Recordamos a Sarmiento por el gesto severo que nos devolvía su busto al entrar al colegio, como si nos reclamara por faltas aún no cometidas. Ahí está, según lo dicta la liturgia liberal, el infatigable fundador de escuelas y el formador de maestros; el exiliado y el periodista, el hombre de letras y el presidente. Pero también, como un dios bifronte, mostraba otra cara más oscura que pedía no economizar sangre de gaucho.
Representante lúcido y genial de una generación, Sarmiento encierra en sí mismo contradicciones tan fuertes como la pasión de su genio. Volcánico, extremista y exagerado, en sus raíces americanas confluye el ideal europeo al que aspiró desde joven y por el que luchó con la espada (poco), con la pluma y la palabra.
Su figura resulta tan difícil de encasillar como su mayor legado literario: el Facundo. En sus páginas, Sarmiento parece escribirse a sí mismo. La complejidad y poesía del autor se materializan en sus párrafos: si hay contradicciones, son sus contradicciones, si hay odio, es su odio, si hay talento, proviene de su puño y letra.
La Argentina en la que nos introduce está friccionada entre sus propios elementos constitutivos, incapaces de existir independientemente pero que se interpelan entre sí intentando dominarse uno a otro: por un lado la civilización, que engalana el espíritu europeo, el liberalismo, el imperio de la ley de la minoría culta; por el otro, la barbarie, representante de lo americano, lo colonial, la arbitrariedad y, según su mirada, el despotismo.
¿Será posible congeniar ambos espíritus en una síntesis criolla? Una primera lectura parece negarnos tal posibilidad. El Facundo se construye sobre un método antitético de extremos irreconciliables. La civilización se define por la barbarie y la barbarie por la civilización, cada una es lo que no es la otra. Lejos queda entonces cualquier estadio capaz de superar el antagonismo.
Pero en otros capítulos lo civilizado y lo bárbaro se entrelazan, como parte de un todo mucho más complejo que sus propias diferencias. Rosas, blanco principal de la afilada pluma sarmientina, resume en su persona el cálculo y el instinto, porque hace el mal sin pasión (Borges le dedicaría la misma definición al segundo Tirano Sangriento). Don Juan Manuel, entonces, reúne en su figura una extraña, paradójica y, por sobre toda las cosas, no deseada mezcla entre el imperio de la ley y el déspota.
Podemos arriesgar que Sarmiento miraba más allá del reflejo que el presente le devolvía. Para unir esas existencias independientes en un espacio que sirviera de encuentro, se debía dejar atrás a los obtusos y librescos unitarios y a los federales que reposaban anclados en pasados remotos. La nueva figura superadora era el mismo Sarmiento, el futuro estaba en el doctor montonero, como le gustaba hacerse llamar.
Para intentar comprender al Facundo no debemos caer en la tentación de aplicarle géneros inexistentes y anacrónicos para el tiempo en el que fuera publicado.
El Facundo es un libro de combate escrito con una altura inigualable. Por eso no podemos pretender de él exactitud, equilibrio ni corrección teórica. Allí no hay intenciones científicas ni académicas, es un escrito político, realizado con fines políticos en respuesta a ataques políticos.
¿Lo habrán leído bien quienes lo evocan hoy desde una visión ideológica descafeinada que busca eliminar el conflicto y la crispación? Los oráculos del odio se aferran a una imagen borrosa del prócer para llamar al espíritu de una civilización aparente, exagerada y caricaturesca que profesa el temor y la desesperanza de republicanismos vacíos y de modales como esencia.
Ante una genialidad de la literatura universal, poco vale su defensa o crítica. Tan sólo corresponde rendirnos en una actitud de apertura y compresión, aunque sea un ejercicio que a la larga nos presente la columna del debe mucho más abultada que la del haber. Como escribió Vélez Sársfield, “el Facundo mentira será siempre mejor que el Facundo verdad histórica".
Al final de sus días, más permeable a realidades americanas en las que pudieran convivir el gaucho con la ciudad, el hombre de San Juan se paró frente a la tumba de Quiroga en la Recoleta, y se confesó: “Mi sangre corre ahora confundida con la de Facundo, y no se han repelido sus corpúsculos rojos, porque eran afines”. Tenía razón.
