“Si uno no persigue lo que se tiene adentro se va para cualquier lado”
Dentro de un rato cruzará al teatro y se abocará a la rutina. Tiene una colchoneta donde se tirará con ropa cómoda, de ensayo, elongará, hará unos ejercicios (rutina que arrastra hace años) para mover la mayor cantidad de partes del cuerpo y estar ágil y dinámico, trabajará la voz para tener matices y, mientras hace ese trabajo, buscará razones que lo inspiren, que le gusten, que le han pasado, las que lo harán subir al escenario. Los más escépticos le auguran aToc Toc un par de años más a sala llena en el Multiteatro. Pero ahora, a un par de horas de la función, se sienta a tomar un café en el sofisticado hotel de enfrente. Mauricio Dayub se muestra feliz y tranquilo ante el barullo del éxito. ¿Es el famoso entrerriano zen?
–Vi Toc Toc a una semana del estreno, con la sala llena de “público común”, el único garronero era yo. Gritaban ahogados de risa, aplaudían, pataleaban. Ahí vi el estruendo del éxito.
–Esos son los detalles lindos de esta profesión, porque en Toc Toc no hubo tiempo para el boca a boca. Ya la habían visto doscientas personas cuando saltó el boca a boca. No se cumplió la regla. Reventó el teatro el primer día que abrimos y pusimos el cartel de no hay más localidades. Eso a mí no me ocurrió nunca, ni escuché que fuera algo tan común. Pasamos a la sala más grande, agregamos funciones, nunca hicimos una sin agotar las localidades, increíble…
–¿Cómo apareció el proyecto?
–Hace mucho que quería alternar mis trabajos con alguno en la calle Corrientes. Me lo sugerían los amigos, mucha gente que me rodeaba. A mí me gusta lo que hago y lo que hice hasta acá. Crecí y me animé a todos los roles del teatro, escribiendo, actuando, dirigiendo, produciendo. Pero tenía ganas de descansar del esfuerzo que significa tener todos esos roles, tantas responsabilidades, y cumplir mi rol original y el que nunca perdí: ser actor. Tenía ganas y estaba en el momento ideal, porque todavía no me había puesto a escribir una nueva obra. Empecé a leer Toc Toc , que me había pasado el productor Sebastián Blutrach, y me sedujo desde la primera escena. Además había que ser muy expeditivo en la respuesta porque se empezaba a ensayar en una semana…
–Y llegó el sí fácil…
–Después de esa primera escena supe que me iba a costar mucho decir que no. Pero nunca pensé que estaba eligiendo un éxito así.
–¿Entró rápido al personaje?
–No. Ensayamos dos meses, no menos de seis horas todos los días, y me costó muchísimo llegar al rol. A cuatro días del estreno, llegué al ensayo y la directora Lía Jelin le estaba hablando de alguien al asistente mexicano, le decía que era muy buen actor, incluso escribía, producía, pero había que esperar, ella también estaba sorprendida… Yo no daba pie con bola y les decía que me tuvieran fe, me costó muchísimo. Pero dos días antes del estreno cerraron todas las dudas que tenía y se armó.
–¿Qué fue lo que se destapó?
–Yo quería torcer algo de lo que había. Toda esa cosa infantil que le puse al personaje no la tenía. Cuando eso pudo cerrar y gustó a los compañeros, a la directora, con la que nunca había trabajado, ahí sí me convencí. También era verdad que hacía más de diez años que no trabajaba con un elenco, lo coral me dispersaba mucho. Yo estaba muy acostumbrado a trabajar construyendo la totalidad a mi manera, acá tenía que hacer sólo mi rol y me costaba hacerlo crecer en conjunto, me adaptaba a lo que había, pero no me fue fácil.
–Hoy puede sentirse conforme…
–Me encanta lo que hago, no tengo ninguna duda de que estoy al máximo de lo que puedo dar. La enfermedad de mi personaje, el síndrome de Tourette, no ayuda a la comedia, es un drama para quien lo vive, entonces lo tiempos reales del Tourette me alejaban de la comedia, metía tarde los pies, entraba en una especie de crisis melancólica que no servía para esta obra coral, no era funcional a un espectáculo tan vertiginoso, de tanto bocadillo, que ya tiene una estructura, una forma de la que no hay que salirse porque evidentemente funciona como funciona con el público.
–La risa excesiva de los espectadores, así como puede alterar el ritmo de la comedia, ¿puede cebar de más al actor?
