Siria se desangra
A casi once meses de iniciadas aquellas protestas pacíficas que llevaron a las calles de muchas ciudades sirias a miles de personas en reclamo de reformas políticas, económicas y medidas contra la corrupción, Siria se desangra.
Según el último balance de la ONU, cerca de seis mil personas han muerto ya en los enfrentamientos entre las fuerzas leales al régimen de Bashar al Asad y la oposición. El llamado Ejército Siria Libre asegura contar con cerca de 15 mil hombres, muchos de ellos soldados suníes, comunidad mayoritaria en un país dominado por la minoría alauí. Por otro lado, el régimen cuenta con cerca de 300 mil soldados y 100 mil miembros de la milicia del partido oficial, el partido Baaz.
A fines de 2010 habían comenzado los primeros brotes de la primavera árabe en Túnez y Egipto, que terminarían meses después con el derrocamiento de sus respectivos tiranos, Ben Ali y Hosni Mubarak y el efecto dominó siguió avanzando sobre varios otros países del norte de África y Oriente Medio. El autócrata Bashar al Asad se jactó en aquellos momentos de que eso no sucedería en Siria, porque a diferencia de países como Egipto, su régimen sí había enfrentado siempre a Israel y había defendido al pueblo palestino y a organizaciones malditas para Occidente como Hamas, en la Franja de Gaza, Hezbollah en el Líbano, o países como Irán.
Pero la diferencia de su régimen en la agenda exterior, su defensa del nacionalismo árabe y su postura antiimperialista –que llegó a confundir a un sector de la izquierda internacional– no significaba que no fuera una dictadura. La represión de su régimen, como lo hizo primero el de su padre, cercenó todo tipo de libertades en Siria desde 1970. Cuando Bashar llegó al poder en 2000, tras la muerte de su padre, prometió una serie de reformas que concitaron la esperanza de sus ciudadanos que creyeron que finalmente llegaba el cambio. Pero no fue así, las promesas se incumplieron, la represión contra todo tipo de oposición fue asfixiante. La censura a la prensa, la falta de libertad de asociación, la persecución y tortura a los detenidos fue una constante. La afiliación al oficialista partido Baaz (Partido del Renacimiento Árabe Socialista) se convirtió en la única puerta para acceder a cualquier cargo de la Administración. La corrupción del régimen y la crisis económica hicieron el resto. Bashar al Asad desaprovechó también su oportunidad de cambio y supervivencia de su régimen en 2010, cuando comenzó la Primavera Árabe.
Posteriormente, el 15 de marzo de 2011, miles de personas salieron a las calles de Damasco y otras importantes ciudades en respuesta a la convocatoria de celebrar un “Día de la Ira” hecha a través de Facebook por un grupo de activistas que se autodenominó “The Siryan Revolution 2011”.
A las protestas pacíficas, Al Asad respondió con represión, convencido, como antes Khadafi en Libia, que la población y el Ejército estaban con él. Pero las manifestaciones se hicieron cada vez más numerosas, la gente perdió el miedo y salió a la calle, a pesar de que cada protesta terminaba con muertos y detenidos. Bashar al Asad calculó mal no sólo los apoyos con los que contaba en su país, sino que minusvaloró también cómo se moverían las grandes potencias.
En su momento, Siria había sido incluida ya en el “eje del mal” por George W. Bush en mayo de 2002 acusándola de apoyar a grupos armados en Gaza, Líbano y por su relación con Irán. Desde mucho antes datan los intentos de Estados Unidos por derrocar a la dinastía de los Asad, al frente de uno de los pocos estados oficialmente laicos de la zona, con veinte millones de habitantes y colindante con Israel, Jordania, Turquía, Irak y Líbano. La neutralización del régimen sirio facilitaría extremadamente el cerco contra Irán.
A pesar de ello, sólo un par de años atrás, hasta poco antes de que empezara la Primavera Árabe en la región, parecía que Occidente se había terminado por convencer de que Al Asad podía ser domesticado, tal como hizo en los últimos años con Khadafi. El tenerlo de aliado podía facilitar mucho las cosas en Oriente Medio. Y fue así que comenzó una cierta rehabilitación del régimen sirio. Por Damasco pasaron líderes como Nicolas Sarkozy o José Luis Rodríguez Zapatero, además, Barack Obama volvió a acreditar un embajador.
Pero poco después llegaría la Primavera Árabe y Bashar al Asad actuó como actuó. Occidente, tal como hizo antes con Khadafi, esperó a dar su apoyo abierto a la oposición hasta que confirmó que esta se desarrollaba cada vez más, que se iniciaba un proceso de guerra civil y que el régimen tenía sus días contados.
Sólo a partir de ese momento las grandes potencias occidentales cambiaron oportunistamente su discurso, al igual que hicieron antes con Khadafi y antes todavía con Mubarak o Ali.
A pesar de ello, la situación es diferente a la que se vivió en Libia y Occidente sabe que no le sería fácil repetir la nefasta intervención militar que tuvo en ese país.
En este caso, Rusia está por medio. Antes era la Urss la que apoyaba a Siria, como lo hizo también con el Irak de Sadam Husein –los Asad y Husein provienen del mismo tronco partidario, el partido Baaz– y ahora es la Rusia de Medvedev y Putin la que lo apoya y veta cualquier resolución condenatoria por parte del Consejo de Seguridad de la ONU. Rusia no sólo es un importante socio comercial de Siria, sino también su principal proveedor de armas, y para Moscú es vital poder seguir manteniendo su base naval militar en el puerto sirio de Tartus, la única que conserva en el Mediterráneo.
Una vez más se reproducen los fantasmas de la Guerra Fría, una vez más Israel se frota las manos ante la posible caída de otro enemigo, pero temiendo al mismo tiempo que a éste lo suplante un gobierno islamista. E Irán, expectante, amenaza con no quedarse quieto si Siria es atacada por Israel o por la Otan.
Los intereses de unas y otras potencias agudizan la tensión, mientras la gente de a pie de Siria, como antes la de otros países de esta convulsionada región, se juega la vida en la calle reclamando libertad y justicia.
