Sorpresas te da la guerra

Año 5. Edición número 192. Domingo 22 de enero de 2012
El juego de la geopolítica. El uniformado señala el estratégico estrecho de Ormuz en manos de Irán.
Una posible operación militar israelí contra Irán será discutida durante la visitadel general estadounidense Martin Dempseya Tel Aviv. EE.UU. intentará evitar “sorpresas” bélicas por parte de Israel.

Durante la primera parte de su mandato, Barack Obama realizó tímidos ensayos para desligar la política exterior de Estados Unidos en Medio Oriente de la agenda israelí. Pero esa tentativa naufragó y el inquilino de la Casa Blanca parece haber sucumbido a las presiones del premier israelí Benjamín Netanyahu, de los jeques sauditas, de las empresas armamentistas y también a su propia ambición, porque, para conseguir la reelección deebe hacer suyo el credo de la Doctrina de Doble Contención (Dual Containment Policy), que implica poner de rodillas a Irak e Irán para beneficio de Israel. En ese sentido, Obama, sigue el consejo de la ultraderechista Sara Palin que en 2010 le sugirió lanzar una guerra contra Irán para ganar las elecciones. El actual inquilino de la Casa Blanca y Nobel de la Paz, se muestra –incluso–, más adicto a la guerra que su predecesor George W. Bush quien en 2008 impidió un ataque israelí a Irán.
Atentados, espionaje, amenazas económicas y maniobras militares tienen a Estados Unidos, Israel e Irán en una guerra de nervios que parece deslizarse cada vez más hacia un conflicto abierto; sin embargo es más que evidente que los ultras de Israel están haciendo todo lo posible para arrastrar a Washington y a Obama a una guerra contra los ayatollas. En su última columna en el The New York Times, el analista Roger Cohen sugiere la posibilidad de que Israel lance un ataque por su cuenta en los próximos meses. Sus muchos amigos en Estados Unidos aplaudirían enfervorizados y Obama se encontraría así desautorizado y frente a un hecho consumado. Cohen le recomienda a Netanyahu desde el mismo título de su columna que no emprenda esa vía: Don’t do it, Bibi.
Sin embargo, un Obama presionado ya ha demostrado que sería capaz de lanzar la bomba atómica sobre la nación iraní, sin que le tiemble el pulso. Ya bombardeó a miles de civiles en Yemen, Afganistán, Pakistán o Libia sin mancharse y salió indemne ante una opinión pública anestesiada, que vuelve a caer en la trampa de inexistentes “armas de destrucción masiva”.
Tras anunciar el despliegue de 9.000 soldados estadounidenses en Israel, Tel aviv y Washington informaron que habían decidido aplazar los ejercicios militares conjuntos, que debían tener lugar en abril. Los simulacros preveían la llegada de miles de soldados de Estados Unidos a territorio israelí, donde debían colaborar con igual número de militares hebreos.
Como nunca se miente más que antes de una guerra, decenas de expertos intentan descifrar las causas del presunto aplazamiento. Varios analistas relacionan esta decisión con las preocupaciones de Washington de que el Estado hebreo pueda realizar un ataque unilateral a Irán. Lo que despertó las suspicacias estadounidenses fue el reciente asesinato de un científico nuclear iraní que no fue consensuado con Washington.
A las ocho y media de la mañana del miércoles 11, una bomba destrozó el Peugeot 405 en el que murieron el ingeniero nuclear Mostafa Ahmadi Roshan y su chofer. Unos minutos antes, un motociclista había adherido en la puerta trasera la bomba magnética que consumó el asesinato.
El crimen, atribuido por el Sunday Times de Londres a Israel, se sumó a la creciente escalada protagonizada por Israel y Estados Unidos en torno al programa nuclear iraní. Mientras Teherán sostiene que su propósito es producir energía, sus adversarios, principalmente Israel y Estados Unidos, pretenden instalar –sin pruebas reales–, que la falta de transparencia y la reivindicación de la soberanía, demuestran –por la negativa–, que la verdadera intención es desarrollar bombas atómicas. Pese a que los 13 servicios de inteligencia estadounidenses –de manera unánime–, y el actual jefe del Mossad israelí Tamir Pardo, así como su antecesor, aseguran que las iniciativas iraníes no constituyen una amenaza, los gobiernos de Barack Obama y Benjamín Netanyahu ceden cada vez más a la tentación de aplicar cualquier estrategia, incluso ilegal, para detener el programa.
