Todas las muertes de Candela
Una mano asomaba entre bolsas de consorcio. La cartonera se topó con ella mientras revolvía la basura. Retrocedió asustada y entre llantos contó lo que había visto. La policía y el fiscal Marcelo Tavolaro llegaron a los pocos minutos. El gobernador Daniel Scioli y el ministro Ricardo Casal aterrizaron en un helicóptero. A las 15.30, la madre de Candela Rodríguez salió de su casa: se abrió paso entre los movileros y subió a un auto que la dejó en el basural.
El reconocimiento del cadáver se hizo en cadena nacional, con música dramática de fondo.
–¡Me mataron a mi hija! –gritó Carola Labrador, la mamá de la niña que llevaba diez días desaparecida.
El cuerpo de Candela fue arrojado a 35 cuadras de su casa y eso, dijeron los medios, podía ser interpretado como señal. Pocos repararon en otro detalle geográfico: el basural está a veinte cuadras de la comisaría.
En esa dependencia se había instalado un hombre peinado con raya al costado, que en la foto que salió todos los medios estira el cuello para no perderse detalle. Se trata de Marcelo Chivo Chebriau, el comisionado de la Policía Bonaerense que no pudo encontrar ni a Luciano Arruga ni a los Pomar. Dueño de un legajo que da miedo, Chebriau parecía caído en desgracia luego de hacer el ridículo en la búsqueda de la familia desaparecida en 2009. Pero allí estaba, con el jopo firme, tratando de salir en cámara mientras la madre de la niña decía que sí, que ésa era su hija.
Minutos después de la televización del hallazgo, desde la propia policía se difundió la grabación de una llamada telefónica: alguien que le pedía a la madre que devolviera el dinero si quería recuperar a su hija. Hasta ese momento, todos éramos Candela. Desde el hallazgo del cuerpo y la difusión de la extorsión, empezó la operación inversa. Carola pasó a ser la “cuestionada madre”, y ahora no sólo se la acusa de ocultar información sobre su marido, sino de usurpar la casa donde vive y de participar ella misma en un secuestro extorsivo. Los mismos medios que la construyeron como espejo para que nos reflejemos en su dolor, la convirtieron de poco en un monstruo mediático. De Chebriau, ni noticias.
El comité. María Esther Coen Rúa preside la Comisión Esperanza y busca gente perdida desde hace dos décadas. Su figura es conocida en los pasillos de tribunales: trabajó en el caso Pomar, colaboró con el de Erica Soriano y ayudó a encontrar el cuerpo de Marela, una chica asesinada por una venganza contra su padre en Avellaneda. Dos días después de la desaparición de Candela, María Esther fue hasta la casa de la familia Rodriguez, pero no la dejaron entrar.
–Vaya a la comisaría –le dijo un hombre de campera negra que la atendió en la puerta.
Allí la recibieron de forma más cordial.
–Disculpe que no la hago pasar a mi despacho –le dijo el policía que se presentó como comisario Iglesias–. Acaban de llegar Casal y el jefe Juan Carlos Paggi. Vamos a formar un comité de crisis. Vaya tranquila. Si la llamo, es para darle buenas noticias.
Coen Rúa no se fue tranquila. Se desesperó. “Jamás vi un comité de crisis que se constituya tan rápido por un caso así”, contó a Miradas al Sur.“Y seguí desesperándome –agregó– cuando vi que la exposición mediática avanzaba. Tenía la hipótesis de que esto era por una venganza, y dije: están acorralando a un tigre.”
La misma metáfora felina usó una fuente judicial que recibió a Miradas al Sur en su despacho y que accedió a hablar manteniendo el anonimato. “Si pasan las primeras 48 horas sin recibir señales, se está hablando de otro tipo de secuestro. En este caso hubo mucha presión mediática y no se dejaron vías de escape para los secuestradores. Si uno encierra a un gato contra la esquina de la pared, la única salida que tiene es atacar.”
