San Martín y Andresito Artigas
Santo Tomé está apenitas al sur de Yapeyú, las dos ciudades están en la margen oeste del río Uruguay. Andrés Guacurarí nació el 30 de noviembre de 1778, apenitas después que José de San Martín, el 25 de febrero de ese mismo año. Andresito era indio guaraní y el registro de su nacimiento se pierde: pudo haber sido en Santo Tomé o en San Borja, pero lo mismo da, porque cuando los jesuitas armaban sus pueblos lo hacían en las dos márgenes de los ríos y, en este caso, basta cruzar el Uruguay para saltar de uno a otro. El problema es que muchos piensan la historia con los límites geográficos que diseñaron los imperios (el español, el portugués o el británico), en vez de recuperar algunos elementos reales de la historia. Por ejemplo, que los jesuitas habían creado decenas de “reducciones”, como llamaban a los asentamientos religioso-administrativos que les organizaban la vida a los pobladores originarios. Lo curioso es que los caciques integraban los cabildos, más allá del proceso de asimilación de los guaraníes al catolicismo. Por eso, además de reducciones, los pueblos eran misiones. No todo era tan bucólico pero, por un par de siglos, las cosas fueron así en varios lugares de América, y los jesuitas estaban establecidos tanto en dominios portugueses como españoles. Es decir: los guaraníes vivieron bajo el dominio de los jesuitas en lo que ahora es el noroeste argentino, Paraguay y Rio Grande do Sul hasta que los jesuitas fueron expulsados por los reyes de Portugal y de España en 1757 y 1767, respectivamente. Nótese: hasta apenas dos o tres décadas del nacimiento de San Martín y de Andresito, que terminaron siendo dos generales de la Patria. De la Patria Grande, hay que subrayarlo. Los jesuitas fueron reemplazados por el sistema que regía en el resto de los dominios. La participación de los guaraníes, a partir de allí, fue prácticamente nula. Y las tierras que trabajaban los indios empezaron a ser ocupadas por los nuevos administradores. Hasta la vestimenta debía ser de cánones españoles y los indios debían andar con zapatos si estaban en los pueblos. Esas comunidades vivieron un retroceso feroz. Un sometimiento más fuerte. En ese nuevo contexto nacieron estos dos hombres.
¿Por qué todo el mundo conoce a San Martín y nadie a Andresito? Probablemente porque, más allá de su impactante historia, San Martín era hijo de un militar español, y Andresito era un indio. Bartolomé Mitre se ocupó de pintar a un San Martín genial como soldado pero jamás como estratega político y de cabal pensamiento americanista. Las intrigas de su pertenencia a la masonería pretenden desmerecer su determinación de no acatar el mando de la burguesía comercial porteña. El mitrismo se ocupó de mostrarlo salomónico: “No quería derramar sangre de hermanos”, cuando en realidad los unitarios lo dejaron solo en su determinación de ir a buscar a los soldados borbónicos vía Chile y Perú. Nótese: soldados borbónicos, porque San Martín tenía buenos vínculos con los españoles liberales que estaban en territorio americano. Es más, muchos de ellos desertaban para sumarse a una revolución antimonárquica. Del mismo modo que muchos de sangre india o criolla aceptaban estar en las filas del Fernando VII, devenido parte de la reacción conservadora surgida del Congreso de Viena de 1814. A San Martín, que le mandó el sable a Juan Manuel de Rosas, se lo designó como Padre de la Patria una vez que fueron vencidos todos los caudillos federales y masacrados los guaraníes paraguayos. Pero, ¿de qué Patria? ¿No será de una Nación Estado diseñada para servir al Imperio Inglés como el resto de las Naciones Estado que componen la todavía dividida Patria Grande por la que él peleó?
