de Bonafini era Hebe, insistiendo en una cercanía que los transformaba en “gente del palo”. Hoy, sus notas a pedido no se conforman con la investigación hasta las últimas consecuencias, ni con el dolor y la bronca ante la traición hecha pública por Hebe de Bonafini, ni con el pedido de justicia que la misma titular de Madres hace para los responsables de los actos de corrupción. Entonces buscan las voces que silenciaron a lo largo de tapas y tapas y tapas para que digan lo que ellos quieren. Buscan a Estela de Carlotto y a Tati Almeyda, a otras Madres, a otras Abuelas para que digan, para que descarguen pirotecnia. Y cuando no lo dicen, cuando esas mujeres hacen uso de esa dignidad que nadie les podrá quitar ni devolver jamás, porque nunca la perdieron, esos periodistas caen en el más nefasto de los aportes de los procesadores de texto: cortar y pegar. Entonces, Hebe es título “yo sabía todo”, y Estela es destacado “ella no pudo estar ajena” y Tati es frase mayúscula “hay que saber llevar el pañuelo”. Poco importa que la frase siga. O, mejor dicho, importa, y mucho, que la frase no siga. Hay un modelo de país en juego según esa frase siga o no siga hasta el final. Y el modelo de país que deben perseguir esos periodistas (eufóricos para que los dueños de los grandes monopolios de la información no les dejen de confiar sus sueños y dictarles órdenes para cumplirlos) se logra sólo si las frases de Hebe, de Estela, de Tati, de las Madres y de las Abuelas no llegan al final. Por eso, todos juntos, entrecomillan para embarrar esa dignidad que nadie, nunca, podrá quitar ni devolver.