¿Se sabía desde el principio que era un secuestro y se montó una negociación paralela al a investigación oficial? ¿Se pensaba que con la presión mediática iban a liberar a la niña? Si bien es algo que está por saberse ante la mera sospecha de un secuestro, según los artículos 142 bis y 170 del Código Penal la instrucción debe pasar a la Justicia Federal. Eso nunca sucedió.
El cuerpo habla. “La muerte fue por asfixia. Se puede deber a una manobria de compresión que le ha obturado la nariz y la boca, hecha con la mano o con algún tipo de almohadón”, explica a Miradas al Sur el criminólogo Raúl Torre. “En cuanto a rotura del cuello, lo más probable es que se refiera al hueso hioides, que es normal que se rompa en caso de estrangulamiento o sofocación”, agrega el especialista.
–¿Qué grado de preparación deben tener para provocar una muerte de ese tipo? –quiso saber este diario.
–No mucha. Es una muerte típica cuando se trata de niños.
El estudio develó que había sido asesinada entre la noche del lunes y la mañana del martes. En otras palabras: Candela estuvo seis o siete días privada de la libertad, pero sin rastros de maltrato. “Una de las características del cautiverio es la pérdida rápida de peso, aun en unos días. La chica estaba bien alimentada. Incluso se encontró una papilla diferenciable en el estómago, que indica que la muerte se produjo muy poco tiempo después de la ingesta, y que comía por su voluntad”, sostiene el experto. La niña, creen los investigadores, conocía bien a quienes la secuestraron.
¿Estaba Candela con alguien que la conocía? ¿Sabía la familia quién la tenía y ocultó información? Luego del velatorio, el padre ratificó en la fiscalía que no tenía deudas ni enemigos que pudieran asesinar a su hija, pero igual dio una lista de nombres. Desde entonces, las hipótesis que se ventilaron en los medios se dividieron en dos. Por un lado, se habla de una venganza narco, por los lazos que la familia tiene con grupos de la Villa Korea, de San Martín, donde en los últimos meses media docena de dealers sufrieron secuestros. ¿Cómo son esos lazos? Betiana Labrador, la tía de Candela, está en pareja con un hombre apodado Huevo, con antecedentes por narcotráfico. Y la propia madre de Candela tuvo una relación y un hijo extramatrimonial con Ricardo Manuel Perrotta, detenido por tenencia simple de estupefacientes y sospechoso de ser un eslabón menor en la cadena narco de la zona. Perrotta, según trascendió, está en la lista que el padre de Candela entregó a la Justicia como posibles enemigos.
El propio padre de Candela –llamado Alfredo, Roberto o Laurelio en su prontuario– alimentó una segunda hipótesis. “Si fue contra mí –declaró–, es porque hicieron creer que era un buche de la Federal en la zona de San Martín.” Sin decirlo, aludía a que cuando él fue detenido mientras intentaba robar un camión, toda su banda cayó en menos de 48 horas.
En ninguna de las dos hipótesis se descarta la connivencia policial. Los secuestros de narcos se hicieron durante falsos operativos policiales. Hace dos años exactos, Miradas al Sur publicó una investigación donde se revelaba cómo se dirimían las internas por el control de la venta de cocaína en San Martín, donde abundan desde enfrentamientos en plena calle hasta el secuestro de una niña de tres meses, todo bajo la atenta mirada de los patrulleros de la Bonaerense.
En el caso de los piratas del asfalto, la participación policial es casi un lugar común. “Si es pirata del asfalto y está preso, o se quedó con un vuelto o rompió con la policía”, dijo el funcionario judicial que recibió a Miradas al Sur en su oficina. “Esta es la segunda vez en mis 17 años en la Justicia que escucho que un pirata del asfalto está preso”, agregó. “Nunca caminan sin connivencia policial. Y si no la tienen, los tipos manejan guita para comprar la causa enseguida.” Al cierre de esta edición, la teoría del “vuelto” empezaba a tomar impulso.