–Bueno, hay reglas. Las dio Lía, que tiene mucha experiencia en el humor, y que compartimos, porque todos escuchamos decir muchas veces a los cómicos que si uno lo deja terminar de reírse al público corre el riesgo de que se aburra y le den ganas de irse. Una regla es no dejarlo terminar de reír, obligarlo a volver para volver a reírse.
–¿A la tele también le venía diciendo qué?
–Me convocaron de la misma producción donde había hecho un programa, y dije que sí un poco porque el mismo productor me había ofrecido algo antes y le había dicho que no. Grabé una participación en Un año para recordar. Están muy bien los libros, el elenco, se trabaja muy cómodo. Y estoy empezando a volver a mi rutina de observar y pensar para escribir.
–Como hizo con Ramírez, aquel ciclista real que fue la semilla de su obra El amateur.
–¡Claro! El trabajo del actor tiene más que ver con observar que con ser observado, sin embargo pareciera que el actor lo que hace es mostrarse, exhibirse, y yo creo que cuando uno más se expone, más se muestra. Yo trato de tener una vida personal que me permita mucho más observar que ser observado, porque ser observado es ese rato que la gente viene a ver la obra, nada más. Después uno tiene que estar en condiciones de escuchar una conversación… ¡Me acuerdo de una, en un bar! Paula (Siero, su mujer) me decía “basta vámonos”, y yo, “¡pará, que de esto va a venir algo inolvidable!”. Eran dos señoras muy mandadas, estaban leyendo algo del Che Guevara, doble página en una revista, y yo veía que lo hacían con desprecio, ellas eran lo opuesto, por la ropa y las formas, y una de ellas dice: “Tanto hablan del Che Guevara, como padre abandonó a los hijos, como médico casi no ejerció”. Y la otra: “Y como guerrillero lo mataron enseguida”. Esas cosas son increíbles.
–Buenos Aires tiene muchas de esas cosas.
–Y de las otras también. Te podés encontrar con el mejor director de Buenos Aires y no sabés cómo se llama y te podés encontrar con el mejor autor de Buenos Aires estrenado afuera, que ganó todos los premios. Es inquietante eso de ser como una bolsa. A mí me gustan las cosas mas sólidas, más hechas con el tiempo y con una línea que si vas por acá se llega hasta acá, porque lo otro, cuando es al voleo, te puede defraudar mucho.
–¿Por dónde se mueve hoy, cuál es su circuito?
–Vengo al teatro, ando un poco por Corrientes, y Palermo. Me armé un circuito de calles y de bares que se parece mucho al de mi infancia en Paraná, porque allá siempre andábamos por los mismos lugares. Vivíamos a unas quince cuadras del río.
–¿Lo usaban?
–Mucho, todo te llevaba al río. Allá empezás a caminar y te vas para abajo, terminás en el río. Te querés hacer la rata y el mejor lugar es el río. La tarde con los amigos es para ir al río. Y me gustaba pescar. Era un programa familiar, pero también con amigos, hacernos los pescadores de temprano y levantarnos a las seis de la mañana, para vivir el rocío, el frío, todo eso.
–¿Cuándo vino a Buenos Aires?
–En 1983, unos meses antes de que llegara la democracia, estaba un poquito feo cuando me vine.
–¿Y hoy qué tipo de energía social ve, cómo observa a la gente en la actualidad?
–La gente está demasiado influida por lo que se dice en los diarios, fundamentalmente en la tele. Está muy lejos de la verdad, preocupada por que no la pasen, por arrimarse a los que ganan. Creo que si hubiera un poco más de instropección, se cumpliera con la intuición, se hiciera más lo que se siente y se espera, estaríamos mucho más serenos y confiados.
–¿Hoy cuál es el peligro?
–Que cuando no se persigue lo que se tiene adentro se va para cualquier lado. Es como cuando hablábamos de teatro, si alguien no persiste en algo, pierde. Yo aprendí a hacer teatro en Santa Fe y fui sumándole mis creencias, mis convicciones, mis conocimientos, a la forma que me enseñaron los maestros con lo que empecé a trabajar, entonces cuando subo al escenario subo con la hinchada del equipo de mi pueblo, y salgo a hacer la función con cierto respaldo. Si no tengo nada de eso, para qué salir. Me faltarían esas creencias.
–¿Carecemos de algo o lo perdimos?