El profesor de la Universidad Hebrea Ira Sharkansky, en las páginas del Jerusalem Post, afirma que recientemente Estados Unidos intentó lograr el compromiso de que Israel no atacará sin un consentimiento estadounidense o de que al menos avise a sus aliados con antelación.
Oficialmente el simulacro fue aplazado debido a razones “técnicas y logísticas” y, como anunció la radio pública de Israel–, debido a dificultades presupuestarias. Pero el analista Yaakov Katz, en el mismo Jerusalem Post, plantea otra versión: el Estado hebreo no descarta la posibilidad de ejercer su golpe precisamente en abril, mes en que debían realizarse los ejercicios, y de ahí que no quiere involucrar a las tropas estadounidenses en el conflicto.
No obstante, los estadounidenses ya enviaron varios portaaviones a aguas cercanas a Irán, anunciando que no permitirán el cierre del estrecho de Ormuz, una amenaza lanzada por Teherán como una respuesta al posible embargo a las importaciones de petróleo persa por parte de los países europeos. Esta medida podría ser aplicada por la UE a finales de enero.
A las amenazas, las escaladas retóricas, las sanciones económicas, se añaden ahora aparatosos movimientos militares. Ya nadie duda que esta insoportable guerra de nervios se deslizará irremediablemente hacia un conflicto abierto. La pregunta es: ¿cuándo y a qué costo?
El 31 de diciembre, el presidente Barack Obama aprobó una ley que prohíbe al sistema financiero estadounidense prestar servicios a cualquier empresa que haga negocios con Irán. Esa condena de muerte comercial se sumó a cuatro rondas de sanciones de la ONU contra el régimen de los ayatollas, que prohíben transferirle tecnología nuclear y balística, restringen los movimientos de funcionarios y congelan los activos de empresas gubernamentales.
En noviembre, una misteriosa explosión en una base de la Guardia Revolucionaria iraní mató a 16 personas, entre ellas el general Hassan Moqaddam, el padrino del programa atómico. En diciembre, un drone RQ-170 Sentinel, un avión estadounidense tripulado a control remoto, se estrelló en el norte del país. Y hace pocas semanas, Occidente estranguló un poco más la extenuada economía iraní, al amenazar con un embargo total de la producción petrolera, que representa el 80 por ciento de sus exportaciones.
El presidente Mahmud Ahmadineyad amenazó con bloquear el estrecho de Ormuz, la salida del golfo Pérsico, que no tiene más de 50 kilómetros de ancho y por el que transita el 40% del petróleo mundial. En ese estratégico lugar, Irán mostró su músculo con ejercicios navales en los que lanzó misiles e hizo maniobras aéreas, y desafió a Washington, al prohibir que el portaaviones USS Carl Vinson cruzara el estrecho.
Teherán tiene la capacidad militar de obstruir el tráfico, aunque sólo de manera temporal, ya que si Ahmadineyad toma esa decisión, Estados Unidos lo considerará un acto de guerra, por lo que movilizó otro portaaviones hacia el golfo Pérsico y ese reposicionamiento “se parecen cada vez más a un despliegue”, según un general estadounidense.
Irán le apunta a una guerra asimétrica, una estrategia de ataque y repliegue, pues su armada resulta débil frente a la Quinta Flota estadounidense. Por eso los iraníes desarrollaron lanchas rápidas capaces de disparar misiles, una flotilla de microsubmarinos, ideales para minar a Ormuz, y cohetes antibuques, lanzados desde camiones. Un arsenal móvil y barato, que puede, con la táctica de la avispa, fastidiar y abrumar los sofisticados sistemas de defensa estadounidenses.

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