Tras algunos meses de idas y vueltas, Hugo Moyano finalmente decidió blanquear lo que era un secreto a voces: su intención de erigirse en un polo de atracción para un variopinto arco opositor que excede el mundo sindical y cuyo único objetivo explícito es conservar o acrecentar poder. El jefe de los camioneros y de la fragmentada CGT quedó casi en soledad. El acompañamiento mediático, en los hechos, contrastó con las deserciones sindicales y, en algunos casos, las acentuó. Hasta Daniel Scioli, que no dudó en aparecer con Moyano en una foto cargada de intencionalidad política, optó por un conveniente el silencio. Tal vez lo hizo espantado por las consecuencias de la embestida del camionero. En la práctica, la insistente demanda de Moyano para conseguir una suba del mínimo no imponible del Impuesto a las Ganancias, que más allá de la razonabilidad del reclamo no dudó en convertir en ultimátum, excedió largamente el marco de la paritaria gremial de los camioneros y, a diferencia de otros conflictos que condujo, la maniobra lo llevó a derrapar en el más complejo terreno de la política. Advertido, tal vez, de estas complejidades, es que a último momento lanzó, a modo conciliador, que estaría dispuesto a no presentarse para una reelección al frente de la CGT si el Gobierno acepta discutir sus reclamos.
Que Moyano sabe de su poder de daño constituye, a esta altura del conflicto, una verdad de Perogrullo. Sin embargo, unos pocos números no están demás. Con casi 200 mil afiliados, el gremio de los camioneros tiene injerencia sobre el 84% de todo lo que se transporte en el país. El dato contrasta con el 40% que exhiben los países desarrollados. Un dato que también habla del poder de la Federación de Entidades Empresarias del Autotransporte de Cargas (Fadeeac). No menos evidente es que Moyano no rapara en encuestas. El bloqueo a las plantas distribuidoras de combustibles y la convocatoria a un paro nacional con movilización a la Plaza de Mayo no hubieran sido posibles si auscultara mejor el humor de la sociedad. Pero también de buena parte de la clase política, incluidos muchos gobernadores e intendentes que vieron cómo en pocas horas la desmesura sindical los ponía en situación de alerta ante los reclamos de la población.
No se trató ya para los mandatarios de poner el hombro a las cuestiones fiscales, aunque estuviera en juego un impuesto coparticipable como es Ganancias. Ni para los atribulados jefes comunales de hacer frente a los posibles reclamos combinados del sindicato y la empresa de recolección de residuos Covelia. Los que sí auscultaron mejor el pulso social y político fueron algunos de los allegados a Moyano. La reacción de muchos de sus propios aliados explica en buena medida porqué en apenas veinticuatro horas Moyano mudó del sitial de jefe cegetista al más modesto liderazgo de los camioneros. Decisión que acompañó con una rápida retirada de los estudios del multimedios Clarín para volver a la siempre más segura trinchera sindical.
Moyano a contramano. Que la jugada de Moyano tuvo un fuerte contenido político lo prueba el arreglo que alcanzó con la Fadeeac, donde conviven empresas de diferentes tamaños, algunas de las que, según deslizó el Gobierno, serían propiedad de la dirigencia sindical. La versión, por ahora no probada, sería una suerte de heredad de los ’90, cuando no pocos sindicatos se pusieron traje y corbata al calor de las privatizaciones. Actitud que no tuvo Moyano, que desde el Movimiento de Trabajadores Argentinos (MTA) plantó bandera al frente al menemismo.
Historia al margen, el arreglo del 25,5% no acumulativo distribuido en tres tramos que consiguió Camioneros no dista demasiado del alcanzado por otros gremios poderosos. Acaso, y como consecuencia de la beligerancia de Moyano, no es tan bueno como otros. Por caso, el que consiguió la Unión Obrera Metalúrgica (UOM). Su titular, Antonio Caló, cerró en un nivel levemente superior tras una larga negociación que incluyó el acatamiento de una conciliación obligatoria, aun a riesgo de quedar expuesto a las críticas de un cuerpo de delegados moldeado en una tradición industrialista, que no es mejor ni peor, pero sí muy diferente al mundo del camión. En síntesis: si la pulseada se hubiera ceñido a lo salarial, la diferencia entre demanda y oferta se hubiera saldado mediante alguna suma no remunerativa. Una modalidad que ganó terreno en los últimos años y que permite que las empresas más rentables paguen salarios más altos sin arrastrar hacia exigencias de improbable cumplimiento a otras que no lo son tanto. Que no es la mejor estrategia está claro, aunque sí la más aceptada por sindicatos y cámaras empresarias.
Quienes transitan desde el Gobierno los siempre complejos temas económicos señalan que los reclamos de Moyano, a trazo grueso, colisionan con la estrategia de inyectar recursos en la base de la pirámide salarial. Afirman que no se trata de denunciar la existencia de una supuesta aristocracia obrera. Se trata, argumentan, de seguir impulsando una política salarial apuntada a los sectores que, aún cuando reciben los beneficios del trabajo registrado, no alcanzan a satisfacer la totalidad de sus necesidades y, en consecuencia, vuelcan la mayor parte de sus ingresos a la compra de bienes de consumo masivo. En esta línea de análisis, agregan que son esos sectores los que sostienen la demanda en un contexto de crisis global en el que la fortaleza del mercado interno se torna esencial para evitar la destrucción de puestos de trabajo. Como dato adicional subrayan que ante una situación de estrechez fiscal no es lógico que los subsidios al combustible que ayudan a la competitividad industrial se escurran por las hendijas de una negociación salarial que, como si fuera poco, tiene un alto componente político.