–Yo creo que hubo una época muy potente, que no viví, pero cuando escucho sobre ese tiempo, se parece a lo que yo siento que falta. Creo que en los ’60 hubo una creencia de que las cosas eran de determinada manera y había gente que seguía eso por convicción, porque creía que así era mejor. En esta época los hechos son más variables y pasamos de una cosa a la otra casi todo respladado por la buena o la mala onda, que es de lo peor que se inventó en los últimos tiempos…
–¿Qué cosa?
–La distinción entre buena onda y mala onda. Porque atrás de la buena onda vale todo y atrás de la mala onda se perdió la exigencia, la idoneidad. Si me tienen que operar no quiero que el médico tenga buena onda, yo quiero que sepa operar. No puedo preguntar si el doctor tiene buena onda. Me interesa que sea idóneo, que sepa, que esté interesado, que estudie, que trabaje. Se pierden un montón de cosas detrás de esa división “buena onda” y “mala onda”, es una porquería, no sirve. Hay una frase buenísima que esclarece esto, en criminalística dicen “El tiempo que pasa es la verdad que huye”. Detrás de esa división estamos dejando escapar montones de virtudes que son muchos más interesantes que la buena onda.
• EL CONVITE. Chacarerean Theatre
Nicaragua 5565, 4775-9010. Teatro, tragos, tapas. Allí se puede ver Pasión inútil, con Mex Urtizberea (sábados a las 21) y Shangay, de/por/con José María Muscari (jueves y viernes a las 21, sábados a las 23.30 y domingos a las 21).
–Somos cuatro los dueños. Yo convoqué a los tres y les dije de hacer un teatro: “Va a ser así, se va a llamar así, vamos a hacer esto y aquello”. Charlamos, nos dividimos las tareas, y lo hicimos. Todos tenemos el mismo porcentaje de todo, nunca nos peleamos: el Puma Gabriel Goity, Luis Sartor, Martín Cortés y yo; una sociedad de ocho años, y seguimos, no sé cuánto más porque en estos cuatro años cambió mucho la imagen de mi razón por la cual tener el teatro. Yo quería ponerlo como en el fondo de mi casa, pero la actualidad ya no me deja. Para todo tiene que intervenir la contadora, el abogado, estar a tiro de las inspecciones, del Gobierno de la Ciudad, de Rentas, de la Municipalidad, lo pone al trabajo en un lugar que ya no es el que yo quería.
–Encima hay que vender entradas…
–Es irónico, pero llega un momento donde el dinero domina demasiado la elección de todo, ahí es donde predomina el proyecto de tener un teatro donde en lugar de elegir vos, elige la boletería, se te tuerce el norte, cambia el objetivo. La exigencia de tener que vender tantas entradas te hace elegir determinada programación.
• POLÍTICAS. Ser o no ser K
Hay una división estúpida en eso de estar a favor o en contra del Gobierno. Nos hace perder otras cosas más importantes; no ayuda a discriminar lo realmente bueno de lo que no lo es. Yo me animaría a decir que Kirchner era un poco así: necesitaba saber, antes que nada, si tal o cual estaba a favor o en contra. Un poco como decía Perón: ‘Al enemigo ni justicia’. Creo que ese ‘sos de los nuestros o no sos de los nuestros’ en el fondo denota cierta inseguridad. También es verdad que para construir un país como el nuestro debe ser muy difícil implantar una idea para avanzar. Pero me parece un signo de inseguridad si uno necesita tanta aprobación de los que lo rodean, tal vez lo que uno quiere llevar adelante no es tan sólido. A mí esa división tajante me dejó afuera de entrada. Puedo hablar de las cosas que me gustan del Gobierno y de las que no. Pero si me preguntan si soy o no soy K, ya no me interesa, las divisiones no me gustan. Me costó demasiado escribir El amateur por eso, la esencia de esa obra era que cualquiera podía llegar a cualquier lugar, si hacía el esfuerzo suficiente. No si era o no era: de hecho los personajes, para el público, no podían lograr nada. Sin embargo, la emoción potente que tenía era porque veían que de la nada podían lograr mucho más de lo que ellos mismos pensaban.”
(Toc Toc ¿Cuál es el tuyo?, de Laurent Baffie, dirección de Lía Jelín, puede verse en el Multiteatro, Corrientes 1283, miércoles y jueves 20.30, viernes y sábados 20.30 y 22.45, domingos 18 y 20.30. Con María Fiorentino, Daniel Casablanca, Melina Petriella, Eugenia Guerty –en reemplazo de Gimena Riestra por embarazo– y Diego Gentile).