El Indio Andresito. San Martín dejó el ejército español en 1811 para emprender el sueño americano. Según el historiador Víctor Martínez, José Artigas conoció a Andresito en ese mismo año, “ya sea en Alto Chico o en el Ayuí, cuando dio reposo a la caravana de hombres y mujeres, ancianos y niños, que obstinadamente siguió al héroe desde las tierras del sur a las del norte…”. Hay que recordar que Artigas se había puesto al frente de la “provincia oriental” y no era separatista, sino federal convencido. ¿Por qué Artigas había mudado de sur a norte en lo que llamaron la “redota” (derrota)? Porque la corona española había mandado un virrey a Montevideo y la Junta de Gobierno había hecho un arreglo que dejaba a Artigas como “teniente gobernador, justicia mayor y capitán del Departamento de Yapeyú”. Artigas se instaló en el arroyo de Ayuí, cerca de Concordia, Entre Ríos. Dice Martínez: “Andresito se dejó ver en el campamento donde familias y tropas –en número de 4.500– soportaban estoicamente la estrechez y las necesidades”. Y agrega: “Ante la visión del éxodo de un pueblo en masa, hostigado por el portugués, en la sangre de Andrés Guacurarí debieron rebullir fragmentos de la historia de sus antepasados, narrados por los viejos indios del Guayrá”. A partir de allí no sólo fue un aliado incondicional, sino que el oriental le dio su apellido.
Así como Artigas fue mandado a las misiones en 1811, a San Martín lo mandaron a Cuyo en 1814. Bartolomé Mitre destiló un odio visceral contra Artigas; en cambio, a San Martín lo adecuó a su visión: San Martín quería instalarse en Mendoza, para poder cruzar los Andes, que era su obsesión. Claro, Mitre escatima el exilio interno y la falta de apoyo. En la inclemencia, el liderazgo de Artigas fue impresionante: reunió, en junio de 1815, a los representantes de la Liga Federal (Entre Ríos, Corrientes, Misiones, Córdoba, Santa Fe y “la Provincia Oriental”), salvo Montevideo, en el llamado Congreso de Oriente, que en Concepción del Uruguay declaró la soberanía. Es decir, fue un congreso federal el que declaró la independencia un año antes del congreso –unitario– de Tucumán. En ese encuentro, Andresito Guacurarí y Artigas (José Gervasio le había dado su apellido) era congresal y también ejercía el cargo de comandante general de Misiones.
Mientras el patriciado unitario porteño le daba la espalda a San Martín, negociaba con los portugueses que avanzaban sobre la Provincia Oriental. Y en la mesopotamia no faltaban problemas. Gaspar Rodríguez de Francia, gobernante de Paraguay, decidió ocupar territorios misioneros. ¿Quién alentaba al dictador Francia a avanzar sobre una región gobernada por los Artigas? Una carta enviada por Nicolás Herrera, secretario de Estado de Carlos de Alvear (director supremo y también proveniente de las misiones, pero devenido unitario porteño) pudo llegar a manos de Artigas y éste se la remitió a Andresito. El destinatario era John Parish Robertson, el agente británico que “casualmente” presenció la batalla de San Lorenzo. Literalmente, Alvear quería que Robertson hiciera “presente al doctor Francia que le dará 25 fusiles por cada 100 paraguayos que le remita de aquella provincia para reclutas de estos regimientos (los porteños)”. La carta es de marzo de 1815, cuando Francia ya mandaba ocupar las misiones. Artigas le remite a Andresito otra carta en la que, al final, le dice: “Incluyo a usted la copia de la carta que le prometí. Por ella conocerán los paraguayos que iban a ser vendidos como esclavos y que el doctor Francia ha tratado de intrigarnos con Buenos Aires, que de allí han nacido todas sus providencias paliativas. Esto es preciso para que sepamos si son amigos o enemigos. Usted saque bastantes copias y remítalas a los paraguayos para que se desengañen”. Conviene aclarar que el historiador Salvador Cabral da por verdaderas estas cartas y las desestima como guerra “de inteligencia”.
En este nivel de aislamiento y con enemigos tan poderosos, Andresito Artigas defendió esos territorios de las misiones contra los paraguayos de Francia, los portugueses del conde de Abreu que se lanzaron pocos meses después contra los federales de Artigas y contra los porteños unitarios. Aquel indio, casi desconocido hasta nuestros días por la mayoría de los argentinos, que creía en el dios de los católicos y hablaba guaraní, mandó hacer una fábrica de pólvora pero sus tropas tenían tan pocos fusiles que peleaban con lanzas y mayormente sin caballos. Sin embargo, durante dos años, esos ejércitos de indios pusieron a raya a sus enemigos. Las tropas portuguesas hacían la guerra con la crueldad de un ejército que quería exterminar a quienes resistieran y esclavizar a los sobrevivientes para enviarlos a las fazendas de los nobles portugueses que se habían instalado definitivamente en tierras del Brasil. En su reciente libro, Pacho O’Donnell transcribe un parte del general Francisco dos Chagas Santos tras recibir la orden de destruir a sangre y fuego las misiones occidentales. El general cifra los muertos de un combate en 3.190 mientras que los prisioneros eran 362: “Una guerra de exterminio”. En pocas semanas, redujeron a cenizas diez pueblos guaraníes que habían quedado de las viejas “reducciones” de los jesuitas. Esto sucedía a principios de 1817.
