Un amor colectivo a cielo abierto

Año 3. Edición número 147. Domingo 13 de marzo de 2011
Desde los festejos del Bicentenario, el país vive un momento de recuperación de la participación ciudadana

El “huracanazo” del pasado viernes consagró definitivamente el liderazgo nacional, popular y democrático de Cristina Fernández de Kirchner.
Hubo una coyuntura antes del acto del 11 de marzo en el estadio de Huracán y empieza otra, de aquí en adelante.
Los datos de la realidad muestran y demuestran que a partir de los festejos del Bicentenario, pasando por esa tristeza sin fin cuando la muerte de Néstor Kirchner y culminando recientemente en los días carnavaleros, que la Argentina empieza a vivir, por razones tan distintas, otro momento aluvional en la participación ciudadana y en la construcción de la historia.
Este frente político y social que expresa el kirchnerismo, está diciendo que es un movimiento que avanza de menos a más progresivamente, que sin estridencias ni fanfarrias construye sus propios tiempos, inventa sus rendijas cuando hace falta, edifica de abajo hacia arriba una nueva sociedad con igualdad de oportunidades, libera a la política de todas sus prisiones, enfrenta a los poderosos a paso de Quijote cuando no cabe otra y estalla en pueblo como lo hizo en Huracán.
Se siguen rompiendo todos los manuales con el tiempo político abierto el 25 de mayo de 2003.
Tiene de histórico y permanente su contenido más hondo, ese que abraza al proyecto de nación y pueblo desde Belgrano, Moreno y Castelli, San Martín, Bolívar y Artigas, los caudillos federales, Yrigoyen, Perón y Evita, Cámpora y los 30 mil compañeros desaparecidos.
Pero el devenir kirchnerista es de otro tiempo, es hijo de la crisis más profunda que hayamos padecido en cien años. No entró a la historia en multitudes. Se hizo multitudes paso a paso, como quería el técnico de ese Racing que era el amor futbolero de Kirchner.
Estamos andando un momento de crecimiento multitudinario.
Lo demuestran las encuestas nacionales y distritales con Cristina allá en lo alto. Pero son y de manera fundante los resplandores de pueblo que vienen alumbrando desde hace un año, los elementos que corroboran lo que venimos diciendo.
“Ahora hay que ir por más”, dice la militancia y dice la buena gente.
No hay que parar un instante hasta dejar atrás, definitivamente, el oscuro país que quisieron para nosotros los que falsificaron la historia, desde Bartolomé Mitre hasta Videla y Martínez de Hoz.
Hay que inaugurar, más pronto que tarde, un nuevo país donde se discutan nuevos temas, nuevas perspectivas, nuevos objetivos, pero desde este piso que construyeron Néstor y Cristina junto al pueblo.
El adversario político, conservador, injusto y colonizado, pasa por el peor momento de su propia historia: no tiene jefe político. Y ese dato, en sí mismo, es gravísimo en tiempos de pura democracia. En dictadura, la jefatura brota de la boca del fusil (con el permiso de Mao) pero en democracia, no alcanza con que Magnetto-Noble bajen las órdenes en la sobremesa de Clarín. Después hay que salir a la cancha, allí donde la voz del pueblo es el único voto calificado que baja de las tribunas.
El adversario además, no tiene un programa común y lo que es más grave: queda en orsay todo el tiempo con la ofensiva todo terreno que aplica el gobierno de Cristina. Se quedaron sin iniciativa porque no tienen políticas de recambio que sean superadoras, novedosas, creíbles para las mayorías.
Volvamos a Huracán.
Nuevamente el héroe colectivo fue la militancia, ese pueblo organizado en porciones, que no tiene fatigas y cuando las tiene, las disimula.
La presencia masiva de la juventud en los distintos agrupamientos que participaron del acto vuelve a ratificar la certidumbre de estar ante la primera irrupción generacional, desde los años setenta a la fecha. Es la generación del Bicentenario, como la llamó Cristina, pero también la primera generación protagónica del siglo XXI.
Si los llamados setentistas fueron los primeros que surgían como generación de cambio, después de aquellos jóvenes trabajadores que hicieron el 17 de Octubre del ’45, esta juventud de hoy no arrastra ni la marca violenta del pasado ni la frustración por la mediocridad de la vieja política pusilánime de una democracia en estado de abandono.
Por el contrario, esta generación que se incorpora completa un círculo virtuoso que tiene errores y aciertos, victorias y derrotas, muertos y desaparecidos, pero que se juega entera por ser la que consolide definitivamente los cimientos de un nuevo país, más justo, inclusivo, soberano, democrático y más integrado a la Patria Grande latinoamericana.
El mismo viernes del acto, lejos de Huracán pero cerca del pensamiento nacional y popular, el presidente de Ecuador, Rafael Correa, presidía la inauguración de la piedra basal para la sede central de la Unasur y la conformación legal del organismo.
Se hizo un emotivo homenaje a su primer secretario general, Néstor Kirchner, a quien Correa nombró “el presidente heroico que acabó con el neoliberalismo en la Argentina” y uno de los protagonistas de “construir la segunda y definitiva Independencia de la América del Sur”.
La sede a edificar en Ecuador llevará el nombre, precisamente, de Néstor Kirchner.
Sobre el escenario donde se desarrolló el acto, un enorme cartel decía con toda elocuencia: “Suramérica Unida, un sueño que se hace realidad”.
En estas realidades efectivas habrá pensado la Presidenta cuando habló de institucionalizar, desde abajo, el modelo vigente y de consolidar y profundizar el proyecto, ya no peleando contra las dictaduras blindadas o mediáticas derrotadas culturalmente, sino construyendo una Argentina llena de sueños.
Esta generación no es hija de la resistencia, como la que la precedió en los setenta, sino de la democracia inclusiva. Y esa diferencia cualitativa significa un salto hasta el cielo en la mirada política y cultural.
Por eso se explica el llamado presidencial a ser ellos mismos, valorando aquel principio grabado desde 1810: no hay pueblo sin nación, ni nación sin pueblo.
La cercanía vislumbrada por Kirchner hace un año hoy es el abrazo de un pueblo que se reencontró con su propia historia y su propia identidad.

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