Uno de los méritos fundamentales de las últimas gestiones de Canal 7 es haber generado y sostenido una política de comunicación pública. Se puso en marcha un proyecto que se diferencia claramente de los criterios de los canales comerciales y de otras gestiones que ha tenido la televisión pública en democracia. Estamos frente a una pantalla con muchos componentes novedosos y arriesgados, que seguramente dejarán una marca en la historia de la señal que fundó las transmisiones de TV en la Argentina.
Por un lado, se impulsó una fuerte reconversión tecnólogica que se tradujo en la compra de nuevas cámaras, islas de edición, iluminación, etcétera. Aspectos que permanecían inalterables desde fines de los ’70. Paralelamente, el proceso de digitalización –acompañado por la distribución gratuita de decodificadores– introduce a Canal 7 como pionero en una nueva era de nuestra televisión.
En cuanto a la programación, hubo una clara decisión de retomar temas como el deporte: una marca histórica del canal que fue abandonada por décadas. Fútbol para Todos tuvo un impacto muy grande, pero también los mundiales de fútbol, hockey y básquet, entre otros eventos. Otro acierto importante fue la apuesta a la ficción, otro rubro que el canal tenía muy postergado. También resulta muy auspiciosa de programas de vanguardia como Peter Capusotto y sus videos. Las coproducciones con el canal Encuentro también constituyen un hecho valioso.
El fenómeno 6-7-8 merece un párrafo aparte. Este programa provocador y arriesgado logró poner en evidencia las estrategias de los medios concentrados en la construcción de agenda, más los fenómenos de recortar la realidad o directamente generar una propia. Temas que hasta no hace mucho sólo eran material de conversación en las redacciones periodísticas. 6-7-8 propuso ese debate con franqueza, sin aspirar a una falsa independencia y sin disimular posiciones políticas claras que en su mayoría coinciden con las del Gobierno.
Este balance altamente positivo también tiene sus debes. Sería saludable la participación de la oposición para concensuar las políticas macro de la señal pública, que está prevista en la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual y que abre una oportunidad única al pluralismo. También sigue pendiente una política comercial decidida que permita ensanchar el financiamiento de la emisora y multiplicar la calidad y cantidad de los proyectos. Y, por último, falta gestar alianzas para intercambios de contenidos y concretar co-producciones con canales públicos de Latinoamérica y Europa. Estos intercambios pueden ofrecer resultados muy enriquecedores para nuestra pantalla local.
