Pareciera ser la entrada a una cancha. Podría ser la de Nueva Chicago, por la zona, por lo que dicen las pintadas del barrio, por las camisetas verdes negras que se ven detrás de las cuatro hileras de policías que miran sin mirar. Son las tres de la tarde del jueves y los movileros de la televisión preanuncian momentos de tensión: Lugano, la villa Ciudad Oculta, orden de desalojo, una treintena de familias ocupantes, la canchita sigue tomada, dicen cada vez que salen en vivo. Los del canal CN5 están en una esquina, a la sombra, comiendo sanguchitos. Son los encargados de guiar hasta el supermercado chino de la zona. El ruido de los camiones de los móviles es similar al que se escucha en las piletas climatizadas. Julio Bazán, de Canal 13, está sentado en la vereda y lleva puesto un sombrero; lo cargan con que parece el Malevo Ferreyra. Dibuja un croquis de la zona y hace especulaciones sobre cómo entrar a la villa. De este lado de los policías, lo más lindo para ver es la cronista de TN.
Se puede salir del barrio, como si nada. Para entrar, hay que mostrar lo que se trae en la mochila o bolso. Solamente pueden hacerlo los vecinos. Entonces, uno, sentado a la espera de novedades informativas, puede descifrar de qué trabajan algunos de los que viven en Ciudad Oculta mirando lo que sacan de los bolsos. Y se encuentra con que el único traje es el de limpieza. Otro muchacho muestra remera y pantalón blanco manchado con pintura, típica ropa de pintor. Otro saca esos borceguís que se usan en las fábricas, de operario, que están lindos para patear un penal de puntín. La única señora que debe abrir su bolso -las demás lo hacen después de ir a buscar a sus hijos a la escuela- lleva empanadas salteñas y jugos que se parecen a los de Tamarindo que vendía el personaje del Chavo del 8 en la vecindad. Venía de vender en el centro de Mataderos, cuenta el remisero que la trajo.
La mayoría que vuelve a su casa está a las puteadas con quienes mantienen la toma. Una mamá que entra a buscar la silla de ruedas para traer a su hijo discapacitado dice, delante de policías, periodistas y curiosos: “Yo no sé que onda con la gente de mi barrio. Defendemos la villa por tantas cosas y no somos capaces de echarlos de una patada a todos estos”.
Un pibe joven que, como no quiere mostrar lo que tiene en su mochila, agrega: “Por estos infelices que tomaron terrenos, tenemos que pagar nosotros”. Elige pegar toda la vuelta para volver a su casa de su trabajo como albañil. Antes, dispara: “Amigo, estos tienen todos casas de dos pisos, y quieren vender terrenos”.
También se escucha a una mamá que vuelve con sus dos hijos: “Esta parte de la villa es la más tranquila, no jode nadie. Nos vienen a hacer quedar mal con la gente de afuera. Aparte, no son del barrio, son de la villa Inta, y también hay gente del fondo. Que los maten a todos”. La frase, después de las reiteradas declaraciones en la televisión quedó instalada. Se comenta con la naturalidad de quién dice “con este calor no se puede vivir”.
Está claro que los que están resistiendo en la canchita están más solos que Adán en el Día de la Madre. Se ven pocos. Serán 30, como mucho. Las caras tapadas con remeras; algunos tienen palos, la mayoría está en cueros. Suena la cumbia, romántica, a veces un reggaetón. Miran a los policías. Los policías miran a los ocupantes. Los vecinos de las primeras casas de Ciudad Oculta dicen, casi a escondidas porque al muchacho del barrio que salió hablando en la televisión solbre la situación económica de los de la canchita está amenazado de muerte, que la gran mayoría tiene casas de dos pisos. Que algunos tienen hasta comercios y que ellos mismos ya vieron a varias personas mostrando papeles a los futuros interesados en el terreno.
Piezas en altura. En la toma del Parque Indoamericano, hace diez días, quienes estaban allí se quejaban de lo caro que estaban pagando de alquiler por vivir en una pequeña piecita, con baño compartido, en villas como la 20, las de Villa Lugano, las de Soldati o las de Mataderos.
Son los paraguayos quienes más invierten en sus casas, pero no en comodidad. Al igual que en muchas villas porteñas, en el último tiempo, el negocio en Ciudad Oculta es construir pisos arriba de las casas, con piezas para cobrar un alquiler.
Mauro no es de la Oculta, pero por consejo de su suegra - quien sí es de la villa-, encontró en la construcción de piezas una forma dejar su actividad habitual: meterse viernes y sábado a chalets de barrios clase media tirando a alta, en horario en que las familias de plata salen a comer afuera, sin armas, con herramientas para forzar cerraduras.
