La casa de la calle América formaba parte de una pequeña urbanización que en México se llama “privada”, palabra que revela el crecimiento de la clase media urbana en la ciudad que Villa y Zapata rozaron con sus botas. En los años ’70, el diseño urbanístico de nuestro conglomerado de viviendas constituía un anticipo de la nueva conformación feudal del DF. Tenía cierto encanto porque los exteriores eran de ladrillos y los colores de las enredaderas invadían paredes y techos sin que verja alguna dividiera los terrenos del consorcio. Las buganvillas trepaban y caían por los muros y sus pétalos anaranjados, azules o morados se desparramaban sobre el césped de pasto duro.
No quiero ligar la casa de América con el relato que haré a continuación, pero ha sido convocada por un episodio muy significativo que tuvo lugar allí. Con los años, el recuerdo de la tristeza que me invadió tiene el tono de la luz que se filtraba, a una cierta hora, por las ramas del árbol de flores amarillas y nombre olvidado, y que penetraba a través de las ventanas de madera.
Era el 12 de noviembre de 1980. Aún no habían talado el árbol que pocos años después caería bajo el hacha de los jardineros podadores, una tragedia de la cual preferiría no tener que dar cuenta. Yo estaba guiando al portero en la colocación de un cuadro o de algún arreglo, cuando sonó el teléfono:
–Habla Fulana de Tal, la llamo para decirle que su padre murió este mediodía en Cuba.
La voz era desconocida, el tono desagradable.
–¿Cuándo, cómo? ¿Con quién estaba? –alcancé a preguntar, pero oí el sórdido estampido del tubo que se cuelga eliminando al interlocutor.
El portero entendió lo que ocurría y me preguntó si tenía que irse; le dije que no, que siguiera con su trabajo. Federico, que tenía entonces siete años, bajaba en ese momento por la escalera y escuchó la noticia. Yo sentí mucho que mi hijo menor se enterara de ese modo de la muerte de su abuelo, con quien siempre jugaba. Poco tiempo antes mi padre había llevado a mis hijos María y Federico a la juguetería más grande de México, un local de techos altísimos de los que colgaban autos, triciclos, muñecas, patines, máscaras y hasta alguna piñata. Lleno de maravillas infantiles. En medio de los juguetes, el abuelo gozaba como los niños. Elijan lo que quieran, les había dicho.
Hablé con Jorge, mi marido, con mi hijo Pablo, telefoneé a mis amigas Sara Melul y Mara La Madrid, y a esa altura me enteré de que ya lo sabía medio mundo.
Las primeras horas transcurrieron con bastante vértigo. Vino mucha gente a nuestra casa. Alguien preguntó por teléfono si yo no me opondría a que el velatorio fuera en el local del Cospa; respondí que no me opondría a que lo velaran donde lo prefiriera Delia, su compañera. Luego nos avisaron que los restos tardarían dos días en llegar desde La Habana a México, porque debían hacerse los trámites correspondientes. Finalmente, el cuerpo llegó acompañado por Delia, importantes miembros de la conducción del Movimiento Peronista Montonero y un grupo de personas devenidas militantes del movimiento en el exilio. Hubo un acto en el aeropuerto, adonde fuimos a esperarlo, luego un velorio multitudinario, del que participaron poetas que recitaban, políticos e intelectuales argentinos, mexicanos y del amplio exilio latinoamericano, que hicieron guardia junto a un féretro que solamente dejaba ver la cara pálida del muerto a través de un vidrio grueso.
Se le veía solamente el rostro. Cuando pregunté la razón, me dijeron que lo habían preparado un poco en Cuba para que resistiera uno o dos días, listo para la exposición en el velorio. No opiné sobre la organización del acto, sólo pedí que se incluyera un orador elegido por mí. Fue Carlos Marquis, quien había sido secretario académico de la Universidad Nacional y Popular de Buenos Aires durante el rectorado de mi padre.
