Un criminal con muy buena conducta
A fines de la década del ’90, los asesinatos en una ruta de Bahía Blanca de María Dolores Sánchez e Irina Montoya –quien fue violada durante su agonía– conmocionaron a la opinión pública. Por el hecho fue detenido el vigilador Eduardo Fermín Elicabe. En 2000, éste sería condenado a reclusión perpetua. Pero el 30 de diciembre pasado le fue otorgada la libertad condicional. Semejante resolución fue suscripta por el juez de Ejecución Penal, Claudio Brun, en virtud de su buena conducta. Esta es la historia de un viaje a dedo hacia la muerte.
Durante la lluviosa madrugada del 18 de febrero de 1998, dos mochileras llegaron al bar de una estación de servicio ubicada sobre la ruta que conduce a Guaminí. El día anterior habían partido de Rosario. Ahora, bajo el temporal, sólo esperaban que alguien las acercara a Bahía Blanca. En ese instante entró un camionero. Éste no pudo acceder al pedido de las chicas, ya que se dirigía hacia otro lugar. Pero aseguró tener una solución al respecto. Entonces salió del local para abordar al conductor de un auto gris que permanecía estacionado. Y volvió con una respuesta afirmativa. Así fue como las viajeras retomaron su trayecto.
Horas después, ya bajo los primeros destellos del amanecer, un tambero las encontraría tumbadas en un camino de tierra, a unos 35 kilómetros de Bahía Blanca. Su primera impresión fue que dormían. No era justamente así: María Dolores, de 18 años, estaba muerta, e Irina, de 25, aún agonizaba. La primera tenía un disparo en la cabeza y otro en la espalda, en tanto que su amiga exhibía un impacto en la nuca. En cuestión de minutos, aquel sendero semioculto se llenó de policías. Y seguía diluviando.
Ese miércoles, Elicabe, de 35 años, llegó a su casa de Bahía Blanca alrededor de las 6.30, tal como solía hacerlo todos los días. El tipo era custodio de una agencia de seguridad que vigilaba camiones en tránsito y tenía un horario nocturno. Primero se cercioró de que su esposa estuviese dormida y, luego, con sigilo, fue hacia la cajonera para guardar su más reciente posesión: una cámara de fotos. También estuvo a punto de poner allí su pistola Beretta calibre 6.35, pero al final decidió esconderla en el interior de un parlante. Más que nada, para no poner nerviosa a la suegra, que acostumbraba visitar a su hija por las mañanas. Pero en esa ocasión, el sueño no estaba entre sus prioridades. Entonces prendió el televisor. Y la imagen que emitía lo tomó por sorpresa: un plano general del lugar en el que habían sido halladas las mochileras. El canal local transmitía la noticia en vivo. El asunto –según diría luego Elicabe– le produjo cierta pesadumbre, por lo que apagó el aparato para acostarse junto a su mujer. Y, sin despertarla, le acarició el vientre. Ella estaba embarazada de casi nueve meses.
Mientras tanto, el violento fin de las dos chicas ya conmocionaba al país. Irina murió al día siguiente en el Hospital Interzonal. La autopsia efectuada sobre el cadáver de María Dolores diría que ella “tuvo una relación no consentida en estado comatoso”. Dicho de otro modo: fue violada tras recibir el disparo en la cabeza. Mucho más no se sabía. Por el momento, los investigadores carecían de pistas. Hasta que el mozo de Guaminí, Carlos Lemos, se puso en contacto con ellos luego de haber visto por televisión la cobertura del caso. Por su parte, el camionero Ricardo Acuña oyó la noticia por radio cuando se dirigía hacia el sur. Entonces no tardó en recordar la gestión que hizo para que las mochileras fueran llevadas a Bahía Blanca. Y no dudó en pegar la vuelta.
