Un gol en contra de la Junta Militar
La revolución egipcia de enero de 2011 parece no tener fin. El viejo líder fue depuesto, hay un parlamento democráticamente elegido, el poder ejecutivo transitorio está en las manos del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, la capacidad de manifestarse libremente es por lo menos tolerada y se goza de una libertad de prensa difícil de pensar un año atrás. La violencia tras el partido entre Al-Ahly (“nuestro pueblo”, en árabe) y Al-Masry (“el egipcio”, en el idioma del Corán) ha desatado una enorme violencia y multitudinarias manifestaciones en todo el país de la cuenca del Nilo, donde se mezcla un contexto político de violencia, el crecimiento de las barrabravas en el país desde hace varios años, y una sociedad propensa a toda clase de teorías conspirativas.
Quizás las expectativas eran demasiado altas una vez que Hosni Mubarak dejó el poder tras casi treinta años en el poder. La realidad es que el Estado y la sociedad egipcios tienen características que hacían que el resultado final de la revolución fuera poco evidente. En primer lugar, la salida de Mubarak tenía la tonalidad de un golpe de palacio que permitiría al Ejército mantener las riendas del poder, el cual está entre sus manos desde hace sesenta años. En segundo lugar, la existencia de una oposición islamista organizada y que ha hecho un trabajo en las bases de la sociedad egipcia de islamización que lleva varias décadas. En tercer lugar, la existencia de una clase media organizada y laica que fue el actor principal de la caída del antiguo raïs. A esto cabe agregársele una sociedad que sufre de una pobreza gigantesca (40% de pobres), sobrepoblación, con índices de desarrollo humano bajísimo y profundamente islamizado.
En este último año hemos tenido diferentes alternativas: elecciones que han mostrado la fuerza electoral de los partidos islamistas, sean reformistas o extremistas, un ejército que hace lo posible por mantener la preeminencia, o al menos un poder de veto, en la conducción del régimen político, y una juventud de clase media organizada que intenta reavivar los hechos de enero de 2011. Nos encontramos en un contexto de muchísima violencia: trabajadores chinos tomados como rehenes en el Sinaí, un turista asesinado en Sharm El-Sheikh, la condena del popular actor Adel Imam por difamación contra el Islam a tres meses de prisión, o el bloqueo por parte de militantes de los Hermanos Musulmanes de una manifestación pro democracia el 31 de enero.
Por experiencia propia, el fútbol egipcio es extremadamente pasional, y compite de igual a igual con la práctica popular del backgammon o el consumo de té con mucho azúcar. Dos clubes del Cairo, Al-Ahly (el Boca egipcio) y Al-Zamalek (el equivalente a River) son los dos equipos más importantes y ganadores de África. El miércoles pasado hubo un partido de fútbol de los más banales en el futbol del país del Nilo. Al-Ahly contra Al-Masry, un equipo mediano de la ciudad de Port Said, equipos que no tienen una rivalidad particular. Si bien, hubo ciertas provocaciones por parte del público de Al-Ahly, tildando a los hinchas del rival de no haber participado en la revolución, el final del partido desató un escándalo sin precedentes en el fútbol del país, que tuvo como resultado la muerte de 74 personas y cientos de heridos. Pero tras esta matanza, comenzaron rápidamente las dudas tras la ineficacia e inoperancia policial, y la ausencia inhabitual del gobernador de la ciudad Ahmed Abdullah y del director de la seguridad, Essam Samak, quienes posteriormente debieron renunciar a sus puestos. Todo parece ser la punición del régimen todavía militar hacia los hinchas de Al-Ahly por su participación en la caída de Hosni Mubarak, aunque los enfrentamientos entre barrabravas y policía venía de hace años. Por otro lado, entre los periódicos egipcios, la visión es que el régimen militar intenta mostrar que el país está fuera de control y así poder comenzar a liquidar las reformas y el proceso de apertura democrática, o a lo sumo, retardarlo lo máximo posible.
Las repercusiones del fatídico partido en el campo político fueron gigantescas e inmediatas: tanto los hinchas de Al-Ahly como de otros equipos de la capital, así como la juventud de clase media y los Hermanos Musulmanes volvieron a tomar la plaza Tahrir, y sobre todo a manifestarse frente al Ministerio del Interior, donde hubo enfrentamientos y tres muertos, además del incendio de edificios gubernamentales.
Es también, sin dudas, un nuevo round entre los diferentes actores del Egipto revolucionario. Un posible recrudecimiento de la violencia puede favorecer al régimen militar sí los movimientos sociales degeneran y escapan al orden y a la organización dadas hasta el momento. Al mismo tiempo, podemos observar que dentro de los movimientos sociales hay un debate de fondo que por el momento no se expresa de manera abierta entre los Hermanos Musulmanes y la oposición laica.
Frente al Consejo Militar, los diferentes actores plantean diferentes alternativas, desde su mantenimiento y formación paralela de un gobierno de unidad nacional a su partida inmediata. Cada uno de los partidos y movimientos que componen la oposición al Consejo Militar busca soluciones diferentes atendiendo su propio interés particular. Los tiempos se aceleran en Egipto tras el miércoles primero de febrero, pero es aún difícil visualizar al final del túnel.