Entre la multitud que asistió al velorio, se contaban varios hijos de amigos y compañeros. Entre ellos, estaba Alejandro, hijo de dos físicos argentinos exiliados, que tenía entonces unos doce años y que, dos décadas después, desde la ciudad de Nueva York donde vive, recordaba:
–Pregunté durante mucho tiempo ¿qué era eso?, ¿por qué soldaron la caja? Eso cuando murió, en el año ’80. En el velorio hubo un momento de mierda en el que nos hacen salir a todos... y era para soldar la caja. De modo que yo me acordaba perfectamente. [...] Sí, la cara la veíamos perfectamente. Por eso es que hicieron salir a todos a la mierda, cerrar las puertas de par en par y se quedaron dos adentro nada más, y no eran ni Adriana ni nadie de la familia; yo me acuerdo que entré por atrás y vi que estaban soldando y me quedó grabado para siempre porque era una cosa rarísima y a todo el mundo le pregunté: ¿se sueldan con autógena las cajas de muertos?
Concluida la ceremonia, nos retiramos, convencidos de que habíamos dejado a mi padre descansando en el Panteón Civil de Dolores de la ciudad de México, cerca de los más dignos sepulcros de personalidades de la vida pública mexicana.
Entonces me detuve largo rato en el recuerdo de un episodio ocurrido pocos días antes. Se presentaba mi primer libro, Imperialismo y Educación en América Latina, en la librería y café El Ágora. El local estaba en la calle Insurgentes, a media cuadra de Barranca del Muerto. El Ágora fue la pionera de las librerías-café que alcanzarían, tiempo después, una de sus mayores expresiones en la Gandhi, que llegó a constituir un emprendimiento verdaderamente “argenmex”. Mi padre había leído el libro foto-copiado, pero luego le llevé el primer ejemplar impreso, aún a medio armar. En esa ocasión él lloró, mientras lo retenía en las manos y alternaba la mirada entre la dedicatoria que evoca a mi hermano Sergio y el texto, cuyas páginas recorría haciéndolas pasar una tras otra con el pulgar. Una combinación fuerte. Ese día yo había entrado a su casa de contrabando, en uno de esos escasos momentos en los cuales estaba solo, violando la prohibición que cierto grupo residual de los Montoneros me había impuesto años atrás por considerarme demasiado crítica y demasiado liberal para visitar a mi padre quien, para entonces, ya vivía entre la diabetes y el alcohol tratando de soportar un breve tiempo más, o de acabar más rápido su vida, que se le había vuelto insoportable después de la muerte de Sergio.
Estábamos ya en noviembre de 1980, es decir que la contraofensiva había sido liquidada, aunque seguían actuando algunos de los dirigentes que sobrevivieron.
Le pedí a mi padre que viniera con Delia a la presentación del libro y aceptó contento. Unos días después me llamó diciendo: Nena, me pusieron una mesa redonda con un economista, a la misma hora y me avisaron que no puedo ir a tu presentación.
Sonaba angustiado. Le rogué que viniera. Vino. Llegó temprano, antes de que empezara el acto, y se sentó junto a don Enrique González Casanova, quien debía presentar el libro. Cuando don Enrique quiso dirigirse al frente, mi padre lo retuvo y le dijo: Enrique, te la dejo, por favor ocupa mi lugar. Me prepararon otra presentación de la cual no pude zafar.
Le habían armado una actividad de la agenda del MPM a la misma hora de la presentación de mi libro. Me dijo que se iría a Cuba al día siguiente. Me abrazó muy fuerte. Fue la última vez que lo vi.
