Los siete años transcurridos desde la asunción de Néstor Kirchner, en 2003, fueron testigos de una indudable recomposición. La economía pudo ser encaminada en una trayectoria expansiva que le permitió recuperar el terreno perdido muy rápidamente y retomar luego la senda de un crecimiento que no se conocía desde hace décadas.
Un hito significativo fue la renegociación de la deuda pública, alejándola como variable de ajuste que mantenía a nuestra economía dependiente de los grandes intereses internacionales, a la vez que se implementaron medidas que mejoraron la distribución de los ingresos a través del empleo productivo, la virtual universalización del beneficio jubilatorio, la asignación universal a los menores y la negociación salarial en paritarias. Se fue recuperando el prestigio de la clase política, lo que le permite hoy día plantear alternativas creíbles para la sociedad. Cuánto de este progreso resulta imputable a la presidencia de Kirchner es y será motivo de debate, porque este período no representa una excepcionalidad para la Argentina, sino que se inscribe en una tendencia que en grado variable ha abarcado virtualmente a toda Sudamérica. La gestión de Néstor Kirchner muestra, en este escenario, aciertos, errores y falencias. Pero no se pueden soslayar los méritos de su presidencia.
En primer lugar, su vigoroso rescate de la causa de los organismos de derechos humanos. En segundo término, la discusión acerca del patrón económico y social que la Argentina debía adoptar; un debate que había sido ahogado durante los 25 años precedentes como consecuencia de la hegemonía del ideario neoliberal. En tercer término, el impulso de la convergencia de las naciones sudamericanas, un movimiento que, sin duda, involucró a buena parte de los gobiernos de la región, pero que encontró a la Argentina como uno de los actores de primera línea. En cuarto lugar, como fruto de la exitosa renegociación de la deuda externa, la recuperación de la soberanía e independencia de los organismos financieros internacionales y el rechazo de los programas de ajuste recesivo que reiteradamente reclama el FMI, acciones que nos permitieron retomar el comando de nuestro propio destino económico. En quinto término, la designación por un proceso inédito y participativo de una nueva Corte Suprema de Justicia, integrada por un grupo de juristas de calidad y jerarquía indiscutibles.
Hoy, ante las desgraciadas circunstancias que nos tocó atravesar, estamos abocados a una tarea mayor: consolidar logros, enmendar errores y planear en conjunto las acciones estratégicas futuras. Estamos obligados a consolidar un proceso que tiene por meta un desarrollo sustentable en el tiempo, con una creciente equidad en la distribución del ingreso.
