La TV Digital se presenta como una de las formas de expresión material de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. La normativa aprobada en el Congreso en octubre de 2009 tiene un anclaje ideológico y filosófico similar a lo que se quiere lograr con la TDA. Es decir, la no concentración, diversidad de voces, defensa a la producción nacional y generación de puestos de trabajo vinculados con la radiodifusión en todo el país.
De acuerdo con el “Octavo informe sobre Contenidos en la Televisión Abierta Argentina”, elaborado desde la Dirección Nacional de Supervisión y Evaluación de la Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual (Afsca), el escenario actual de los contenidos para TV abierta se caracteriza por el centralismo del sistema y la alta penetración de los contenidos emitidos por los canales de cabecera (de la Ciudad de Buenos Aires), propiedad de Grupo Clarín y Telefónica. El 86% de retransmisiones a todo el país proviene de canal 11 (Telefé retransmite el 47%) y canal 13 (39%).
En la zona del Área Metropolitana de Buenos Aires (Amba) y La Plata, donde se asientan los “canales de cabecera” se observa que la producción propia representa el 31% de las emisiones, mientras que la producción de terceros se ubica en un 19% de lo emitido, lejos del 30% que deberá cumplimentar a partir de marzo de 2011 (resolución 474/10).
En el total del país se observa un 30% de producción propia en los canales públicos mientras que los privados producen un 19%. Canal 7 continúa siendo quien ocupa el porcentaje mayor de sus emisiones con producción propia. El resto de los canales deberá aumentar sus porcentajes para alcanzar el 30% de propios contenidos, que les exige la ley 26.522.
Con la posibilidad de mayor compresión de la señal que permite la digitalización, será posible multiplicar la cantidad de señales respecto de los actuales 44 radiodifusores existentes en el mundo analógico (44 canales de televisión por aire, cada uno con 6 Mhz de uso: 33 de gerenciamiento privado, 10 autorizados para los estados provinciales y 1 dependiente de una universidad). Esto, sin duda, genera gran expectativa, tanto para la incorporación de nuevos sujetos sociales como para las organizaciones sin fines de lucro que podrán acceder a frecuencias y participar en la producción de contenidos. Es posible que en los próximos dos años asistamos a la presencia de más de 300 servicios de televisión abierta, tanto sean señales como canales.
El panorama descripto anteriormente, da cuenta de la necesidad de equilibrar la fuerte presencia de una cultura porteña que poco tiene que ver con la forma cultural que adopta, en sus disímiles y heterogéneos modos, el interior federal. Son otras representaciones al expresarse, hablar, vestirse que tienen los jujeños, los entrerrianos, los riojanos y todos los habitantes de las demás provincias del país. No se habla en el interior de la Argentina como hablan los protagonistas de las novelas de la tarde realizadas en Capital Federal. No se entona como lo hacen los locutores o los presentadores de noticias de las señales de Capital Federal y mucho menos existe la información que tiene que ver con lo que vive cada persona que está en el interior. Cuando se anuncian lluvias o accidentes de tránsito se alude a lo que acontece en la Panamericana y en el centro porteño y los ciudadanos que están en los pueblos de provincias como Ñorquincó, en Río Negro, o Purmamarca, en Jujuy, o los Valles Calchaquíes, no son partícipes de eso que se informa. Reclaman entonces que sus temas cotidianos también se vean reflejados en las pantallas. Para eso hay que generar una política para federalizar los contenidos televisivos que es más importante que hacer contenidos federales.
En agosto de 2009 se comenzó a trabajar de modo interdisciplinario, entendiendo que todas las áreas institucionales del Estado nacional podían hacer su aporte a este proyecto. Así fue como todos los Ministerios e incluso Secretarías específicas como la de Comunicación y Comercio Interior y organismos como la Comisión Nacional de Comunicaciones (CNC), la Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual (Afsca), el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa), Télam y Radio y Televisión Argentina (RTA), participaron activamente e incluyeron representantes en el Consejo Asesor del Sistema Argentino de Televisión Digital Terrestre (Satvd-T).
Estábamos conscientes de que la magnitud del proyecto en ciernes superaba, y mucho, lo que aparentaba. En ese sentido resultó imprescindible la mirada del titular del organismo creado, el Consejo Asesor del Sistema Argentino de Televisión Digital Terrestre, Julio de Vido. En reuniones con el ministro De Vido, él advertía constantemente sobre las novedosas calidades que la innovación tecnológica traía, al tiempo que señalaba sobre la diferencia entre el desarrollo de una técnica y las implicancias sociales que ésta conlleva. Desde su perspectiva, la aplicabilidad social de la tecnología era un factor determinante.
Apreciamos que se daba un cambio de paradigma tecno informacional (concepto acuñado por Armand Mattelart) y que esto conllevaba algunas reformulaciones tecno-económicas en los protagonistas del medio televisivo, a la vez que impondría nuevas formas y relaciones entre emisores, usuarios, Estado e industria.
