Cambiaron el aspecto de los bares en Buenos Aires. La televisión del deporte sigue firme, pero se miran los Juegos. Continúa siendo la actividad deportiva parte fundamental del gancho de la TV. Ahora, con derechos compartidos, ya no sólo TyC Sports (lo hace por primera vez las 24 hs) y la TV Pública ofrecen los Juegos. También están en la pantalla de DeporTV, el nuevo canal de deportes de la Televisión Digital Abierta, en Espn en dos señales y en DirecTV, que lo distribuye entre seis canales propios.
El deporte reproduce lo que el resto de la TV envidia. Heroísmo, esfuerzo, emoción, épica. Además, lo hace en vivo. No hay operación de prensa, guión ni equipo de marketing que pueda mejorar lo que pasa en un Juego Olímpico.
También el deporte argentino representa un montón de gente luchando, desde el anonimato, en el día a día, con miles de obstáculos y una meta lejana, difícil, donde no siempre gana el que más labura y mejores condiciones tiene. Tal vez esto genera empatía entre nosotros y esos pibes que lanzan, reman, corren, tiran, bloquean o bracean.
Opinión. El ninguneo a los resultados obtenidos (a los diplomas alcanzados, por ejemplo) viene de quienes desconocen el esfuerzo ajeno y que ignoran profundamente la historia del deporte argentino.
Algunos de los informadores de los canales de cable de noticias y otros tantos panelistas de los magazines de aire y cable (esa curiosa variante de lo que era el periodismo), instalan a los deportistas argentinos como pechos fríos, carentes de talento o faltos de laburo. Su verdadera especialidad, la economía de pensamiento, les ofrece un mundo partido: somos todos ganadores o perdedores, buenos o malos, laburantes o vagos, dominantes o dominados, monopolizantes o monopolizados. Blanco o negro. El hecho de ejercer opinión propia y de sentar postura, mayormente despojada de construcción informativa, representa en TV lo que el comodín al Chin Chon. No importa el arco político del que vengan o a los intereses que representen. Cualquiera que maneje léxico fluido y discurso articulado puede opinar de un arco que cubre desde la marca de Germán Lauro, hasta la pesca de atún en Cerdeña. E inclusive lo puede hacer con una autoridad de asombro, impactante a los ojos de las personas más entendidas del tema.
Y eso que no es muy difícil de deconstruir la actualidad del deporte olímpico argentino. Hay que ir unos 57 años para atrás, que pueden parecer mucho pero para la historia son bien pocos. Hay que revisar de qué manera las bases sentadas entre 1946 y 1955 fueron corroídas por el tiempo y las políticas del desinterés; cómo quedaron detenidos los clubes, cómo la dirigencia que usó al Comité Olímpico Argentino de agencia de viaje se impuso a la dirigencia capacitada y a los profesores que buscaron lo mejor para los atletas, y también cómo miles de deportistas con un gran talento fueron ninguneados.
El deporte olímpico no es como el fútbol. La dirigencia del deporte de la pelota, tal vez la más corrompida de la historia, tiene a su favor la reproducción de talentos en las plazas, potreros, calles, canchitas del país. La materia prima surge del mismo contagio que la pasión popular genera, se afianza con una competencia muy fuerte (en todos los pueblos del interior existen las categorías desde pre novena a primera) y hasta se da el lujo de descartar talentos, inclusive algunos con condiciones como para llegar a la primera. Ahora, bien. Si los deportistas crecen como la soja, ¿cómo se forja un maratonista, un nadador o un remero?
Exceptuando el básquet y el hockey, la suerte que tienen los dirigentes olímpicos difiere bastante de la que poseen los dirigentes del fútbol. No hay manera de tapar los desaguisados, la falta de continuidad en las políticas deportivas y la incoherencia de los que las llevaron adelante, sencillamente porque mayormente escasearon los resultados del Melbourne 1956 hasta acá.
Si Argentina tuvo a Juan Carlos Zabala (Los Angeles 1932), Delfo Cabrera (Londres 1948) y Reinaldo Gorno (1952), tres deportistas que en cuatro juegos consiguieron tres podios en maratón, la prueba símbolo de los juegos, esa cultura olímpica no se perdió porque las madres dejaron de parir maratonistas. Hubo un Estado ausente que no fomentó las políticas deportivas como tales, que no interpretó el papel del deporte en la salud y en la formación de identidades culturales. Es decir, un Estado que, entre gobiernos militares y democráticos que alternaron, dejó al deporte afuera de la cultura popular y fomentó una dirigencia para el olvido.
Tiempos. La carrera del deporte olímpico es de fondo y no de velocidad. Los tiempos del Comité Olímpico Argentino, específicamente su democratización, tardó años, excediendo aún a los tiempos de la democracia. El Coronel Antonio Rodríguez, que asumió en 1977, lo presidió hasta 2005. Su delfín y sucesor, Julio Casanello (estuvo hasta 2008), también fue funcionario de la dictadura. Ambos se caracterizaron por la falta de gestión y la inocuidad.
La presencia de Claudio Morresi al frente de las Secretaría de Deportes de la Nación y la creación del Ente Nacional de Rendimiento Deportivo (Enard), a través de la gestión de Gerardo Wertheim, actual titular del COA, le dieron al deporte argentino algunas de las cosas que necesita: fondos y orden. La creación del impuesto sobre los celulares que impulsó Wertheim (presidente de Telecom) y la gestión de Morresi que le cambió la cara al Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (Cenard) e intenta volver a fomentar el deporte de base, son símbolos de la recuperación.
Aquellos que buscan una lluvia de medallas deberán esperar que pase el tiempo y que se quemen generaciones completas de atletas. En el deporte, el trabajo diario y a conciencia a largo es fundamental. De esto también debería aprender la TV.

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