Luego de las demoras lógicas que son propias de los grandes cambios que, para colmo, buscan hacerse un lugar en ámbitos con fuertes intereses en juego, finalmente, el Sistema de Boleto Único Electrónico (Sube) logró imponerse. Hoy todas las líneas de colectivos que circulan en el ámbito de la ciudad de Buenos Aires ya tienen sus máquinas validadoras instaladas y funcionando.
Además, se ha dispuesto una extensa red de lugares para obtener la tarjeta personal en minutos y efectuar las recargas, que pueden ir desde los dos hasta los cien pesos.
Impulsado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a mediados del 2009 y apuntalado y vuelto a apuntalar cada vez que su concreción se aplazaba, por ella, por el ministro de Planificación Federal, Julio De Vido, y por su secretario de Transporte, Juan Pablo Schiavi, el boleto único se encuentra operativo en las 10 mil unidades que pisan todos los días suelo porteño. Y se está avanzando en la segunda etapa del proyecto, que incorporará otros 8 mil vehículos pertenecientes a las líneas provinciales y municipales, en el Gran Buenos Aires.
“Empezaron a sumarse hace cerca de un mes y ya está funcionando en alrededor de un 30 por ciento” de ellos, confía a Miradas al Sur un vocero de la Secretaría de Transporte de la Nación.
La historia de un boleto. En la primera etapa, las empresas Siemens, Indra y Metronec se adjudicaron en licitación pública la venta e instalación de las lectoras de tarjetas. Para las 8 mil validadoras restantes se llamó a una nueva licitación, quedando repartido el negocio entre Siemens, Tallion y la UTE (Unión Transitoria de Empresas) entre Laser y DCM.
Este sistema, además, funciona en las seis líneas de subterráneos de la Capital y en varias estaciones de las líneas Urquiza, Belgrano Norte y Roca de trenes.
La idea del boleto electrónico nació a la sombra de la recordada falta de monedas que hace poco tiempo enloqueció a la población. Casi 20 años pasaron desde la llegada de la otra máquina expendedora de boletos que revolucionó a los colectivos. Entonces, los choferes dejaban de cortar boletos y manipular el dinero. Pero, además de que su funcionamiento depende de las monedas, esos armatostes obligatorios fueron pagados íntegramente por las empresas de colectivos. Ahora es el Estado el que corre con todos los gastos.
Pero, más novedoso aún es el sistema de control que trajo aparejado el boleto electrónico. Cada vez que un pasajero pasa su tarjeta por una validadora de cualquier colectivo o por el molinete del subte, automáticamente, la central operativa que está a cargo de la empresa Nación Servicios, del Banco de la Nación Argentina, recibe toda la información. Desde el valor del pasaje, el medio de transporte, etcétera, hasta la hora, por ejemplo. Esta información sirve para que a las 24 horas cada empresa reciba el monto del subsidio que cubre la diferencia entre lo que sale el boleto al público y lo que vale para las empresas. A las cinco de la mañana, cada una tiene depositado el dinero en su cuenta. Hasta ahora las empresas presentaban una declaración jurada indicando la cantidad de pasajes, de servicios y de gasoil. Por eso el secretario Schiavi, insiste en que “el objetivo es dejar de subsidiar empresas para pasar a subsidiar personas” (ver entrevista en pág. 30).
La información generada en el sistema es fundamental para optimizar subsidios, pero también para diseñar políticas en materia de transporte a partir de los saberes que el sistema arroje. No sólo se barajan ideas de índole tarifaria.
Redistribuyendo subsidios. Una preocupación oficial es el hecho de que el sistema de subsidios tal como estaba hasta ahora beneficiaba a algunos más que a otros.
Schiavi suele citar siempre el mismo ejemplo: “Si una persona vive en San Isidro, tarda media hora para llegar a Retiro en tren y paga 0,80 centavos. En general viaja bien, con aire acondicionado, etc. Sin embargo, hay otro argentino que vive en Laferrere y toma cuatro medios: colectivo, tren, subte, otro colectivo. Gasta más de ocho pesos, tarda dos horas y tiene el mismo sistema de subsidios. O sea que el Estado aplica una vara falsa ya que trabaja sobre la masividad”, critica el secretario. “Estamos subsidiando en demasía a algunas personas y siendo injustos con otras”, asegura.
Por eso se habla de “integración tarifaria”. La cuestión aún no está definida y nadie da demasiadas precisiones, pero los técnicos del Gobierno que trabajan en ello tienen varias posibilidades entre manos. Que van desde cobrar un solo pasaje a quienes usan a diario más de un transporte hasta subsidiarle la vuelta.
Otras opciones firmes son las tarifas diferenciadas para beneficiarios de planes sociales como la Asignación Universal por Hijo o la Asignación Familiar, por ejemplo, con un simple cruce entre las bases de datos del Sube y la Anses. “Se puede pensar en bonificar cierta cantidad de viajes a alguien que depende de un plan social, y seguir subsidiando la demanda y no la oferta”, se ilusionan en la cartera de Schiavi.
Porque, si bien por ahora el Sube “convive con las máquinas de monedas, porque por una cuestión cultural no se puede cambiar de golpe y tampoco todo el mundo ya tiene su tarjeta, cada vez que un pasajero pone una moneda en la máquina, también automáticamente informa a la misma central de Nación Servicios”, aclaran desde la Secretaría.
Renovación industria argentina. El plan no termina ahí, tiene una arista más. El jueves, la Presidenta conoció los nuevos colectivos de industria nacional producidos en el marco del Plan de Renovación de la Flota de Colectivos del Área Metropolitana de Buenos Aires . Los coches son de alto nivel tecnológico, todos cuentan con pisos bajos con rampas para el acceso de discapacitados. Están equipados con máquinas expendedoras Sube, pantallas LCD y asientos ergonómicos, caja automática, limitador de velocidad, motor trasero y suspensión neumática.
El programa, además de beneficiar a los 4 millones y medio de usuarios diarios, generará unos 5.000 puestos de trabajo. También, se ha previsto una línea de crédito especial, con una financiación con una tasa de interés de 6 puntos porcentuales por debajo del 15 que se otorga al público, para animar a los empresarios a salir a comprar estas unidades nuevas u otras usadas, de no más de 10 años de antigüedad. Aunque, para acceder a esa tasa deberán renovarse, como mínimo, cinco unidades. Según explican en la Secretaría, “para que el cambio sea sustancial”. El Sube llegó pero ya no sólo como un modo de combatir la falta de monedas, sino que se transformó en una herramienta mucho más completa y compleja.
