Todo humor es político
Tato Bores funciona como una de las referencias ineludibles a la hora de pensar el humor político en la Argentina. Pero esa tradición se construyó condicionada por los límites de la TV abierta, su pretensión de neutralidad y muchos años de censura. Con el unipersonal Un rubio peronista, Gustavo Berger se para decididamente en la vereda de enfrente: Mauricio Macri, Carlos Menem, Julio Cobos, Hugo Moyano, Elisa Carrió, Pino Solanas, Hugo Biolcati, el diputado Olmedo, Jorge Lanata, Chiche Gelblung, Felipe Solá, Alberto Fernández y unos cuantos más. Humor político, sí, pero con nombre y apellido, y una convicción militante sin medias tintas. El espectáculo autodefinido de humor nacional y popular no ahorra comentarios ácidos, observaciones agudas, argumentaciones impiadosas y una recuperación demoledora: textos de Mordisquito, el mítico personaje creado por el gran Enrique Santos Discépolo (¿el primer humorista militante?).
“El vínculo con el humor fue algo que me surgió muy naturalmente desde que era chico. Pero a medida que iba creciendo quise que también se transformara en mi profesión. La militancia me marcó desde el secundario y en un momento sentí la necesidad de articular las dos cosas. Esa idea se me hizo muy fuerte a partir de la época del despelote de la Resolución 125. Quería decir un montón de cosas y la mejor manera que encontré para hacerlo fue a través del humor. Primero fundamos con Carlos Balmaceda el dúo Los Muchachos Humoristas, con el que giramos por buena parte del país. Y este año me mandé solo con Un rubio peronista. Es un espectáculo fuerte, que va entrando en calor de a poco. No me interesa quedar como un híbrido que se acomoda a ciertos tics de la clase media. Quiero divertir, pero también expresar ideas”, explica el humorista.
En el espectáculo, Berger no duda en contraponer a Perón con Jesús –“es imposible compararlos, Jesús no le dio ni aguinaldo ni vacaciones pagas a los obreros”–, a Evita con la Virgen María –“Si Jesús hubiera tenido a Evita al lado, no lo crucificaban”–, y a Macri con Dios –“el primer día, Mauricio creó la bicisenda, el segundo descansó, el tercero descansó, el cuarto…”–, entre otras analogías y diatribas. Pero también –y siempre con humor y sin golpes bajos– relata parte de su propia historia, que incluye la rareza de ser peronista en Olivos, la lucha cotidiana contra un padre gorila y las enseñanzas de una madre que pidió el divorcio porque se enamoró de una mujer y con el tiempo se hizo militante por la igualdad de género. El espectáculo es con entrada gratuita y se presenta en La Manzana de las Luces (Perú 272), todos los sábados (a las 21.30) y domingos (a las 20) de julio.
–La agrupación Putos Peronistas dice que los gay son gorilas. ¿Se puede hacer stand up peronista?
–Yo juego mucho con ese tipo de contradicciones. Stand up nacional y popular, el rubio peronista… En este sentido, y en muchos otros, suscribo a lo que decía Arturo Jauretche. Él afirmaba que lo nacional y popular también es lo extranjero adaptado a nuestras costumbres. Yo tomo al stand up como género para hablar, con nuestra idiosincrasia, de las cosas que nos pasan a los argentinos. Cuando empecé con esto, copiaba los monólogos de José Luis Gioia. Me subía arriba de los escenarios montados en algún bar y me iban a ver mis amigos del secundario. Después descubrí el stand up y me deslumbró. Con el tiempo aprendí a escribir mis monólogos y traté de encontrar una impronta personal.
–¿Qué tanto tiene de Gustavo Berger el protagonista del show?
–Diría que entre un 80% y un 90%. Hay cosas que uno va acomodando o exagerando para darles mayor densidad humorística a la obra. Por ejemplo, mi viejo es gorila, pero afortunadamente no tanto como lo interpreto sobre el escenario.
–Con esa historia, ¿se hizo peronista por conflicto generacional?
–No, gracias a Menem. Yo iba a una escuela privada y vivía en esa burbuja de clase media que pretende ser alta. Pero a mis viejos los rajaron de sus respectivos laburos y eso hizo que me mandaran a una escuela pública. Eso fue en segundo año. Al poco tiempo, ya era delegado en el centro de estudiantes por el Partido Obrero. Siempre digo que el PO muchas veces funciona como las divisiones inferiores del peronismo. A partir de ahí empecé a ver el mundo de otra manera. La militancia me ayudó a comprender las diferencias, las postergaciones y la necesidad de la lucha. Después del secundario me acerqué a la JP de Avellaneda.