Según Mauro, la mayoría de los que hacen esta expansión en altura en Ciudad Oculta, son narcos paraguayos, que gastan un dinero que recuperan al año siguiente. “Ponele que cada columna te sale 4.000 pesos hoy, los albañiles que te hacen el trabajo son todos del barrio. Hacer tres piezas, arriba de tu casa, cuesta como una guasada 30.000 pesos. Si vos las alquilás a 500 pesos cada una, en 18 meses, ya tenés tu inversión. Pero yo lo hice para generarme un ingreso fijo”, explica. Con esa renta paga el alquiler de su casa en Floresta.
En la villa nadie sabe quién es Mauro. Como es de afuera del barrio, decidió por recomendación de su suegra que la encargada del negocio fuera ella. Es un problema tener que cobrar el alquiler a fin de mes. “Tenés que estarles detrás, amigo. Pero lo están haciendo todos. Pensá que en la villa es más negocio que ponerte un kiosco, y la inversión a lo mejor es la misma. La mayoría de los kioscos o verdulerías o comercios que veas por acá son pantallas: venden tres cajones de zanahorias pero, a los tres meses, andan en camionetas patente H.”
Durante la semana se habló de un plan de viviendas en el barrio y nunca se nombró a las Madres de Plaza de Mayo, que vienen trabajando desde 2007. El plan denominado Sueños Compartidos contempla la construcción total de 72 viviendas, un jardín maternal y dos escuelas en el marco del convenio firmado por la Universidad Popular de las Madres y el Gobierno porteño. En los proyectos de viviendas dignas, muchos de los pibes que se dedicaban a la mala vida, consiguieron trabajo como seguridad y obreros de sus propios departamentos.
Broncas y amores. El viernes la situación es más calma. No hay tantos ocupantes con la cara tapada, ni tantos policías, ni tantos curiosos, ni tantos periodistas, ni suena la cumbia romántica o el reggaetón. Ni siquiera está la movilera de TN. El fotógrafo llega a la primera casa de la villa. Tres o cuatro vecinos toman mate en la puerta y, además de comentar que los ocupantes son argentinos y paraguayos que tienen sus propias casas en la villa. Comentan que “no es que no están, están escondidos, todos armados”. A continuación, le dicen al fotógrafo que si quiere pase, que está todo bien, que si entra tranquilo, nadie va a tocarlo. Ayer, a sus compañeros, les robaron los equipos valuados en dólares en una visita a la villa de Bajo Flores. El fotógrafo desiste y volvemos a la calle Santander, donde se ve de frente la canchita y las carpitas, junto a los nylons y lonas que se usan como techo.
Las rejas son celestes. Un cartel rojo advierte que es propiedad privada, que está prohibido pasar. Un señor mayor se acerca a Miradas al sur y cuenta que es el casero de la canchita. “Me dejan salir pero no volver entrar”, dice refiriéndose a quienes están ocupando. “Y tengo un nieto cuadripléjico que quiero visitar en el hospital”, se lamenta.
Apenas alcanza a contar eso, y antes de que llegue el fotógrafo, dos chicas con la cara tapada le gritan qué hace con los periodistas, que no puede hablar, y debe volverse a la casita en la que vive dentro del club Albariño. Una vecina nos empieza a contar la situación, pero apenas ve al periodista de Canal 26 nos deja, y se acerca para aparecer en televisión.
Adrián dice que recién llegó de cascotearse con los ocupantes. El martes también estuvo ahí, con el grupo que se dijo que era del barrio Copello. La llegada a Adrián es pacto de por medio. Hay que cambiarle el nombre y su número llega por el lado del ambiente de los barras. Son las nueve de la noche del viernes cuando le suena el teléfono. Primero se dan las indicaciones de estos casos. El cronista se presenta, dice su nombre y nombra a la persona que pasó el contacto y preguntó antes si estaba dispuesto a hablar para un diario. La voz de Adrián va cambiando con el correr de las preguntas, se va soltando. Lo mejor llega al final, cuando habla del casero: “Lo que tenés que saber es que nosotros vamos a hacer una denuncia por privación ilegítima de la libertad. No lo dejan salir de su casa, y es un chabón re humilde, del palo”. Como ellos. Se llama Miguel Torres.
–¿Ustedes son de la barra de Boca?, porque cuando Rafael Di Zeo manejaba La 12, los micros de la hinchada salían desde Copello…
–No amigo, yo soy de Boca, pero nada que ver lo que dicen. Acá nosotros nos juntamos por amor al barrio, para defenderlo, queremos que la canchita siga siendo para los chicos que quieren jugar a la pelota. No somos una barra ni nos pagó nadie, ni mucho menos nos mandó un político. Fuimos para cuidar al barrio y al club del barrio.
–No, si yo también fui y soy de San Lorenzo–se escucha que dice alguien que lo acompaña. Se ve que Adrián habla con el altavoz del celular.
En la televisión seguían hablando del combate. Los ocupantes seguían en la cancha, los policías la rodeaban. Miguel Torres continuaba en su casita, esperando la denuncia, así alguien hacía algo por él. Adrián, siguió hablando de su bronca contra los ocupas y de su amor por Lugano.
