Schoklender en el ojo de la tormenta
En los pasillos de la Fundación Madres de Plaza de Mayo la noticia se sabía desde principios de mes. Sergio Schoklender, durante años el principal referente y apoderado de los proyectos de Madres, había dejado su puesto. El alejamiento se hizo en silencio: la construcción de cientos de viviendas para familias de bajos recursos no quería verse empañada con un cimbronazo mediático. La noticia se filtró casi veinte días más tarde. Durante la semana, los medios apuntaron a las extravagancias de Schoklender, y el tema trepó ayer a la tapa de Clarín y La Nación.
Desde Madres prefirieron el silencio. En su discurso del jueves en la plaza, en la ronda que hacen de forma semanal, Hebe de Bonafini hizo eje en un recurso que presentará en la Justicia planteando “la inhabilidad constitucional” de Mauricio Macri para postularse a jefe de Gobierno, ya que está procesado en la causa por las escuchas telefónicas. Sólo al final de su discurso regaló un párrafo dedicado a los medios que estaban a la caza de detalles sobre el escándalo. “Todo lo que pasa y todo lo que se dice –dijo Bonafini– y todo lo que se ve, pura basura, puro conventillo, puro puterío. Las Madres a eso no nos prestamos.”
Luego de esas palabras, los voceros y trabajadores de la Fundación prefirieron el silencio. Tenían sus motivos. A los intentos de utilizar el caso para menospreciar el trabajo social de Madres, se le sumaba un aspecto de no menor importancia: la separación significaba un enorme dolor para Bonafini, que considera a Schoklender uno de sus hijos.
La única versión oficial sobre el tema fue la difundida en un comunicado de prensa de la Fundación. “Hace ya varios meses –decía el texto– Sergio nos venía manifestando que su rol como apoderado de la Fundación y responsable de la Misión Sueños Compartidos se le hacía incompatible con el desarrollo de su proyecto personal y manifestó su necesidad de desvincularse”.
Fuentes cercanas a las Madres confirmaron en estricto off a Miradas al Sur que el alejamiento se produjo porque el apoderado “confundía su rol en la empresa privada con el de la Fundación, hasta que se volvió incompatible”. Sergio Schoklender es señalado como el dueño de la empresa Meldorek, cuyo lema es “Innovación tecnológica con compromiso social”. La empresa es una de las principales proveedoras de los emprendimientos de Madres, que construye viviendas sociales en varias ciudades del país. Las fuentes desmintieron que el alejamiento tuviera que ver con una pelea con su hermano Pablo Schoklender.
Un rumor –que hasta el cierre de esta edición nadie quería confirmar– indica que el pedido de que el apoderado de Madres se aleje de la Misión Sueños Compartidos había partido desde las más altas esferas del Gobierno, donde los manejos del apoderado de Madres no eran bien vistos.
Sus últimas apariciones fueron polémicas. En diciembre del año pasado, Schoklender salió en los medios acusando a los ocupantes del Parque Indoamericano de estar dirigidos por un grupo de narcos que también, según dijo, habían querido copar el obrador de la Asociación Madres de Plaza de Mayo. Luego de la represión y el brote xenófobo que despertó la toma del parque, sus declaraciones quedaron en evidencia como funcionales al pogrom contra los inmigrantes.
Su desembarco en el sur de la ciudad data del 21 de septiembre de 2006, en una de las primeras ocupaciones de tierras que encabezaron las familias de Villa 20. Después de una violenta represión policial, Schoklender llegó al barrio y encabezó las negociaciones para comenzar un plan de viviendas. Las organizaciones sociales de la zona descubrieron con estupor que su interlocutor en el territorio era Marcelo Chancalay, hoy puntero de Macri y señalado como uno de los matones más antiguos de Villa 20. La primera acción de Chancalay en esa etapa fue amenazar con un arma a un referente de los vecinos. Luego del hecho, varios referentes le pidieron una reunión a Schoklender. “Entre organizaciones populares –le plantearon– no nos podemos hacer esto.” Del otro lado la respuesta los dejó helados. “Yo les aconsejo –les respondió Schoklender en tono amenazante– que no se pongan adelante.”
Las denuncias en su contra también provocaron un escándalo en Chaco, donde Emercindo Sena, un histórico dirigente social, lo acusó de desviar materiales para la construcción de 500 viviendas en esa provincia. Según Sena, el propio Schoklender había ordenado desalojar a tiros a un grupo que había ocupado las únicas viviendas construidas.
Schoklender respondió con dureza: denunció al dirigente por trata de personas y reducción a la servidumbre. La Justicia desestimó la causa por falta de sustento, pero lo curioso fue que los medios locales deslizaron que todo se había hecho en un marco de miedo. “No fue fácil para el fiscal no satisfacer los deseos de Schoklender”, decía un diario local.
No era la primera vez que expresaba temor ante su figura. Condenado junto a su hermano por matar a sus padres –en teoría ligados al tráfico de armas–, Sergio Schoklender pasó varios años preso en las cárceles de Caseros y Devoto, donde se convirtió en un defensor de los presos y forjó una personalidad tan dura como arrolladora. Salió en libertad con dos títulos universitarios y otras dos carreras casi terminadas. Hebe de Bonafini lo acogió en su casa y lo nombró su hijo. Muchos lo acusaron –siempre en voz baja– de usufructuar ese amor incondicional en beneficio propio. De gustos suntuosos, que nada tienen que ver con la ética de un militante por los derechos humanos, acumuló una fortuna que incluye un yate, una mansión, un Mercedes descapotable, y negocios que van desde la ya nombrada Meldorek hasta una intervención durante un conflicto entre puesteros de La Salada. Enfundado en sus eternos trajes negros, durante los últimos años Schoklender pareció moverse como una sombra debajo del enorme pañuelo blanco de las Madres. Una sombra que nunca pudo oscurecer el amor.