La guerra popular. ¿Cuál fue la reacción de Andresito ante la guerra de exterminio? El general indio resistió. Llevaba años peleando junto a su gente y no se rindió. En carta del 2 de noviembre de 1818, desde “el cuartel general de mis fuerzas libres”, escribió: “Conozco que os habéis distinguido tanto tiempo y con honor. Ahora os veo como hijos pródigos, padeciendo por amor a vuestra madre patria por veros libres de los tiranos y que andáis sin padre ni dueño ni Señor (…) Tal vez estéis en los montes y los desiertos. Dejad pues esas habitaciones peligrosas. Que por mí y por la patria seréis premiados (…) Este gobierno todo os asegura, el empeño y el esmero de que seréis salvos y libres, antes que doblar la cerviz contra el tirano. La muerte será una gloria, y el morir libres y no vivir esclavos que, como héroes, los posteriores cantarán”. Ahí finaliza este llamado. Nótese la apelación a los posteriores. Y de eso se trata la historia: de ocuparse de las invocaciones de un pasado que pidió a gritos luchar por la libertad. El general Andresito sabía que su misión era difícil, pero no dudó en continuar y consolidó de nuevo sus tropas. Con 2.000 indios en armas cruzó el río Uruguay para hacer frente a los portugueses y aliviar un poco a las tropas de José Artigas. Los de Andresito se cruzaron con el ejército esclavista y en San Nicolás tuvieron una victoria notable. Pero las comunicaciones con Artigas estaban cortadas y Andresito no sabía qué pasaba en el frente sur. Mientras movía su ejército, el general indio fue sorprendido por las tropas del conde de Abreu que los destrozan. El 24 de junio, mientras prepara una jangada para cruzar el río Uruguay, una partida esclavista lo toma prisionero después de herirlo y dejarlo fuera de combate. Se sabe que lo ataron con tientos húmedos y lo obligaron a ir a pie hasta Porto Alegre. A medida que se secaban las ataduras el andar se imposibilitaba. A partir de allí se dispersan los relatos. No se pudo determinar si murió en prisión o fue llevado como esclavo a hacer trabajo forzoso. Andresito es un desaparecido.
Al mismo tiempo que esto pasaba en las misiones, el gobierno porteño ya había decidido cortarle el apoyo al otro gran misionero. San Martín, mientras la historia de Andresito se pierde en las mazmorras del imperio portugués, lanzó una de las más vibrantes proclamas a los revolucionarios que lo iban a acompañar en los Andes. Fue el 27 de julio de 1819: “Ya no quedan dudas de que una fuerte expedición española viene a atacarnos. Los gallegos creen que estamos cansados de pelear y que nuestros sables y bayonetas ya no cortan ni ensartan. Vamos a desengañarlos. La guerra se la tenemos que hacer del modo que podamos. Si no tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos han de faltar. Cuando nos falten nuestros vestidos nos vestiremos con las bayetitas que nos hacen nuestras mujeres. Y si no andaremos en pelota como nuestros paisanos los indios. Yo y vuestros oficiales os daremos el ejemplo en las privaciones y trabajos. La muerte es mejor que ser esclavos de los maturrangos. Compañeros, juremos no dejar las armas hasta ver el país enteramente libre o morir con ellas como hombres de coraje”.
Pasados unos años, dos grandes líderes americanos morían en el exilio. Uno, el autor de este mensaje para la historia, José de San Martín, en Francia, el 17 de agosto de 1850. El otro, José Gervasio Artigas, en Paraguay. Apenitas 37 días después que San Martín.

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