–En la Manzana de las Luces juega casi de local. ¿Pero cómo lo reciben cuando participa en shows compartidos de stand up?
–En general muy bien. Pero no se genera tanta complicidad como en La Manzana de las Luces. Lo que tiene este espectáculo es que el que no es peronista, pero está al tanto de la política, también lo puede disfrutar. El público suele ser muy respetuoso. Porque, en definitiva, cuando digo que soy peronista y se ríen de lo que me pasa, no tienen que estar de acuerdo con mis ideas. Hace un par de años en una gira por el interior la gente que estaba en una mesa se levantó porque no les gustó un chiste. Fue con Los Muchachos Humoristas: no pasó de eso.
–¿Alguien lo acusó de oportunista o no creyeron en que lo empujaban sus convicciones políticas?
–Sí, más de una vez, por Facebook. Siempre aparece algún anónimo que bardea: “¡Cómo la viste con eso del peronismo!”. O algo por el estilo. Encontré una manera de atraer al público con mi espectáculo, pero todo es una consecuencia lógica de mi pensamiento. Cuando armé el espectáculo no sabía si iba a venir gente o si nadie me iba a dar bola.
–¿Piensa que Lanata hace humor político?
–Intenta. Yo hago un chiste que dice que Lanata va a ver un show de stand up con un amigo y le pregunta: “¿Qué es eso raro que se escucha?”. “La risa”, le responde el amigo. Es humor político pero sobre un discurso muy desabrido y sin demasiados argumentos. Porque en su programa, Jorge Lanata no te argumenta las cosas. Las toca muy por arriba. Como humorista, sé reconocer un buen chiste aunque esté en las antípodas de mis pensamientos. Y no son buenos los chistes de Lanata.
Discépolo eterno
¿A mí me la vas a contar?
Enrique Santos Discépolo es uno de los personajes más ricos y fascinantes de la cultura argentina. Fue actor, escritor de obras de teatro y compuso las letras de tangos invencibles como “Esta noche me emborracho”, “Yira-yira”, “Uno”, “Cafetín de Buenos Aires” y el mítico “Cambalache”.
También dejó una huella profunda en el cine, ámbito en el que además de actor se desempeñó como guionista y director. La película más recordada en la que participó fue El hincha (1951), donde personificó al Ñato, un fanático del fútbol en los tiempos donde el negocio de las hinchadas y la violencia asesina ni siquiera eran imaginables.
Sobre fines de los ’40, Discépolo creó un personaje radial llamado Mordisquito. Se trataba de un opositor sistemático al gobierno del presidente Juan Domingo Perón que, con críticas epidérmicas y caprichosas, se quejaba de todo lo hecho, lo pendiente y más. “A mí no me la vas a contar, Mordisquito”, era la frase iniciática de Discépolo a la hora de enfrentar a ese gorila modelo.
Sin abandonar la estética y recursos del stand up, Gustavo Berger incorpora en su obra dos pequeños textos donde de alguna manera personifica a Discépolo e interpela al mítico Mordisquito que reclama –entre otras tragedias– por una restricción en las importaciones que no permiten la llegada a la Argentina del té de Ceilán. Cualquier parecido con el presente, no es coincidencia.
“La vigencia de Mordisquito es increíble –señala el humorista– y la calidad y lucidez de sus palabras, fantástica. Cuando me pasaron el libro y leí los 38 relatos escritos por Discépolo me di cuenta de que hablan de lo que estamos viviendo ahora y que cualquiera de esos relatos podía ser llevado al escenario. Mordisquito parece revivir en amplios sectores de nuestra clase media. Al espectáculo vienen personas de diversas generaciones. Las hay mayores más cercanas al peronismo clásico y jóvenes más kirchneristas. Los textos de Mordisquito también sirven como puente entre esos dos grupos. Generan identificación en los más grandes y ofrecen a los más jóvenes una oportunidad para reflexionar sobre las contras que padeció aquel primer gobierno nacional y popular. Para mí es un enorme orgullo poder tomar la palabra de un artista de la dimensión de Discépolo.”

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