Lo que vendrá. En el Gobierno descuentan que el conflicto con Moyano seguirá. Aun después del próximo miércoles. Tal vez no ya con la virulencia que exhibió el jefe de Camioneros la semana pasada. Si caudales y combustibles fueron los bienes sobre los que disparó sus cañones, menos probable es que se decida a cortar la circulación de granos. La estrategia echaría por tierra la relación que cultiva por estas horas con las patronales del campo, como la Federación Agraria Argentina de Eduardo Buzzi, que anunció su concurrencia a la plaza de Moyano y prepara una suerte de rebelión fiscal en territorio bonaerense mediante la presentación de medidas cautelares. También es improbable que se decida dejar sin recolección de residuos a la docena de intendencias del conurbano donde actúa Covelia. La estrategia traería problemas a los jefes comunales y, por carácter transitivo, podría convertirse en un serio dolor de cabeza para Scioli.
Algo de la red tejida por Moyano durante los últimos tiempos emergerá el miércoles próximo en Diputados. El tejido se compone de retazos y, aunque no parece muy orgánico, seguramente concitará la atención de los medios empeñados en buscarle un mínimo común denominador al heterogéneo arco opositor. Si en el pasado fueron las retenciones, en esta ocasión será la cruzada por elevar el mínimo no imponible de Ganancias el elemento que aglutine. Mario Barletta, que hace lo imposible para mantener la cohesión de la UCR, ya le anticipó a Moyano que será de la partida. También se sumará la nueva liga opositora que, bajo el nombre Grupo de Acción Política para la Unidad , debutó haciendo público su apoyo al discurso de Moyano y reúne a referentes del PRO y al sector de la UCR que, capitaneado por el cordobés Oscar Aguad, tironea del centenario partido para llevarlo a una alianza con Mauricio Macri.
El armado, obviamente, se nutre del infaltable peronismo disidente. A varios de sus dirigentes los recibió Moyano en la calle Azopardo. Fue a principios de mayo. Horas después de conversar con algunos de sus armados, compartió con ellos una cena en la Casa de Galicia. El anfitrión, Octavio Frigerio, no pudo ser más explícito: “Los peronistas vemos con esperanza la lucha de la clase obrera que usted lidera por torcer el rumbo de una política equivocada”. Moyano retribuyó los elogios con una dura crítica al kirchnerismo. Unos doscientos comensales lo aplaudieron a rabiar. La excusa fue recordar el aniversario del nacimiento de Evita. Los sindicalistas Omar Plaini y Juan Carlos Smith acompañaron a Moyano y compartieron mesa con Abel Posse, Archibaldo Lanas y Mario Cafiero.
Hoja de ruta. La próxima estación, luego de la plaza del miércoles, será el congreso cegetista del 12 de julio próximo. Allí, de no mediar impugnación del Ministerio de Trabajo, Moyano espera ser reelecto por abrumadora mayoría. Alcanzado este objetivo, no es difícil imaginar lo que imagina el camionero: un futuro en el que el kirchnerismo se prepara a pasar las banderas en el contexto de un PJ dividido; terreno donde Scioli podría erigirse en el hombre a seguir. Los supuestos son muchos. Demasiados, se diría. En sus filas aseguran que no habrá fisuras. Sin embargo, que colectiveros, taxistas, aeronavegantes y conductores de locomotoras abandonaran la Confederación Argentina de Trabajadores del Transporte (Catt) parece desmentirlo.
En cualquier caso, las deserciones son una prueba de que sus planteos políticos están lejos de seducir a su propia tropa. Hace poco más de un año, Moyano pedía la reelección presidencial. Hoy, sus exigencias y estrategias hacen repensar a muchos. Más aún en un año signado por una crisis económica mundial de impredecibles consecuencias. Aún sus seguidores admiten que los merecidos elogios que ganó por su enfrentamiento con los líderes sindicales de los ’90 no alcanzaron para convertirlo en interlocutor privilegiado del Gobierno. Son los que reconocen que en su ascenso confluyeron varios factores. Néstor Kirchner fue uno de ellos; si no el principal. Bajo ese paraguas sumó poder.
Por el lado del Gobierno, no aparece como una preocupación central la división de la CGT. El análisis, en este plano, señala hechos innegables: desde hace varios años, los denominados Gordos no se hacen ver por Azopardo y los autodenominados “independientes”, fieles a su estilo, esperan con cautela. No menos cierto es, sin embargo, que quienes buscan desplazar a Moyano no lo hacen por amor al kirchnerismo. La cuestión tiene sus antecedentes. El “trasvasamiento generacional” encontró a muchos de ellos fuertemente alineados con la ortodoxia peronista. En la práctica, y más allá de las conquistas sindicales que hizo posible el rumbo que marcó el Gobierno desde 2003, nunca terminaron de digerir el sesgo ideológico de sus principales cuadros. Pragmáticos al fin, saben guardar las quejas y esperan su oportunidad. De Moyano los separan cuestiones pragmáticas. Con el kirchnerismo, las diferencias son ideológicas.
En síntesis, un panorama complejo. Las paritarias, está claro, quedaron ya en un segundo plano. La partida, ahora, se disputa en terreno político. Hacia futuro, parece difícil que alguien pueda cuestionar logros tan significativos como la recuperación salarial y la creación de cuatro millones de puestos de trabajo. Con semejante telón de fondo, la oportunidad y la virulencia de las exigencias de Moyano suenan más a una jugada política que a un reclamo racional encuadrado en el plano sindical. Retener el control de la CGT y convertirse en el aglutinante de la oposición parecen ser el norte del camionero. Para los suyos, una apuesta a mediado plazo. Para otros, un verdadero salto al vacío.

Tiempo argentino

