Tres tristes julios y un júbilo venidero

El fin de julio se camina con tristeza, con la misma tristeza de finales con que las tardes de domingo nos amenazaba de escuelas inminentes y nos asestaban la realidad de lo que siempre empieza y se termina.
Pero hay julios especiales. Hay un día de penas julianas en la narración familiar que tiene que ver con la muerte de Evita y esa desolación popular que dejan las pérdidas irreparables. Parece que siempre llueve cuando la pena se hace colectiva y procesiona en silencio las calles en el último adiós y la bienvenida al territorio de la memoria popular.
Julio y su día veintiséis hacen coincidir varias de esas pérdidas y de esas tristezas. Antes y después de Eva, Roberto Arlt y Julián Centeya. Será azar quizá también, que esos julios que culminan, aun con sus despojos y fatalidades, siempre se refieren a presencias y a ausencias poderosas. Y todas ellas, no sé si por mi caprichoso entender, que parece entender más cuanto más caprichoso se pone, vinculadas a la portentosa presencia de las multitudes abriéndose paso en su lucha por ser parte de la historia hasta ser la historia misma. Estoy diciendo: se muere Arlt, se eterniza Eva Perón, se apaga Centeya. Y enumero así los casos que muelen con su paso por la vida esa “numerosidad” de la que hace personaje protagónico el poeta Alfredo Carlino.
Los gringos raídos de Arlt ocupando la calle hambrienta de un país en construcción según los planos de otros países con otras gentes; la letra vivida de Julián hablando desde el hueso, para que lo real nos salve, libre y guarde del camelo literario; el acto visceral de la gran abanderada suspendiendo todo lo que no sean ladrillos de justicia, libertad y soberanía con base y alma en la muchedumbre surgiendo hacia el derecho. Es una línea de iso-multitudes recorriendo una cuarta dimensión en las postrimerías de julio enhebrando otros nombres, otras obras, otros destinos. Carlos de la Púa, Celedonio, Troilo, Cadícamo, Manzi y Discepolín, por no hacer la lista larga.
Ser punto en esa línea tuvo precio para todos, la odiosa pared de la pintada para Eva y después la historia de su cuerpo migrante y ultrajado, el raje de Julián en el ’55 a pesar de nunca haber echo aspaviento de ninguna bandera, y el asilo de Arlt en las “malas escrituras” castigada por los martinfierristas y Florida a punto tal de hacerse el semiletrado para no mandarlos al carajo.
En realidad, habría que ver qué cosa fue condenada en ellos siguiendo la traza de las coincidencias, y parece que está claro que representar cabalmente ese costado del mundo que puja por aflorar, siempre molesta e incomoda a los que están sentados en la cima. La cultura popular, sea arte o política, es como el vendedor ambulante que vocea en la vereda, molesta a los que están detrás de las vidrieras y a los dueños de los escaparates. Y además tienen otra mercadería.
Y es que lo popular se asume como una identidad, una pertenencia, un país y una lengua. No se trata de una versión menor de otra matriz, sino de una matriz en sí misma venida de su referencia a las multitudes. En el ’68, según Norberto Galasso, por moda importada y otras declinaciones por el estilo, los intelectuales argentinos “tuvieron a bien” reconsiderar a los artistas populares, y le tocó a Centeya entrar en la partida. La literatura de fábrica “garpó” porque siendo de acá, curiosa y paradójicamente, les parecía exótica. Claro que todo tiene su límite: la cátedra y la cultura dominante le cerraron todos los caminos de acceso pensando que el diario, el folletin y la radio eran confinamientos. ¡Pobres giles! El carné no lo daban en esa ventanilla sino en algunas esquinas, la de Boedo y Chiclana, por ejemplo. Y siempre con la firma del que la yuga, como el padre de Julián, un laburante, y no como él que era, a su propio decir
“un atorrante
que la va de ‘sover’
y se hace el raro”.
El que se mira así está representando y les da a sus representados el voto de lealtad. Hubo, en algún lugar del tango, un cierto desprecio por los que “la yugan de temprano”, pero el saber del “vate” se reconoce como un saber que sólo vale cuando se corta de la cantera de las mayorías.
Es que la cantera del pueblo es pródiga en esas creaciones únicas, valiosas por su espontaneidad y su permanencia, como la pasión de Eva, los versos astillados de lunfardo y las alocadas marionetas de Arlt.
Con sus distancias y sus diferencias. La obra de Eva fue su propia vida, su propio libro, su propia letra. El país fue un escenario en donde la representación del ascenso social se daba en “la vida real”. La obra se talló en su propio cuerpo y se la llevó hacia la beatificación popular para ser inscripta en la memoria de los millones en los que vuelve día tras día. En ese sentido, Eva Perón es la más cabal y nítida expresión de ese innúmero que resulta ser el único constructor y actor de la historia, en ella se reproduce el mismísimo batallar de su pueblo, de ahí lo sublime de la conjunción de una biografía con el hito del tiempo que le toco vivir.
Lo de Julián es otra cosa. Julián Centeya anduvo la yeca con el oído presto y comprendió rápidamente que las musas se aquerencian y que en cada lugar humano del mundo cantan con una voz diferente. A rescatar esas voces se dedicó Julián porque para aprenderse la letra de la vida hay que “manyar” el idioma de la gente. Y en el idioma están el valor de los gorriones, los que se alimentan por semanas de una sola sonrisa, y la mordedura de perro que tiene para el hombre la soledad. Todo junto y amasado de piñas como de caricias, que de las dos hay en la panadería de la vida.
En Roberto Arlt es también lo mismo y otra cosa. No importa, o importa poco, que Arlt nunca terminase de descubrir lo colectivo, porque el tiempo que le tocó vivir era tiempo de inminencias de lo colectivo. Su recomendación de darse baños de multitudes prueba su saberse en un mundo en construcción y su intuición sobre la llegada, la que se produciría pocos años después. Y si eso no importa, si en cambio importa que sus héroes equilibristas en un mundo que se desmorona para encumbrar uno nuevo tengan siempre los rasgos del pueblo, la ensoñación del pueblo, la ingenuidad del pueblo, la fantasía y hasta la furia del pueblo, los mismos materiales con los que se disponía a realizar su destino.
La multitud que puede ser actor político, no es otra multitud que la que, si se tienen ojos para ver, se ve a diario. Es aquella que se disemina en las esquinas, los patios, las veredas, en los talleres, los kioskos, las tribunas. Una multitud de gestos, de palabras, de estéticas y de sentires que demandan expresarse por sí o por boca de otros. Bien puede ser una mujer encaramada en un palco haciéndose la garganta de los sin voz, un italiano flaco y arrugado con un corazón que “si hay llanto se convierte en pañuelo” como quien dice que “dónde hay necesidad hay un derecho”, o un inventor de absurdas maquinolas que fabrica la calle y sus habitantes en aguafuertes de papel. Así de generoso y variado es el millonario rostro de los pueblos, contradiciendo categóricamente la descalificación histórica del conservadurismo, concentrada en la idea de las masas como una agregación impersonal y uniforme.
Lo único de uniforme que tienen esas masas es la voluntad de no resignarse a ser ajenos a la historia.
Por eso su tristeza, esta tristeza, en los finales de julio. Una tristeza momentánea, porque los pueblos marchan empecinadamente y saben que sólo vencen si luchan con alegría. Y además, han comprobado una y otra vez, que al decir de Scalabrini , “en cada pena ha de nacer un júbilo ajeno y venidero. En ellos revivirán mis sueños”.

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