Sabíamos, por provenir del mundo de la comunicación y por formación intelectual y política, que las tecnologías por sí solas no construyen innovación social. Teníamos un fuerte desafío de gestión, que consistía en generar modos y formas de apropiación social de una nueva tecnología que tenía que ver, nada menos, que con el primordial y más intenso medio de comunicación que existe en el país.
Generar culturas de nuevos usos tecnológicos, lo que se conoce como usos sociales de la tecnología, nos colocaba en un complejo rumbo donde se coaligan intereses y opiniones diversas e interesadas. El uso social debía primar, pero no era el único. Afrontábamos la necesidad de demostrar en la televisión digital algo más que lo que hasta nuestras costas había llegado, que era la alta definición, el HD, como máximo valor de su riqueza. Y estábamos obligados a transitar una época de fuertes determinaciones económicas y culturales en torno del surgimiento de la “nueva televisión”.
Alborozados en un aspecto, veíamos que el trascendental paso de repartir el espectro radioeléctrico en tercios con reservas para su uso comunitario, público y privado, hallaba en la digitalización de la televisión, fundamento efectivo para su concreción. Con el uso optimista, racional e inteligente del espectro, que la compresión de video permite en lo digital, surgían los anchos de banda que antes faltaban. Teníamos un primer paso hacia nuestra idea de “más televisión”.
Nos tocaba, por imperio de la época y gestión como funcionarios del Estado, poner en valor un nuevo modelo televisivo que, contrario sensu de aquellos años de la década de 1950, era más importante el concepto “televisión” que el de “televisor”. Ya había dejado de ser central dónde se veía: desaparecía la mítica “caja boba” o el “invitado del living”. El dato comunicativo se daría a través de diversas alternativas y en numerosos instrumentos, no siempre vinculados a nuestra adventicia idea del televisor, puesto que los teléfonos, computadoras y otros dispositivos móviles reemplazaban al viejo electrodoméstico.
Nos sonaba la palabra de Raúl Scalabrini Ortiz diciendo “todo lo que nos rodea es falso o irreal. Es falsa la historia que nos enseñaron… y son irreales las libertades que la pantalla (el original decía textos) nos asegura”. Mucho de eso es cierto en virtud de un dominio casi permanente de los contenidos televisivos por parte de empresas de medios que generan como modelo cultural, informativo, de entretenimiento y social, solamente aquello que produzca rentabilidad. Entonces, la televisión como hecho social pierde valor ante la preeminencia de variables económicas que sólo toman en cuenta la posibilidad de venta comercial cuyo indicador central es el del rating. La televisión digital también tenía la misión de convertirse en una herramienta para cambiar esta lógica imperante.
La televisión digital no es sólo un muestreo y codificación de imagen en un flujo de datos binario. No alcanza con definirla como un proceso de mejora en la calidad de la imagen a través de un mecanismo de compresión de audio y video, o de garantía de propagación mediante la traducción de la señal a bits. Obviamente sirve esta definición para poner en valor aspectos del avance de la norma en sí, pero no alcanza para totalizar lo que queríamos mostrarle a la sociedad argentina. Naturalmente, también apunta a que más gente pueda ver mejor. Y hablar de más gente es apuntar a que finalice la marginalidad que se da en representaciones sociales, geográficas y por las discapacidades físicas. Esas tres deficiencias en la accesibilidad son aquellas en las que el Estado debe intervenir para jugar un rol equilibrador y democratizador. Cuando decimos más gente, nos referimos a una dimensión cultural que implica más y mejor televisión y eso incluye lo que se informa, lo que entretiene y lo que cada televidente percibe sensorial e intelectualmente cuando está ante una pantalla.
Los espacios reales medidos en dimensiones métricas tienen relativa importancia a la hora de hablar de comunicación e información en la actualidad. Distinto era cuando se tomaban como valores de comunicación los rieles sobre los que transitaba el ferrocarril, la longitud de los cables que usaban el telégrafo y hasta las extensiones del cableado telefónico tradicional. Todo eso se ha acabado y la realidad indica que a una idea de red, le sigue una idea de expansión permanente y, por ende, de mayor cobertura. Y así, todos los días, como un símil de la famosa progresión geométrica.
De las muchas aproximaciones utilizables para entender los sentidos de la red (no limitada al tema de la televisión, sino red como entretejido tecnológico que vincula) distinguimos la idea de su vastedad, real o potencial. No importa la actual dimensión que hoy muestra, es la idea de incremento de su cobertura lo que le da voltaje. Podemos arriesgarnos a teorizar que cuando abarca distancias superiores desaparece la cantidad de límites espaciales. Entonces, no hay campo o ciudad. No importa la forma técnica en la medida que sea efectiva; con postes y cableado para comenzar y aprovechar esa riqueza rural. Cuando se borran los espacios aparece la comunicación.
Eso es comunicar. Borrar espacios. Acercar distancias. Mejorar vinculaciones.
