Todos estos años de Luis

in
Año 5. Edición número 195. Domingo 12 de febrero de 2012
Opinión.

Tema de Pototo”, el primer simple que grabó Almendra, salió en septiembre de 1968, el mismo mes en que yo nací. Desde entonces, las canciones del Flaco estuvieron en los momentos más felices de mi vida. Según mi vieja, me cantaba “se ríe el niño dormido, quizás se sienta gorrión esta vez”, mientras me amantaba. “Hoy tu pollera / gira en el viento / quiero verte bailar”, sonaba cuando ingresé en el salón de fiestas el día que me casé. “Y deberás plantar y ver así a la flor nacer”, le cantábamos con Karina a nuestro hijo Oliverio, en su primera noche de vida.
En todos estos años, Spinetta fue como un papá piola omnipresente al que cada tanto iba a visitar. La primera vez que lo vi no fue tocando, sino en una charla abierta que dio en el colegio Sagrado Corazón de Castelar, cuando él era un vecino más de Parque Leloir. La dictadura se moría y escuchar a Spinetta en esa ocasión fue ingresar en una dimensión diferente, un mundo lleno de colores y poesía, que contrastaba pero no desafinaba con aquellos días tan politizados como esperanzadores.
La primavera alfonsinista habilitó los recitales gratuitos y trasladarse en el Sarmiento desde el oeste bonaerense hacia Barrancas de Belgrano o el Velódromo para escuchar al Flaco era un viaje al centro del espíritu. “¿Tocará esta vez ‘Cantata’?”, “¿Abrirá con ‘Lejísimo’?”, “¿Cerrará con ‘Post Crucifixión’?”, era el Prode ineludible que hacíamos con mis amigos entre el andar cansino de los vagones. Le rompía las pelotas que le pidieran temas viejos, pero siempre sacaba un conejo de la galera para sus fans. Como en aquel recital a comienzos de los noventa, en un pequeño teatro de San Isidro: así y sin aviso, el cierre fue con Fito Páez y Charly García. Fue la Santa Trinididad del rock nacional arriba de un escenario.
Hermosa fue la sorpresa también en aquel recital en el Velódromo, a mediados de los noventa, cuando luego de un largo compás sin brindar recitales abrió a pura furia rockera con “Cheques”, inaugurando la etapa power-trío de Socios del Desierto.
Antes de dejarnos, el Flaco nos regaló esa mágica noche de Vélez con sus Bandas Eternas. Sin haber vivido la etapa de Invisible, jamás creí que iba a poder escuchar en vivo el fulminante riff de “Lo que nos ocupa es esa abuela”, con los mismísimos y geniales Pomo y Machi. Tampoco que llegara el día en que se dignara a tocar “Cementerio Club”.
Será por todo esto que todavía no puedo desatar el nudo de la garganta. Porque las canciones de Spinetta me acompañarán toda la vida, eso es seguro. Pero ya no podré repetir esas hermosas ceremonias que significaba asistir a sus conciertos. De todos modos, confío en que la vida seguirá brindándome momentos de alegría. Y de lo que estoy seguro es que, si esos momentos aparecen, de manera inexorable Luis Alberto Spinetta estará allí. Te doy gracias, Flaco.

Promedio: 5 (11 votos)
Seguinos en Twitter
Print preview icon

Otras notas

  • Este no es un obituario. El miércoles pasado murió Luis Alberto Spinetta y dejó un agujero enorme en millones de argentinos. La grave enfermedad que el propio Spinetta había confirmado en diciembre –obligado por la infidencia de un diario– auguraba un escenario muy difícil. Pero no por imaginable este abrupto final resultó menos doloroso. La necesidad de abrazarse a la esperanza de un milagro se diluyó en segundos y dio lugar a un abismo en el que todavía se hace demasiado difícil hacer pie. En las últimas horas se sucedieron diversas crónicas, homenajes, tributos y pompas.

  • El 8 de febrero último murió Luis Alberto Spinetta. Desde que se conoció aquella extenuante noticia, un enorme agujero de angustia se abrió en la cultura y sensibilidad de todos los argentinos. Hubiera sido ingenuo aspirar a que la vida del Flaco fuera eterna: pero aquel prematuro final se sigue haciendo difícil de digerir. Afortunadamente, dejó un arsenal de antídotos contra todos los males de este mundo. Más de 40 discos que siempre parecen tener algo nuevo para decir, una nueva dimensión para ofrecer.

  • La muerte es implacable. No duda, no se desdice, no da segundas oportunidades. Pero la obra –la buena obra, claro– tiene la capacidad de desafiar las modas, las tendencias, el tiempo y el olvido. Eso ocurre con el legado de Luis Alberto Spinetta, que a partir de este miércoles ofrecerá una nueva oportunidad para disfrutar, redescubrirlo y también acercarse a material inédito. Entre octubre y diciembre, la Biblioteca Nacional rendirá un homenaje al Flaco bajo el nombre Spinetta.

  • Una de las tantas posibilidades que brindaba tener un hermano mayor en los ’60, cuando los padres formaban el límite a traspasar, era la de aprender a endurecer las opiniones propias oponiéndose de manera sistemática a alguien que ostentaba un respetable grado de autoridad pero pertenecía, de manera indudable y maravillosa, a la misma generación que uno.

  • La que me lo dijo fue mi hija Lucero por celular, llorando, con tono de primeriza queja ante la injusticia cósmica del sur. Con la perplejidad de quien comienza a descubrir la muerte. Entre informando, compartiendo, preguntando. A tientas llorando.
    –Pá… Se murió Spinetta.
    Le dije que iba a tardar en bajar. Puse la tele, lloré como un descosido. Un llanto feo, fuerte, violento.

  • Ser “hincha de la hinchada” es una gastada que históricamente le facturaron los hinchas a aquellos fanáticos de los clubes que no ganaron campeonatos en muchos años, Racing, Boca –en alguna época– y San Lorenzo de Almagro. El orgullo de ser un fiel seguidor a pesar de los malos resultados, era un motivo de orgullo o de gastada, según de donde viniese.