Elicabe fue detenido en su propio domicilio durante el mediodía del domingo 22 de febrero. La pistola encontrada en el parlante correspondía a las balas halladas en el cuerpo de las víctimas. Y la cámara fotográfica pertenecía a Irina. La mujer del custodio, azorada por la acusación que pesaba sobre su marido, tuvo un parto espontáneo mientras éste, ya alojado en la DDI, confesaba la autoría del doble crimen. Dos años después, sería condenado a “reclusión perpetua”. Desde entonces se dedicó a urdir estrategias para demostrar que en realidad fue objeto de una oscura conspiración.
La ley del deseo. “A las chicas les pagaron por llevar un bolso hasta Bahía Blanca. Y ellas, al entregarlo, dijeron que habían viajado conmigo, con el agravante de que yo laburaba de custodio. De ahí viene toda esta complicación”, le dijo al autor de esta nota, quien lo entrevistó en mayo de 2003.
Elicabe desgranaba las palabras de un modo pausado y enarcando las cejas, como si aún lo asombrara aquella presunta celada tendida sobre su destino. “Es muy simple; todos los viajes que ellas efectuaban tenían algo en común: la droga. Ellas iban al Bolsón, a Misiones. Es decir, lugares vinculados con el narcotráfico, ¿entendés?”. El tipo se esforzaba en parecer convincente. Y prendía un cigarrillo tras otro.
La entrevista se desarrolló en una pequeña oficina de la Unidad 4 de Bahía Blanca. Estaba allí desde 1998. Se podría decir que su viejo oficio de vigilador privado seguía influyendo sobre él. Tanto es así que no disimulaba su afinidad con los carceleros. Por ello, pasaba sus días en la enfermería en calidad de refugiado, como se les dice en el argot tumbero a los presos cuya existencia sería riesgosa en un pabellón común. Claro que la condición de violeta tampoco le jugaba a su favor. Luego resumiría el origen de su via crucis con las siguientes palabras: “A mí me hicieron una cama”. Y su cronología no tuvo desperdicios.
En síntesis, Elicabe trabajaba en una pequeña agencia de seguridad que llegaba a facturar unos inexplicables 90 mil dólares mensuales. El negocio pertenecía a un comisario exonerado de la Bonaerense. Pero la relación laboral entre ambos se había tornado algo vidriosa. Y en ello habría una razón de peso: el custodio –según sus dichos– mantenía un tórrido romance nada menos que con la esposa del patrón, que además era su socia. Y él efectuaba tareas de inteligencia para ella, que consistían en averiguar ciertos datos sobre las actividades del ex comisario, con miras a un posible juicio de divorcio. De tal modo pudo obtener informaciones que comprometían a ciertas empresas transportistas con el tráfico de drogas, lo que por otra parte habría derivado en una sangrienta interna entre las agencias de seguridad privada que actuaban en la zona. Ese habría sido el germen de su desgracia personal. Y él se aferraba a tal hipótesis como si fuera el único hilo que lo ataba a la vida. Lo cierto es que resultaba increíble su habilidad para unir datos reales –de los que estaba sólidamente documentado– con la dialéctica de sus fabulaciones. Éstas, inevitablemente, concluían con la teoría del complot. Y con su ex empleador como su artífice.
– ¿Entonces la esposa del ex comisario sería su único testigo?
–Ojalá pudiera. Ella lamentablemente murió de cáncer.
También cargó contra Acuña, adjudicándole el doble homicidio. Pero éste no estaba en condiciones de defenderse: se había suicidado a fines de 1998.
Con no menos soltura refutó las pruebas en su contra; entre ellas, el ADN que demostró que él había sido el violador de María Dolores. Sobre este punto, simplemente, diría:
–Ella fue la que tomó la iniciativa.
–¿La iniciativa de su propia violación?
–No fue violada. Pero creo que ahora no corresponden los detalles –aseguró, dibujando en sus labios una pícara sonrisa. Dicho esto, dio por concluida la conversación.
En 2006, la Suprema Corte provincial ratificó su condena.
Sin embargo, debido a su excelente conducta, el asesino de las mochileras camina otra vez entre nosotros.

Tiempo argentino