Pocos meses después de la muerte de Sergio, en abril de 1977, mi padre había aceptado formar parte del Consejo Superior del MPM, expresión pública de la conducción montonera en el exilio, a la cual se habían integrado también varias figuras conocidas del camporismo, como los ex gobernadores Oscar Bidegain, Jorge Cepernic y Ricardo Obregón Cano, e intelectuales como Pedro Orgambide. No es mi intención analizar la complejidad de esa acción. Pero no puedo dejar de señalar que aunó muchos significados. Fue pensada desde la misma concepción militarista que inspiró la trágicamente fracasada contraofensiva: destacados políticos e intelectuales eran designados para que respaldaran públicamente el accionar de la organización y participaran de la campaña pública contra la dictadura, pero no se les daba acceso a la discusión ni a las decisiones medulares. En el universo ideológico de la conducción residual de Montoneros estaban ausentes la reflexión y el trabajo intelectual, acciones indispensables para elaborar una nueva estrategia política. La gran mayoría de los periodistas, escritores, artistas, que habían arriesgado su vida en la lucha armada y sobrevivieron, regresaban por caminos personales a su tarea intelectual, pedagógica y creativa.
Los desaparecidos y los presos se contaban por decenas de miles. Violeta, la esposa de mi hermano Sergio, estaba presa en la cárcel de Devoto. La conducción montonera seguía enviando militantes al país. Todavía, pese a que han pasado tantos años, me resuenan las palabras de un grupo muy joven que estaba de paso por México: Sabemos que vamos a morir, pero es por los compañeros, es por la Patria...
Cuando faltaban pocos días para que regresaran a la Argentina en el marco de la contraofensiva, la psicoanalista Marie (Mimi) Langer y algunos otros amigos les decían con desesperación: Paren un rato, hay demasiados muertos, reflexionemos, hay que proyectar de nuevo, ya basta de gestos heroicos. Sí, la Patria los necesita, pero con vida...
Los acribillaron en paradas anteriores a su arribo a Buenos Aires, o a poco de pisar el suelo argentino; muchos de ellos no superaban los 20 años... En el país fueron solamente una breve noticia en los diarios. Y luego, en el clima de liviandad de los años posdictatoriales, se percataron de que los que habían convivido con los campos de concentración de la dictadura eran sus vecinos, quienes habían circulado por las calles que rodeaban las catacumbas del genocidio sin verlas, incluso osando llevar en la luneta del auto el anuncio “Los argentinos somos derechos y humanos”. Ellos se permitirían una patética reducción de la realidad, en frases como “esa militancia, ¿estaba impulsada por el impulso tanático de los jóvenes de la época?”.
Marie Langer y Rodolfo Puiggrós se hicieron amigos durante el exilio mexicano. Recupero de mis recuerdos el tono de su diálogo, de sus reflexiones, a la vez que me apoyo en sus palabras escritas. Hablaban de la aniquilación o de las posibilidades de triunfo de la contraofensiva.
Cuando Rodolfo –convencido de que la dictadura caería y de que triunfaría la emancipación social, como resultado de la ofensiva– le preguntaba a Marie si el papel de los héroes podía agotarse en el análisis psicologista, Marie decía que todos los seres humanos que asumían una actividad apasionada, como la militancia política, quedaban sujetos a esa oscilación, que va de la búsqueda de lo vivo a lo inanimado, al principio mismo del Nirvana. Ella le recordaba, entonces, que uno de los motivos por los que se habían separado de la APA (Asociación Psicoanalítica Argentina) y fundado el grupo Plataforma había sido el reconocimiento de las determinaciones de la política. ¿Te acordás, Rodolfo, que Plataforma empezó en el Congreso Mundial de la Asociación Internacional de Psicoanálisis en Roma? Era 1969. El Congreso estaba cargado del clima del ’68. Pero los argentinos no solamente estábamos influidos por las discusiones que provocó el movimiento del ’68 en el mundo, también llevábamos con nosotros el Cordobazo, junto con la perplejidad frente al asesinato de Vandor, líder sindical dispuesto a pactar con los militares, ocurrido apenas un mes antes, en desafío abierto al gobierno militar.