Quién te busca. El prontuario de Marcelo Chebriau, el hombre de jopo que participó de la búsqueda de Candela, fue publicado por la revista Veintitrés cuando el comisionado estaba al frente de la búsqueda de los Pomar. Según la revista, en 1999 en Mercedes fue acusado por sus colegas de proteger a piratas del asfalto junto a un comisario mayor y tres comisarios inspectores. El entonces ministro de Seguridad León Arslanian lo puso en disponibilidad preventiva, pero el Chivo logró reacomodarse y en 2008 llegó a jefe de la DDI de La Matanza, desde donde buscó a los Pomar. Antes, el 10 de abril de 2005, el policía Rolando René Márquez Da Silva lo acusó de armar procedimientos truchos donde se secuestraba grandes cantidades de marihuana y cocaína. El 3 de enero de 2007, Chebriau fue denunciado por sus subalternos de Drogas Ilícitas. Lo acusaron de “maltratador”, de ampararse en sus contactos con el juez Rodríguez de Morón y de utilizar un auto judicial para recaudar coimas de boliches y prostíbulos.
El viernes a la noche se hicieron tres allanamientos en Villa Tesei en busca del lugar donde estuvo cautiva Candela. En todos estuvieron presentes las cámaras de televisión. Uno de ellos era un chalet de dos plantas en la calle Charrúas 1081, señalado por dos testigos de identidad reservada. Pero allí vivía un carpintero con su esposa y no se encontró nada. Algo similar había pasado el jueves con el galpón de Kiernan 992.
La policía llegó con las cámaras de TV, se hicieron excavaciones y se habló de que la comida que estaba en la heladera era la misma que tenía Candela en el estómago. Todo era falso. La dueña del lugar ahora pide que reconstruyan la casa, y que aparezca su perro, perdido durante el operativo policial. Ya sabe a quién no pedirle ayuda.
• LAS FOTOS. El dilema de difundir o no las imágenes
Si bien cualquier discusión sobre los medios en Argentina no tarda en generar escenas de histeria, lo cierto es que la desaparición de niños es una constante y que la mayoría de las veces no se difunden las imágenes ni se sigue la investigación en vivo desde la televisión. Según los datos oficiales, sólo desde el 2003, hubo 18 mil denuncias por extravío de niños, niñas y adolescentes. De esos casos, sólo el 3% tiene como causa lo que se llama “vulneración de derechos”: trata de personas, secuestros, niños que se sabe que están muertos pero que no se encuentra el cadáver. El 75% son chicos que se van de su hogar por conflictos en su casa. El otro 22% son sustracciones parentales: un padre o una madre que escapa junto con sus hijos.
Sobre todo en esos casos”, explicó a Miradas al Sur Cristina Fernández, directora del Registro Nacional de Menores Extraviados, “es espantoso publicar las fotos, porque muchas veces hay mujeres que están huyendo con sus hijos de situaciones de violencia de género”.
• EL DEBATE. El peligro de caer en la generalización
Karina Mouzo y Gabriela Rodríguez son docentes e investigadoras de la UBA y coautoras del libro La inseguridad la hacemos entre todos. Al caso de Candela, explicó Rodríguez, “se lo quiere presentar como generalidad, pero tiene características excepcionales. De 18.000 casos hay sólo 11 que aparecen muertos. Pero a partir de presentarlo así, se le exigen políticas al Estado para que actúe sobre esa supuesta generalidad. Eso es peligroso no sólo por las políticas que se pueden derivar del reclamo, sino porque se puede tender a cerrar el caso rápido, con algún chivo expiatorio”. “En este caso –agregó Mouzo–, la centralidad de la víctima llega a un nivel de éxtasis; la proliferación de imágenes y los testimonios nos hacen mirar todo desde el lugar de la madre: los medios se convierten en la voz de la víctima, aunque en los últimos días dejó de tener tanto raiting. Sandra Mamani Llanos –la otra chica que estuvo desaparecida hasta el jueves–, por boliviana, porque se decía que se había ido, no era una víctima digerible para los medios. de comunicación”.
