Veinticuatro de junio de 2005. Copa de las Confederaciones, hotel Sheraton de Frankfurt. Suena el teléfono de la habitación de un colega que seguía de cerca el seleccionado. Es un jugador del equipo de Pekerman que lo saluda por su cumpleaños. Luego de unos minutos de charla, el defensor le pasa el teléfono a su compañero de pieza, Juan Román Riquelme, que también cumple años ese día, 27.
–¿Vos cuántos cumplís?, pregunta Román.
–34, responde el colega (la actual de Román).
–¡¡Nooooo!! Yo a esa edad espero estar echando panza y jugando con mis amigos al fútbol.
Querer. ¿Y si no quiere más? ¿Y si su cabeza se cansó un tiempo después de que se cansó su cuerpo?
Quizás analizándolo de esa manera, todo se volvería más simple. Tal vez intuyó que estaba arrinconado, en un vestuario que iba a estar vaciado de sus amigos, con un técnico que hubiera estado muy feliz si esto pasaba a días de su llegada y no a un año, y con un presidente que hace equilibrio porque sabe de lo que puede significar políticamente que el equipo pierda sus dos primeros partidos con Riquelme inactivo.
Tal vez la distancia, el paso del tiempo, permita ver la grandeza del jugador. Seguramente, en el podio de los ídolos más importantes del club, Riquelme fue un futbolista lleno de títulos, jugando con el ritmo y el talento que tenía el fútbol en blanco y negro en la época en que la gente va corriendo al cine a ver pelis en 3D. El tiempo también, tal vez haga entender que sus picos de rendimientos se produjeron con un técnico que llevara sus mañas, una ranchada propia en un vestuario siempre picante y un equipo que girara en torno a su manera de entender el juego.
Poder. Resulta notable cómo se maradoniaron las decisiones. Riquelme dijo que necesita hablar con sus hijos para saber si seguía, y Tinelli que los suyos le pidieron que no regrese a San Lorenzo. Tinelli fue quien motorizó durante la presidencia de Savino la llegada de jugadores con sueldos europeos que significaron el principio del descalabro del club. Muchos hinchas, sin embargo, lo ven como salida. Si el retorno de los ciudadanos a la política de la vida del país resultó uno de los factores del repunte, San Lorenzo debería espiar ese camino. César Francis, el abogado que encabeza la agrupación Volver a Boedo, lo ve así: “Que Tinelli se pronuncie adultamente respecto de lo que quiere hacer en San Lorenzo. Pero esto de andar deshojando la margarita y mantener en vilo a todos los socios representa una situación intolerable desde todo punto de vista (…) Se necesita pasión por los colores, no empresarios con ánimo de usufructo que no entienden el amor de millones de hinchas que hay
atrás”. Maravilla de síntesis.
Saber. Los juegos, por su parte, van en busca de transformar en medallas la asentada reactivación de las políticas deportivas en el país. Claro no siempre una y otra van de la mano. Un Cenard con vida, una Secretaría de Deportes todo lo cerca que puede de los atletas y el dinero que aparece a través del Enard a por el impuesto sobre los celulares para fomentar el deporte olímpico, no pueden eclipsar el atraso de 50 años de las políticas deportivas. Los resultados que se logren –y los que no– no dirán demasiado. Hay que quemar algunas etapas más. Los juegos, en este caso, suelen ser un enemigo cruel, ponen como contracara países donde el desarrollo deportivo es constante.

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