Que la vía pacífica hacia el socialismo y hacia la liberación social resultaba completamente falsa era, sin duda, una de las certezas de mi padre. Una certeza que a Marie la había persuadido de que el psicoanálisis se volvía insuficiente para explicarlo todo y de que, frente a una guerra, con todas las letras, la existencia de Tánatos no bastaba para justificar sus causas, tampoco para evitarla.
La conducción montonera se había trasladado a Roma. Mientras tanto, en la Argentina todos los militantes políticos –integrantes o no de organizaciones político-militares– estaban acorralados por la dictadura. Esa situación incrementaba los agrupamientos cerrados, altamente solidarios en la vida y en la muerte. Lo cual no atenuaba la confianza en la derrota próxima de la dictadura, con el apoyo masivo del pueblo.
Cada victoria mínima era un triunfo frente al azar y habilitaba a imaginar la victoria final. ¡Qué jóvenes eran! La militancia armada se convirtió en el espacio de su socialización cuando advirtieron que debían luchar hasta por el boleto del colectivo y reconocieron la ausencia de otras opciones para ellos en la sociedad argentina de la época. Su pacto de sangre forma parte del universo simbólico de los adolescentes, pero en este caso la simbolización era imposible porque el vínculo se había establecido con otros compañeros, cuya prisión, muerte o desaparición estaban previstas en el mismo pacto.
La opción revolucionaria no era una fantasía. Hasta la Constitución obliga a los ciudadanos “a armarse en defensa de la Patria y la Constitución”, en su artículo 21. Por suerte, cada tanto en la Historia es posible imaginar y hasta llevar a cabo una Revolución. Pero ¿cuándo?, ¿cómo? En 1974, dos años antes de su ingreso al MPM, es decir, dos años antes de la muerte de mi hermano Sergio, mi padre decía respecto al MIR chileno:
[...] yo puedo inventar una plataforma de lucha maravillosa, pero si esa plataforma no corresponde a las necesidades inmediatas del país, esa plataforma es negativa. [...] Yo creo que el verdadero revolucionario es el que tiene los pies en la tierra. Hay un pensamiento del filósofo Hegel que dice: “Todo paso más allá de los límites no es una liberación”.
El fin del año 1980 fue muy triste para la colonia argentina en México, pues tuvo que velar en aquella tierra azteca a Rodolfo Puiggrós, al psicoanalista Horacio Scornick y al ex presidente argentino Héctor J. Cámpora.
Algunas semanas después de la muerte de mi padre, C. me citó en un bar del DF.
–Tenés que firmar unos papeles porque vamos a publicar las obras de Rodolfo.
–¿Quiénes?
-Saldrán prologadas por Firmenich porque le pertenecen –sentenció.
–No firmaré nunca porque no permitiré que saquen a mi padre de su propia historia.
–Murió como montonero –afirmó.
–Vivió como anarquista, como comunista, como peronista, como adherente a la izquierda del PRI, sesenta y nueve años, y en sus últimos cuatro como miembro del MPM. Lo pusieron preso en la URSS cuando iba para China por ser expulsado del PC y por la misma razón el PC cubano le negó la visa hasta hace pocos años –argumenté.
–Pero ahora es nuestro.
–Abriré el juicio sucesorio.
–¿Irás a la Justicia burguesa?
–Sí.
Aún puedo escuchar aquellas voces con acentos latinoamericanos diversos: ¡¿Cómo tú no dejas que se publique la obra de tu padre?!.
• Rodolfo Puiggrós. Por Adriana Puiggrós. Taurus.
Un día de 1987, en el cementerio de México DF, Adriana Puiggrós se percató, no sin asombro y dolor, de que su padre, Rodolfo, muerto en 1980, había sido embalsamado por un grupo político residual de Montoneros, sin consulta previa a la familia. Este hecho inicia la narración de la vida del ex rector de la Universidad de Buenos Aires, una figura clave del pensamiento político argentino entre 1930 y los álgidos ’70.