Para que haya comunicación, las distancias se borren y las vinculaciones se estrechen, debemos propiciar un verdadero cambio cultural. La vieja televisión abierta fue el medio elegido para comenzar este proceso de transformación.
Partimos del dato de que existen casi 4 millones de hogares en la Argentina que no reciben TV por cable ni satelital y que ven el mundo a través de una sola ventana (figura retórica que refiere a entretenerse e informarse por un solo canal de TV abierta) o directamente de ninguna. A ellos se les llevará la TDA gracias a la mayor y mejor cobertura del sistema que alcanzará al 100% de la población. Los problemas de barrido, las sombras o los fantasmas, que a los habitantes de las grandes ciudades los remiten al pasado, son aún moneda corriente en muchos lugares del país. Por eso, la nueva televisión supone la democratización de la estética, logrando que el que nunca vio, vea; el que ve poco, vea mucho, y el que ve mal, vea bien. En este sentido, resulta pertinente el planteo de Armand Mattelart (1998) quien sostiene que “hay que llevar la cuestión de la apropiación ciudadana más allá del dominio individual del instrumento multimedia, trasladándola allí donde se decide la arquitectura de los sistemas de comunicación”.
La construcción de una política pública –y más ésta basada en el principal medio de comunicación de la Argentina– presupone no sólo la decisión de realizarla, sino también un cuidadoso estudio para comprender los intereses que entrecruzan sus posiciones en cada etapa del desarrollo del proyecto.
No se trataba sólo de instalar plantas transmisoras y fabricar conversores, multiplexadores y transmisores, se estaba encarando un cambio en el paradigma comunicacional de nuestro país. Sin duda, se iban a afectar intereses consolidados a lo largo de 60 años, pero a la vez se estaba creando un mercado inexistente meses atrás en donde compartían sus ofertas y satisfacían sus demandas las empresas metalúrgicas vinculadas a lo infocomunicacional y al software, los hacedores de contenidos, los protagonistas cotidianos de la televisión como actores, guionistas, camarógrafos, maquilladores, sonidistas. Y más allá de este espacio, podríamos decir de la industria, se abría uno totalmente nuevo en el que participarían por primera vez en este campo organizaciones sociales, comunitarias, nuevos y jóvenes realizadores y otros sectores de la vida social que en virtud de la ley de Democratización de Medios y de la Televisión Digital podían acceder a la nueva televisión. O sea que nos vimos ante el desafío de dar respuesta a una política pública que superaba largamente el detalle de lo innovativo en tecnología, al mismo tiempo que afrontábamos y avizorábamos conflictos en torno del espacio del Estado, la Democracia, el propio sistema capitalista y su válida lógica y los negocios que provienen del mercado televisivo.
Por eso, el Ministerio de Planificación, aún antes de un despliegue territorial de infraestructura que instalaría plantas transmisoras, impulsó el Programa de Accesibilidad a la televisión digital. Se buscó garantizar que todos aquellos habitantes del país que por condiciones sociales o económicas pudieran quedar desconectados de la nueva tecnología obtuvieran –en una suerte de restitución de derechos– su condición de sujetos aptos para recibir un conversor (con el tiempo y la popularización de la TV Digital, estos aparatitos fueron llamados con distintos nombres: sintonizadores, decoders, decodificadores, convertidores).
Y hablamos de restitución de derechos antes que de beneficios, pues entendimos que estábamos devolviendo a la población su derecho a ver televisión abierta de manera gratuita desde ya pero, al mismo tiempo con variedad cuantitativa y calidad de contenidos, como lo era hasta la década del ’80, en donde se comenzó a separar televidentes entre los que podían pagar una televisión de vinculación física (cable) y los que no. Estos primeros accedían a contenido audiovisual heterogéneo y calificado mientras los segundos debían quedarse con la única alternativa de las señales de aire, que en sí mismo podían tener buenos contenidos pero carecían de diversidad y en casi todo el país (salvo Capital, Córdoba, Mar del Plata y alguna otra geografía) estaban limitados a un solo canal abierto y, en algunas provincias, a ninguno. Y también arrastraban limitaciones de sintonía por la deficiencia en la propagación de la onda en VHF y la mala recepción de antenas hogareñas. Mucho (100 señales) para el que pagaba y poco (casi nada) para el que no podía afrontar el gasto de la TV paga. Por eso, preferimos hablar de restituir derechos, para que, como durante muchos años, la televisión hertziana, la de aire, vuelva a ser el centro de irradiación de entretenimiento, cultura e información en los hogares argentinos. Y gratuita.
El gran desafío que emprenden las sociedades de países no centrales es combinar el crecimiento de su economía con el desarrollo sustentable de sus recursos, distribuir la renta con justicia social y, como colofón, de un proceso de ampliación de ciudadanía, achicar la brecha digital. Esto significa que la tecnología no sea instrumento de mayor desigualdad para apropiación por parte de las élites dominantes sino que, mediante políticas públicas democráticas, se convierta en una nueva matriz productiva generadora de riqueza, empleo decente y polos de desarrollo.
