En su juventud soñaba con ser jugador de fútbol. Pero los astros, la vida y su pasión lo llevaron a ser periodista, guionista de historietas y, fundamentalmente, escritor. Con 67 años sobre el lomo, no es necesario que Juan Sasturain confiese que ha vivido. Se graduó en Letras, ejerció como docente, recorrió un nutrido lote de diarios –Clarín, La Opinión y Página/12–, fue jefe de redacción de las revistas Humor y Superhumor, se asoció con el dibujante Alberto Breccia le dio vida a la historieta Perramus, dirigió la revista Fierro y publicó novelas como Manual de perdedores (1985), Arena en los zapatos (1988) y Los Galochas, esa gente exagerada (2007), entre otras. Como sus históricos compañeros de ruta Alejandro Dolina, Osvaldo Soriano y Roberto Fontanarrosa, ejerce con naturalidad y compromiso el oficio de conjugar lo culto y lo popular.
Pero, en los últimos años, gracias a los programas de televisión Ver para leer (que se emitía por Telefé y consagraba a la difusión literaria) y Continuará... (sobre la historieta argentina, actualmente, en el Canal Encuentro) adquirió una espesura notable como divulgador. Ese espíritu lo había acompañado a lo largo de buena parte de su vida. Pero en la televisión, y con productos tan cuidados, alcanzó una creciente visibilidad e influencia. Su flamante aventura en este rubro se llama Disparos en la biblioteca, una serie de ocho capítulos en la que Sasturain encarnan a un detective privado que –acompañado por su devota secretaria– debe resolver diversos casos cuyas pistas terminarán llevándolo siempre a alguna obra del policial argentino. La tira (sábados a las 20.30, por la TV Pública) administra con sabiduría diversos recursos estéticos –dibujos, testimonios, reconstrucción de época– y despliega con fruición las marcas de estilo del género. Los capítulos hacen foco en un autor o colección, entre los que se destacan Jorge Luis Borges, Rodolfo Walsh, Ricardo Piglia y la Colección Rastros. En el rubro testimonios tendrán lugar Luis Chitarroni, Daniel Link, Ricardo Ragendorfer y Rogelio García Lupo, entre otros. La dirección es de Mariano Mucci.
–La era dorada del policial, ¿quedó allá lejos y hace tiempo?
–El fenómeno del auge del género policial, sí. Al menos en el caudal cuantitativo y cualitativo que supo tener. Pero en la Argentina se generó una obra riquísima. Hubo muchas traducciones que fueron lecturas populares y masivas que van de los ’40 hasta principios de los ’60. Abundaban las colecciones y se conseguían en los kioscos de diarios. Existía un amplio espectro que iba desde Rastros hasta El Séptimo Círculo. Eso era un fenómeno masivo que le daba lugar a autores berretas y obras de gran estatura. Todo se publicó en la Argentina. Luego de los ’70 se vivieron algunos revivals, pero ya no como colecciones de género. A fines de los ’70 surgió la colección Serie Negra que hizo Ricardo Piglia para Tiempo Contemporáneo. Pero eso fue una recuperación más desde lo ideológico que desde la literatura de género. Ahora se escriben muchas novelas que tienen elementos policiales y son muy leídas en la Argentina, como las de Claudia Piñeiro o Guillermo Martínez. Pero no se publica dentro del género porque –al parecer– editorialmente no es rentable.
–¿Se sintió a gusto asumiendo un rol casi de actor?
–Evidentemente, no soy actor. En el programa hago de mí mismo, aunque asumo el rol de un investigador literario. Pero lo tomo como una prolongación de mis anteriores experiencias televisivas. Además, estoy rodeado de actores y actrices como Mirta Wons, que hace de mi fiel secretaria y me ayuda mucho. La dirección de Mariano Mucci también resultó fundamental para hacer las cosas mucho más sencillas.
–¿El hecho de volver a releer e incorporar al programa diferentes autores y obras le hizo encontrar cosas nuevas?
–Sí, te topás, descubrís o repensás cosas lindas. Por ejemplo, son muy reveladores los tres capítulos que no están centrados en un autor sino en una temática. El dedicado a la colección Rastros, ediciones muy populares de literatura policial, me permitió tomar dimensión sobre la cantidad de autores argentinos que convocaron. Es inmensa. ¡Qué industria tendría que haber en ese tiempo para que fuera rentable! Era otra sociedad. Por otro lado, tomé más conciencia que había más cultores en la literatura policial argentina del cuento que de la novela. Y confirmé que casi todos nuestros grandes autores han escrito cuentos policiales.
Detrás de escena
Jugo de manzana por whisky
A la flauta!” Eso diría el detective que Juan Sasturain interpreta en Disparos en la biblioteca si le pidieran –como a mí– que revelara los entretelones del programa.
Nunca escribimos esa frase en los guiones, pero Juan la incorporó en las grabaciones y se convirtió en su latiguillo: una manera de describir el disparatado y algo anticuado tono de un programa cultural, protagonizado por un investigador privado venido a menos, que insiste en rechazar cualquier caso que no sea literario.
¿Qué es un “caso literario”? El asesinato del alter ego de un escritor, la aparición de un cadáver con una lapicera clavada en la nuca, un inédito de Rodolfo Walsh encontrado en la jaula de los leones del zoológico o un estafador llamado Seis Dedos que colecciona novelas policiales en la cárcel.
En cada capítulo dejamos una escena sin escribir. No por pereza sino porque los invitados del programa no necesitaban que les diéramos letra: Ricardo Piglia, Guillermo Martínez, Pablo De Santis, José Pablo Feinman y Jorge Fernández Díaz, entre otros grandes escritores especialistas en el género policial, no sólo participaron como entrevistados sino que, acodados en la barra de un bar, padecieron tomar jugo de manzana en vez de whisky.
Ellos hicieron que el guión fuera un pálido antecedente del programa. Lo que ahora sale al aire por Canal 7 (los sábados a las 20.30 ¡véanlo!) es resultado de las intervenciones posteriores de los invitados, las dos talentosas actrices que hicieron de secretarias (Mirta Wons e Irene Sexer), la producción de Pato Ferrante y Diego González, y la dirección de Mariano Mucci.
Sobre todo, el programa debe sus méritos a la inventiva, los conocimientos y la calidez de Juan Sasturain, capaz de pasar sin sobresaltos de un comentario erudito sobre la obra de Borges a romper un lingote de oro de utilería en la parte exacta que exigía el libreto y exclamar, sorprendido por su propia hazaña: “¡A la flauta!”.
* Sonia Jalfin, guionista de Disparos en la biblioteca.

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